Diseño: Alejandro Ramírez/La Hora
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Por Vinicio Barrientos Carles


Guatemalteco de corazón, científico de profesión, humanista de vocación, navegante multirrumbos… viajero del espacio interior. Apasionado por los problemas de la educación y los retos que la juventud del siglo XXI deberá confrontar. Defensor inalienable de la paz y del desarrollo de los Pueblos. Amante de la Matemática.

¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres de buena voluntad!
Lucas 2:14

Empezamos la primera parte del artículo, conversando un poco sobre la agitación de la época de fin de año, lo que se ha venido acrecentando paulatinamente en las décadas recientes de estos tiempos contemporáneos. Por otro lado, estas semanas de diciembre, sino es que el mes completo, se encuentran indefectiblemente vinculados con la fiesta de la Navidad. Lo cierto es que, al respecto de estas turbulencias en las que nos conducimos, en tantos momentos, como en «piloto automático», podríamos pasar hablando un buen rato, abordando críticamente distintos aspectos del fenómeno.

En suma, año con año, solemos dar continuidad y seguimiento a un cúmulo de tradiciones, sea en el ámbito personal, familiar o comunitario. En particular, el análisis de las significancias de estas tradiciones nos permite distinguir entre dos acepciones con las que interpretamos la Navidad, a la manera de polos opuestos, como extremos semánticos, a saber: una celebración conmemorativa del nacimiento del histórico Jesús de Nazaret, dentro de las creencias del cristianismo, versus una festividad laica, orientada a pasarla bien, realizando convivios con las personas más cercanas, con los compañeros de trabajo o de otra actividad.

Destaca que, en el contexto del segundo escenario, pero sin descarte del primero, observamos el creciente consumismo y los gastos sin medida, que a tantas personas suelen agobiar sobremanera. Una reflexión sobre esta situación nos indica que, quizá, sería mejor irnos separando en la medida de lo posible de esta manipulación mediática, propia de la época, la cual suele frecuentemente acarrearnos consecuencias negativas, en varios sentidos. Después de todo, debería tratarse de una ocasión para celebrar la espiritualidad en nuestras vidas, invitándonos a implementar cambios para realizarnos, individual y colectivamente, de una mejor forma.

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Sin embargo, el objetivo primordial de la publicación va en un aspecto específico de esta agitación, y es al respecto de la falta de tiempo y de interés para indagar sobre la fecha de la festividad misma que celebramos. Por ello citábamos, a manera de sarcasmo, un meme en la que se muestra a una niña preguntándole a un supuesto Santa Claus sobre su conexión con las narrativas bíblicas en torno del nacimiento de Jesús. Aunque resulta evidente que el post va orientado a un rescate del original sentido cristiano de la fiesta, también cabe reflexionar sobre quienes promueven esta iniciativa crítica.

Es decir, quizá para todas las personas cristianas no está suficientemente claro de lo igualmente artificioso y convencional que resulta la celebración del natalicio del histórico Jesús de Nazaret en un 25 de diciembre, asignación a la que, arbitrariamente, pero no sin amplias conveniencias, el cristianismo ortodoxo primitivo se apegó desde los primeros concilios, esto es, allá por el siglo III de nuestra era, hace 1700 años. Comentábamos que este es un primer punto de revisión, siendo el otro, el año en el que Jesús supuestamente nació. Como decíamos, muchos podrían pensar que el nacimiento ocurrió hace 2023 años, puesto que a ello se refiere la expresión 2023 d. C., esto es «2023 después de Cristo», el año 2023 de la era común.

En la búsqueda de las explicaciones del caso, la primera situación, la correspondiente al día del año, es quizá la más sencilla de comprender, puesto que se sabe quién la estableció y en que momento, como también la naturaleza convencional de la fecha y los motivos para tal convención. En este caso nos remontaremos a las primeras décadas del siglo IV.
Para la segunda, respecto al año del nacimiento, es pertinente aclarar que se han llevado a cabo distintas investigaciones, pero no existe un acuerdo general al que se haya llegado en torno al año exacto del nacimiento de Jesús. Empero, las distintas posibilidades y versiones explicativas coinciden en que la cronología actual no es, en definitiva, la correcta. Esta asignación del Anno Domini como el año 1 d.C. para el año del nacimiento de Jesús se sucede dos siglos después de la asignación del 25 de diciembre como el día de la natividad, es decir, a fines del siglo V. Dejaremos este segundo punto para el final de la publicación.

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Aunque en la parte precedente incluimos un resumen de los dos relatos evangélicos sobre el nacimiento de Jesús, esto es, las narrativas encontradas en el Evangelio de Mateo y el Evangelio de Lucas, resulta que, para el abordaje del primer punto, sobre la escogencia del 25 de diciembre como día de navidad, no podríamos recurrir a estos textos, dado que no nos proporcionan datos específicos al respecto del momento del año en el que nació Jesús. Como hemos comentado, se trató de una escogencia arbitraria y convencional, dado que no existe ningún documento histórico mediante el cual podamos afirmar que Jesús nació en el mes de diciembre. A pesar de ello, mencionar que algunos investigadores han querido justificar tal escogencia.

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Para la revisión de los eventos de la asignación, tendremos que remontarnos al emperador Constantino, primero en legalizar el cristianismo en el territorio del Imperio Romano. De manera específica, Constantino actuó con el apoyo del pontífice del momento, el papa Julio I, estableciendo por decreto que Jesucristo había nacido un 25 de diciembre. El edicto promulgado fue levemente posterior a los convenios teológicos asumidos durante el concilio de Nicea I, o Primer concilio de Nicea, un sínodo de obispos cristianos, considerado como el primero de los siete primeros concilios ecuménicos, que tuvo lugar entre el 20 de mayo y el 19 de junio de 325, en la ciudad de Nicea de Bitinia, en el Imperio romano. Al respecto, se lee:

Flavio Valerio Constantino, Flavius Valerius Constantinus fue emperador romano, desde su proclamación por sus tropas el 25 de julio de 306, gobernando un imperio romano en constante crecimiento, hasta el día de su muerte. Se le conoce también como Constantino I, Constantino el Grande o, en la Iglesia ortodoxa, las Iglesias ortodoxas orientales y la Iglesia católica bizantina griega, como San Constantino. Se trató del primer emperador en dar libertad total de culto al cristianismo, junto con todas las demás religiones en el Imperio Romano, haciendo valer y cumplir el Edicto de tolerancia de Serdica, emitido en 311 por Galerio, quien puso fin a la persecución a los cristianos en el Imperio romano, asunto completado y finalizado con el Edicto de Milán de 313.

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No obstante, del Edictum Mediolanensis, de este Edicto de Milán, es decir, de la legalización, por decirlo de alguna manera, cuando Galerio y Constantino dan paso libre al cristianismo, estableciendo la libertad de culto en todo el Imperio romano, poniendo así fin a las persecuciones de los cristianos, es importante hacer ver que la tradición de la celebración cristiana de la natividad de Jesús, el 25 de diciembre, ya venía realizándose de tiempo atrás, aunque de forma no oficial, mediante una costumbre bastante extendida en todo el territorio romano de fines del siglo II. Resulta que los primeros cristianos aprovecharon coyunturalmente algunas fiestas paganas para celebrar, de manera simultánea, el nacimiento de Cristo.

Lo que estamos mencionando se encuentra vinculado con las fiestas Saturnales y con la festividad del «Sol Invictus». Empecemos con las Saturnales, las fiestas en honor a Saturno, el dios romano de la agricultura. Las celebraciones en la antigua Roma estaban, así, vinculadas con los ciclos de la siembra y la cosecha. Las Saturnales comprendían el periodo del 17 al 23 de diciembre, celebrando el final de la oscuridad. Las observaciones astronómicas de aquellos entonces indicaban que, a partir de esos días cercanos a las fiestas, los días se iban alargando y las noches se volvían cada vez más cortas.
Durante esta etapa de las Saturnales cesaba el trabajo y los amigos acostumbraban intercambiar regalos, saludos y buenos deseos. Era una tradición bastante extendida en todo el Imperio Romano. También se acostumbraba liberar a los esclavos y éstos eran servidos por sus amos. Se comía y bebía sin mesura. De forma sintética, durante las fiestas los romanos solían relajar la moral hasta hacerla casi inexistente. Sobre el dios Saturno, en la Wikipedia, se lee:

Saturno (Saturnus en latín, Σατούρνους en griego) era el dios de la agricultura y la cosecha de la mitología romana. Fue identificado en la Antigüedad con el titán griego Cronos,​ entremezclándose, con frecuencia, los mitos relativos a ambos. Aunque Saturno cambió enormemente con el tiempo debido a la influencia de la mitología griega, era también una de las pocas deidades claramente romanas que retuvieron elementos de su función original.

Las investigaciones indican que el origen de este acontecimiento social estaba ligado íntimamente a las labores del campo, pues en esa época finalizaban los trabajos de siembra y los esforzados campesinos se entregaban a un merecido relax, en el cual se felicitaban por los trabajos realizados, encomendándose a los dioses para que los procesos naturales siguieran su buen curso, obteniendo con ello, a la postre, la esperada cosecha. Esta vinculación entre los rituales y celebraciones con el fenómeno natural de los ciclos anuales marcados por las estaciones se encuentra en casi todas las religiones más antiguas, pues mantiene una conexión entre las creencias de los pueblos con la producción de los alimentos y la supervivencia de las comunidades.

En particular, las Saturnales se encontrarán vinculadas con el solsticio de invierno, un hecho celebrado por todas las religiones antiguas. El solsticio ocurre cuando el sol se encuentra más cerca o más lejos de uno de los hemisferios terrestres, aumentando la duración del día en una parte del mundo, y disminuyendo su duración en la otra. La palabra solsticio proviene del latín solstitium, que significa «sol estático», es decir, quieto. El solsticio acontece en dos momentos: durante el verano y durante el invierno. En el hemisferio norte del planeta, donde se encuentra ubicada Europa, el solsticio de invierno se sucede el 21 de diciembre.

Sobre los solsticios y los equinoccios tendremos que regresar, pero no podemos extendernos en esta oportunidad. Lo importante acá es la vinculación de la noche más larga, que deja de crecer en extensión para dar paso al día, que inicia su crecimiento. La idea subyacente es la derrota de la noche, la obscuridad, por la luz del día, lo que en el marco de los cultos solares implica un evento significativo digno de celebrar.
En el contexto romano, según el mito, ampliamente difundido en los primeros siglos de la era, Saturno fue expulsado del Olimpo por Zeus, recibiendo una buena acogida en la región del Lacio, a tal punto de haber sido proclamado rey de esas localidades. Entonces, según se cuenta, Saturno propició un gobierno de paz y prosperidad, denominado «la edad de oro», periodo en el que los dioses convivían armoniosamente con los mortales. Como un memorable recuerdo de esta era se establecen la fiesta en honor a Saturno.

Si se analiza, como estamos sugiriendo, las Saturnales celebran la victoria del día sobre la noche, lo que posteriormente dará origen al culto al Sol invicto, esto es, vencedor. Por otro lado, es relevante observar que los primeros cristianos no parecen interesados en celebrar el cumpleaños de Jesús, el día de su nacimiento, de su llegada al mundo, como puede constatarse en los textos fundamentales de Orígenes de Alejandría, también conocido como Orígenes Adamantius. Orígenes fue un erudito y asceta cristiano primitivo, una de las figuras más influyentes en la teología y la apologética cristiana, llegando a ser descrito como «el genio más grande que la Iglesia primitiva haya producido».

Pues bien, como bien explica Orígenes, los primeros cristianos no se interesaron en el día del nacimiento de Jesús, en parte porque durante todo el siglo I se pensó que la segunda venida, el regreso de Jesucristo, era inminente, es decir, cercano en años o en décadas. En este sentido, celebraban su dies natalis, el día de su entrada en la patria definitiva, en el «Reino del Padre», la cual se encontraba relacionada con la derrota de la muerte, vencida por su pasión gloriosa, mediante la cual la salvación había sido obtenida para toda la humanidad.

Diseño: Alejandro Ramírez/La Hora
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Por lo anterior, los primeros cristianos recuerdan con precisión el día de la glorificación de Jesús, la Pascua de la Resurrección, la cual pasan a celebrar el 14/15 de Nisán, pero no la fecha de su nacimiento, sobre la que nada nos dicen los datos evangélicos. De hecho, existe evidencia que, en los evangelios mencionados, de Mateo y de Lucas, los dos capítulos de inicio fueron agregados posteriormente, cuando la narrativa evangélica requiere de la inclusión de un relato fundamental sobre el origen genealógico y el nacimiento de Jesús.

Por un lado, Mateo habla sobre el rey Herodes y la obsesión en la que el jerarca cae por eliminar al bebé que lo destronaría, según las profecías, mientras que Lucas se enfoca en el censo y la conexión existente entre María e Isabel, madre de Juan el Bautista. Sin embargo, la dataciones y eventos son relativos, lo que no permite especificar el mes y día de la fecha de su nacimiento. En lo que viene al final, veremos que también, las referencias para precisar el año no son del todo claras y concluyentes. De esta forma, a manera de conclusión sobre el primer aspecto, se tiene que hasta el siglo III no se tiene ningún dato sobre la fecha del nacimiento de Jesús.

Es decir, aunque los primeros testimonios de padres de la Iglesia y escritores eclesiásticos señalan diversas fechas, estos no coinciden. Destaca el testimonio indirecto de Sexto Julio Africano, ofrecido en 221 d. C., el primero que indica que la natividad de Jesús haya sido el 25 de diciembre. Por otro lado, la primera referencia directa de su celebración formal o canónica se encuentra más de un siglo después, en el calendario litúrgico filocaliano del año 354 d. C., donde se lee: VIII kal. Ian. natus Christus in Betleem Iudeae (el 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea).

En términos generales, a partir del siglo IV se hace frecuente la mención de este día como fecha del nacimiento de Cristo. Los testimonios para ello son comunes en la tradición occidental, aunque, como mencionamos previamente, en la tradición oriental se utiliza y prevalecerá la fecha del 6 de enero, la que se reserva en Occidente para la Epifanía de Jesús, el Día de los Reyes Magos. Empero, todo esto refiere a las convenciones que se fueron asumiendo, en distancia del hecho conclusivo fundamental: que la tradición cristiana de la Navidad tiene su origen en ciertas fiestas paganas, que influyeron en su creación y con las que, de hecho, guarda algunas similitudes.

En esta línea de ideas, una explicación bastante difundida es que los cristianos optaron por este día porque, a partir del año 274, el 25 de diciembre fue, formalmente, para todo el Imperio Romano, el día de la celebración del dies natalis Solis invicti, el día del nacimiento del Sol invicto, que viene a representar la victoria de la luz sobre la noche más larga del año. Esta explicación se apoya en que la liturgia de Navidad y los padres de la época establecen un paralelismo entre el nacimiento de Jesucristo y algunas expresiones bíblicas refiriéndose a Cristo como «sol de justicia», en Marcos 4:2, y como «luz del mundo», en Juan 1:4.

Sin embargo, importante decirlo, no hay pruebas de que esto fuera así y parece difícil imaginarse que los cristianos de aquel entonces quisieran adaptar fiestas paganas al calendario litúrgico, especialmente cuando, no muy lejanamente, se habían experimentado feroces persecuciones. Es posible, no obstante, que con el transcurso del tiempo la fiesta cristiana fuera asimilando, absorbiendo, a las fiestas paganas que le precedían. Es decir, lo más probable es que, paulatinamente, se fueran capturando más devotos cristianos mediante una transformación, renovación, de las tradiciones paganas por otras que involucraran el nuevo credo.

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Sobre este paso de lo paulatino, no abrupto, de los cambios, es importante colocar un ejemplo de esta transición. Para ello, conviene regresar al caso del emperador Constantino, quien durante muchos años estuvo bastante ligado al culto del Sol Invictus. Se cuenta con variados documentos mediante los cuales se presenta al emperador experimentando una progresiva transición religiosa, la que acontece entre, aproximadamente, 312 d. C. y 324 d. C., transformación que le llevaría, finalmente, a acoger la religión cristiana como la propia, protegiéndola y difundiéndola, presentándose él mismo como protegido del dios cristiano al que, convenientemente, asociaba con Sol Invictus. En suma, algunas innegables conveniencias sociopolíticas participaron en las cruciales decisiones del gobernante. Al respecto se lee:

[…] el dios cristiano, un dios único y todopoderoso, resultaba tremendamente oportuno para Constantino quien, a su vez, se presentaba, tras el periodo de la tetrarquía, como el único y todopoderoso emperador. De este modo, Constantino llevó a cabo una serie de políticas que beneficiaron a los grupos cristianos, participando activamente en sus debates doctrinales, impulsando y promoviendo activamente el Primer concilio de Nicea.
En este sentido, es muy probable que el emperador Constantino haya encargado la construcción de los edificios más importantes del mundo cristiano de la época, como es el caso de la basílica de San Pedro, en el Vaticano. Será de tratar algunos interesantes detalles en torno de los hechos. Por ejemplo, el emperador Constantino fue bautizado hasta antes de morir, lo que fue predicado como una victoria de la nueva religión cristiana sobre el paganismo. No obstante, lo que usualmente no se comenta sobre tal hecho, es que quien realizó el bautismo fue Eusebio de Nicomedia, un eminente obispo difusor del arrianismo, una de las herejías fundamentales más peligrosas y más perseguidas por el posterior canon de la naciente ortodoxia cristiana.

En torno de lo gradual de los cambios sucedidos para la formalización del cristianismo como la religión oficial del imperio, y al respecto de la conexión entre la celebración de la natividad de Jesús con la festividad del Solis invicti, ambas el 25 de diciembre, se lee:
Sea como fuere, Constantino mantuvo muchas de las prácticas políticas y religiosas de sus predecesores y combinó durante muchos años los símbolos y cultos tradicionales de Roma con las nuevas prácticas cristianas, ya oficiales. El «giro constantiniano» hacia el cristianismo no fue algo abrupto, sucedido en cuestión de días o de meses, sino una transición progresiva de años o, incluso, muchas décadas, que ayudó a configurar el caldo de cultivo en el que se desarrollaría la primera parte de la Edad Media europea.
Nos quedamos acá, para dar continuidad y realizar el cierre en la tercera y última parte del artículo.

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