Diseño
Diseño La Hora

Byron Ponce Segura

Abro los ojos y veo por debajo un universo de motas de algodón sobre un manto azul. Comienzo a espabilarme y retiro la cabeza de la ventanilla del avión, me sirvió de almohada para dormir un poco. Haberme levantado a las tres y media de la mañana para no perder el vuelo a Mogadiscio me tenía con mucho sueño.

El cielo está de azul profundo y abajo las nubes blancas no son señal de lluvia. Esta es época seca en Somalia y falta un par de meses para que la tierra vuelva a sentir la caricia del agua. Durante la estación seca se vacían los estanques y pozos y mucha gente emigra errante en busca de agua y pasto para su ganado, además de alimentos para ellos mismos. Para empeorar las cosas, no pueden acercar sus animales a los ríos porque serían devorados por las moscas tse-tse.

Debajo de las nubes no se distingue mucho, pero sí es claro que la tierra despoblada y seca se extiende como ancha faja sin fin. Si pudiera descender en cualquier punto seleccionado al azar por el ojo encontraría muchas colonias de arbustos y parches de árboles de mediana estatura, con mucha probabilidad de que dominen las acacias, especie de zonas secas y semiáridas que protegen sus preciosas hojas con largas espinas. Sus hojas son pequeñas, para no perder mucha humedad por transpiración en ese clima tan cálido-seco.

Quizá la Acacia sea la especie a la cual los camellos le deban el tener el labio superior partido en dos.   Cuando atrapan las ramas entre los dientes lo hacen de manera tal que las espinas pasen por el labio partido, lo que les evita lesiones. La lengua de la jirafa es muy dura, pues evolucionó para que no la lastimen las espinas de las acacias de gran altura, aunque las de aquí no crecen tanto por lo agresivo del clima.

Aparte de brindar preciosa sombra en estas sabanas, el árbol produce un carbón muy apreciado en mercados del Medio Oriente.  Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos son las plazas preferenciales, además de los pequeños países de la península arábiga. El carbón de acacia tiene lenta combustión, no produce mucha ceniza fina y es altamente apreciado en países tan lejanos como Turquía, debido a que añade sabor y aroma a la shisha, pipa de agua donde se fuman vapores de concentrados florales, frutales y de especias. Aunque se dice que esta manera de fumar es más destructiva que el mismo tabaco, la costumbre es muy extendida entre los jóvenes del mundo árabe y es común encontrarla en cafés y restaurantes. También hay salas de fumadores. Después de una buena comida una buena shisha, mejor si sentados en un enorme cojín esponjado.

La producción y comercialización del carbón de acacia tiene significados especiales en la sociedad somalí. Por una parte, cuando se terminan los ingresos y no hay empleo, las familias suelen dedicarse a cortar estos árboles y convertirlos en carbón. Lo hacen a pesar de que está prohibido por las autoridades y de que conocer el daño ambiental que causan, pero se trata de comer o morir.

El grupo extremista islámico Al Shabaab (la juventud) también sabe aprovecharlo. Según estimaciones a 2012, obtenían recursos por exportación de hasta 10 millones de dólares anuales. Ellos controlan la cadena de comercialización desde los improvisados puntos de producción hasta los puertos de exportación clandestina a la vista de todo el mundo.

El avión ha dejado de sobrevolar tierra firme, hace una maniobra para volar sobre el agua y comienza a disminuir altura de forma gradual. Ahora vuela paralelo a la costa de más de 3,000 kilómetros sobre el Océano Indico. Estas son las mismas costas donde surgió la piratería marítima moderna. Cuentan los locales que todo principió con barcos extranjeros con banderas de países civilizados y democráticos que se adentraban en aguas territoriales para robar la pesca nacional, y otros que tenían esas costas como lugar perfecto para tirar por la borda desechos químicos y quién sabe de qué otros tipos. Un grupo de pescadores encontró un barco donde no debía estar y para dejarlo ir le exigieron el pago de una indemnización o rescate. Luego siguió otro, y otro, y de ahí hubo corta distancia para que los pescadores que defendían las aguas que les daban sustento se convirtieran en piratas justicieros con beneficios. Se creó toda una cadena comercial y de servicios asociados (botes, armas, mercenarios, «hospedaje» a secuestrados, traductores multilingües, negociadores profesionales) y lo demás es historia. Nació la piratería que provocó una movilización internacional enorme, con barcos de guerra en patrullaje permanente. Durante 2013, año de esta crónica, no se reportó un solo asalto. Sobra decir que las mayores ganancias no eran para los pescadores somalíes que arriesgaban la vida en las operaciones de intercepción y captura de naves, así como secuestro de personas hacia la costa.

Diseño
Diseño La Hora

El avión sigue volando a baja altura, pero a distancia prudencial de la costa para no ser blanco fácil de algún misil o lanzagranadas. En cosa de hora y media desde el despegue en Nairobi alcanzamos el aeropuerto internacional Aden Abdulle de Mogadiscio. La capital del país está en las orillas del aeropuerto. Alternando con los bloques de casas de tamaños y estilos diversos se pueden ver secciones homogéneas, bien alineadas. Son campamentos de desplazados internos, gente del campo a quien la guerra, la sequía, las inundaciones o el hambre empujaron hacia la capital y con el correr del tiempo se han ido convirtiendo en asentamientos permanentes. También hay desplazados internos habitando edificios públicos abandonados y en sitios improvisados donde se pierde el orden geométrico de los campamentos asistidos por organizaciones nacionales e internacionales. En muchos campamentos hay gate keepers, supuestos guardianes o administradores de la ayuda diversa que se lleva a los refugiados. Ellos imponen su ley por la fuerza y toman la tajada del león. Tienen apoyo de grupos armados para «mantener el orden». En muchos casos son inevitables e indeseables intermediarios que actúan como si fueran protectores de la población, lo mismo que muchos líderes sindicales o comunitarios en Guatemala.

Nadie sabe cuánta gente vive en Mogadiscio. Los datos de población utilizados para Somalia son los mismos desde 2005, cuando se hizo una estimación. La ciudad tendrá no menos de un millón y no más de 1.7 millones de personas.

La nave toca tierra y luego se dirige al enorme espacio abierto donde deberá detenerse para que desciendan los pasajeros. Aunque no nos conocemos, tenemos algo en común: somos trabajadores humanitarios, civiles desarmados que en la locura de las guerras de hoy terminamos convertidos en deseable objetivo militar. A esto le llaman soft target, porque es un blanco que carece de entrenamiento militar y por definición no recurre al uso de las armas como solución a los problemas. Además, el retorno mediático de un ataque a un objetivo humanitario es enorme para los grupos perpetradores.

Al descender del avión el grupo se dirige hacia las oficinas de Migración y luego, poco a poco, nos vamos dispersando dentro del área interior del aeropuerto. Y es que el viaje se termina exactamente aquí: en el aeropuerto.  Cruzar la puerta de salida del aeropuerto puede significar un ataque complejo, como se le llama a las operaciones que envuelven coches y hombres bomba, granadas y armas cortas y largas.

Luego de la ventanilla de migración, un coche blindado espera para conducirnos apenas unos 300 metros hasta el lugar donde vamos a trabajar por los próximos tres días. La puerta es muy pesada y tengo que poner la mochila sobre el asiento para conseguir maniobrarla.

Diseño
Diseño La Hora

En el pasado, un ingeniero inglés de apellido Hesco desarrolló unas estructuras cúbicas de malla metálica dando forma a bolsas de material resistente al calor y al agua. Su invento permitía contener inundaciones y proteger las riberas de los ríos, pues aquellos dados se llenan de arena/piedrín/piedra/cemento y se agrupan como si fueran legos. Por años se han usado en ingeniería civil para actuar de gaviones y diques para estabilizar cauces y laderas, entre otros usos relacionados.  Un día (un gran día para Hesco), se descubrió la capacidad de esas estructuras para absorber las ondas de choque que causan las explosiones. También resultan útiles para amortiguar la explosión de granadas y para amortiguar proyectiles. Fue un descubrimiento revolucionario. Quizá desde el ataque a las Torres Gemelas en los Estados Unidos (9 de septiembre de 2001) el uso de esos bloques se extendió enormemente en los países con conflicto armado y pasaron a llamarse simplemente hescos.

La zona del aeropuerto tiene hescos por todas partes. Están a ambos lados de los muros o constituyen un muro en sí mismos. Es la mejor protección disponible contra explosiones y ataque con morteros o granadas que podrían venir de la carretera que recorre todo el borde del aeropuerto. Es un problema que este se encuentre por debajo del nivel de Mogadiscio, pues extramuros existen muchos puntos desde los cuales, a sana distancia, se pueden lanzar misiles y granadas contra esta zona, como ya ha ocurrido.

En medio del suelo arenoso cercano a la playa se erige un campamento formal, otro de los varios en el vecindario aeroportuario. Parece un dibujo hecho con líneas de hescos rodeando construcciones semipermanentes. Podría ser un campamento vacacional, pero la presencia militar interna, la seguridad y el muro perimetral con amenazantes púas desvanecen la ilusión.

Ya en el complejo, me asignan una habitación con baño privado. Está al fondo del campamento, frente a la playa. La disfrutaría mucho, si no fuera porque se interpone un muro de piedras con amenazadoras cuchillas incrustadas en el ejército de óvalos metálicos que hacen de cabecera.

Transcurre la jornada con la preparación de una reunión para el día siguiente. Adentro del campamento se dispone de una cafetería con un buen bufé. Me pregunto qué opinión se tendrá luego de estar por un mes en este sitio.

Hay militares en traje de fatiga por todas partes. Son fuerzas internacionales que apoyan al Gobierno. Me siento fuera de lugar.

Mi instinto de conservación me exige un mapa mental de este laberinto de hescos y alambre espigado. Ojalá tuviera un mapa de verdad, pero eso iría contra la seguridad. En caso de emergencia, debemos refugiarnos en un ensamble de contenedores que llaman búnker. Solo cruzo miradas con mi compañero de misión cuando por reglamento nos llevan a conocerlo. Es obligatorio saber perfectamente dónde estamos y con qué recursos contamos en caso de algún ataque.

Termina el día laboral. Los nacionales que trabajan dentro del aeropuerto principian a abandonar el lugar. Algunos de ellos habrán de mentir a su familia y amigos mientras estén aquí. Si revelan el lugar donde trabajan podrían estar muertos en poco tiempo. Saldrán siempre con miedo de que alguien les reconozca. Deben ser discretos, alimentar bien la mentira y especializarse en movimientos furtivos para llegar a casa. Dados los acontecimientos recientes, ya no es paranoia pensar que varios de ellos son infiltrados de la insurgencia. ¿Quién es quién?  Complicada respuesta.

Es el segundo día. La reunión se realizará siempre dentro del área del aeropuerto, en otro complejo privado como a un kilómetro del campamento. El paisaje sigue siendo el mismo: contenedores, prefabricados, hescos, alambre, guardias. Un par de aviones aterriza. No son muchas las líneas aéreas comerciales que se atreven a usar este aeropuerto. Recientemente, Ethiopian Airlines y Emirates aceptaron el desafío con sus naves de pasajeros. Lo demás son aviones de carga o pequeñas naves de pasajeros que no poseen identificación comercial o tienen identificación de agencia humanitaria, como la mía.  Veo pasar un avión de la Cruz Roja Internacional.

Los invitados van llegando retrasados. Vienen de la ciudad y el ingreso al área del aeropuerto tiene alta seguridad. Luego de unos veinte minutos de retraso, se inicia con los presentes. Un gobernador provincial y un representante ministerial llegan ya cuando la reunión lleva al menos una hora.

Las discusiones son animadas, los puntos de vista salen muy cautelosos a explorar el terreno, cada uno presenta su caso y busca ganarse la delantera. Estamos formulando un plan trabajo y comprometiendo recursos para un año. Llegó la tarde, pero terminaremos a tiempo.

Al final todo parece haber ido bien. Se avanzó en compromisos, se redefinieron reglas. Terminaremos en la jornada de mañana y luego queda esperar a que las cosas se cumplan según lo discutido.

Apenas unos minutos después de finalizada la reunión, los radios comunicadores suenan al unísono: ensayo, ensayo, todo el personal debe dirigirse al búnker que le ha sido asignado. Los simulacros no permiten relajación alguna, así que tomamos nuestras cosas a toda prisa y salimos del edificio. Tres autos están ya a la espera. Abordamos y hacemos el kilómetro de regreso con la radio en la oreja. Unos minutos después de ingresar en el búnker, se anuncia que el simulacro ha finalizado con éxito. Es importante estar preparados y entrenados para reaccionar.

Pasadas las cinco de la tarde decido hacer el recorrido del que muchos hablan. La caminata por una zona de la playa a la que sí se puede llegar si uno atraviesa un muro.

Detrás del muro hay, cómo no, óvalos de alambre con afiladas cuchillas. Vistos de costado harían pensar en aros olímpicos jugando al efecto de espejo frente a espejo. La sal del mar los ha oxidado, pero continúan ahí, imponiéndose por fuerza como parte del paisaje y recordándome que esta playa no es turística.

La mar está tranquila. A la izquierda veo partes de la ciudad que para nosotros es prohibida esta vez. No se ve mucho y en las colinas apenas sobresale un par de edificios. Uno de ellos se veía muy cercano desde el sitio de la reunión por la mañana. Es el hotel Jazeera, a cuyas puertas estalló hace una semana un coche bomba. Es la tercera vez que el hotel es atacado y el edificio parece indiferente a ello. Así es esta ciudad, como un corredor angustiado que cae, se sacude el polvo y continúa corriendo. La vida no puede detenerse por un coche con conductor suicida que explota en mil pedazos llevándose con él una víctima objetivo y una treintena de casuales que solo equivocaron lugar y hora en aquel día. Los locales repiten desde hace un par de días que hay tres coches rodando por ahí, en busca de una víctima. Así fue la última vez. Una llamada desde el interior del aeropuerto avisó que un auto con cuatro extranjeros se había aventurado hacia la ciudad. Al regreso, ¡bum!  El auto era blindado y a pesar de la destrucción externa, los pasajeros salieron ilesos. Del auto que explotó quedó muy poco que reconocer. El sábado pasado encontré a una de esas cuatro personas en un restaurante de Nairobi. ¡Hola!  Me da mucho gusto verte. Gracias, igualmente. Cuídate mucho. Tú también. Un intercambio de tan trivial apariencia tiene, en realidad, un significado profundo.

Continúo el paseo por la playa. Dejo de ver hacia las colinas y me concentro en el mar. No podría caminar descalzo por aquí. El suelo es de composición coralina. Entre la áspera roca se ven muchas incrustaciones de concha. Alguna vez todo esto estuvo bajo el agua y alguna presión desde el lecho marino hacia la placa continental lo ha sacado a flote. Ojalá supiera más de Geología.

Un poco más adelante hay un pequeño cerro de coral. Se puede escalar, pero una caída causaría muchas heridas. En la parte alta tiene pequeñas piscinas de agua. Está arriba del nivel del mar, y supongo que se forman con el agua que salpica al chocar contra las rocas perimetrales. Dentro de algunas charcas la vida no se detiene. Cangrejos peregrinos circulan llevando a cuestas su caparazón prestada o robada. Otros menos afortunados se aventuran desde debajo de las piedras. Pequeños peces tratan de comerse unos a otros. Los más grandes acechan guardando su posición, los pequeños se mueven en todas direcciones en busca de refugio. Sobre las paredes llenas de pequeñas cavernas se ven colonias de caracoles con caparazón, miden casi un centímetro y en su mundo han de estar haciendo mucho ruido y moviéndose en todas direcciones. Pienso en Nueva York.

Las olas rompen contra la rocosa playa. El mar está de obscuro azul metálico. Me hace pensar en las fotografías/pinturas de Waseem Syed. El color es mágico.

Diseño
Diseño La Hora

Cae la tarde y camino de regreso al campamento. A la izquierda, el mar; a la derecha, la pista del aeropuerto, más muros, más alambre. Frente a mí, el sol cae sobre el extremo del horizonte. No recuerdo haber visto un sol poniente así. Parece una inmensa luna, como la que se encontró un Tom Hanks a la deriva, pero ésta tiene el color del sol y no es un efecto de cine. Es una gigante pelota naranja fuego y a diferencia de muchos soles vistos, no tiene halo. Es una circunferencia bien definida que no lastima la vista.

Pienso en la convivencia de las olas azul metálico, el sol pretendiendo ser luna llena, el alambre espigado, el muro, la guerra allá afuera, el próximo misil aterrizando en el jardín mientras nosotros hacemos planes para el almuerzo del próximo sábado, quizá como un conjuro para asegurar que tengamos un futuro por vivir y que también lo tengan estas gentes, un porvenir en el que podamos dar un paseo en bicicleta y salir a la calle a jugar futbol con los niños de esta que por hoy es una ciudad prohibida, un mañana con caravanas de comerciantes en vez de convoyes militares, con camellos cruzando las calles en vez de personas temerosas deseando no ser reconocidas.

Amanece y tenemos por delante una nueva jornada de trabajo. Transcurrida la mañana me parece que hemos alcanzado un excelente nivel de comunicación con los participantes de la reunión. Hay entusiasmo a la hora del almuerzo de cierre, las cosas pintan prometedoras en cuanto a colaboración.

A media tarde es hora de partir. El auto nos conduce de regreso al campamento para recoger nuestras cosas y dirigirnos a la pista del aeropuerto. El vuelo sale a las 16:00 pero tenemos que hacer check in y migración dos horas antes. Al llegar a nuestro campamento veo un soldado de guardia muy nervioso. Al ver el auto acercándose se acomoda el arma. Es su trabajo, pienso, pero el vehículo está identificado por todas partes y no debería causar esa reacción, así que no le quito el ojo de encima porque en unos metros más estaremos de espaldas a él.   Cuando descendemos del auto veo hacia atrás. Está muy inquieto, en guardia, sostiene su arma con las dos manos. Me dirijo al chofer en voz alta, riendo y exagerando gestos con las manos alzadas. Me muevo despacio, el soldado está demasiado tenso, no es normal. Se encienden mis alarmas.

Cruzo la puerta de ingreso al campamento. Voy a mi habitación, empaco la mochila y me dirijo a devolver la llave en la administración.

Un ruido como de disparos lejanos me hace levantar la vista hacia la carretera que bordea el aeropuerto. Como a 500 metros veo una parvada de palomas que se elevan al unísono de entre los árboles. Serían más de 100, algo las asustó. Más ruido como de disparos aislados. Me detengo por unos segundos para estar seguro de que no es una falsa alarma. Ráfagas de fusil de asalto desde nuestro lado del aeropuerto me convencen de que algo serio sucede. Suena una alarma como las de bombardeo aéreo en las películas. Tomo mi casco blanco, me meto el pesado chaleco balístico y con incomodidad me pongo la mochila a la espalda. Hay que correr hacia el búnker, como en los ensayos sin sonidos de fuego cruzado. ¡Al suelo, adentro! Grita uno de los militares del campamento. Sigue llegando gente, todos adentro estamos desarmados. Dependemos de los soldados. ¿Estarán dispuestos a jugarse la vida por nosotros? me pregunto y no me respondo. Llegan dos o tres soldados que se quedan en las dos entradas sin puerta. Tienen armas sofisticadas. El más armado es un guardaespaldas enorme, vestido de civil, que acompaña a un diplomático europeo. Entró protegiendo al diplomático, dando la espalda en dirección a la carretera, que es de donde vienen los tiros. Trae en la mano un maletín negro de mediano tamaño. Le reacomoda el chaleco balístico al embajador (a quien yo conocía de vista porque paseaba solo y en bicicleta en mi vecindario de Nairobi). Un arsenal comienza a salir de la maleta negra. Parece sacado de una película de Rambo. Se coloca municiones por todo el cuerpo.

Los disparos suenan más cercanos, calculo que están como a unos 50 metros. ¿Ofensivos o defensivos? El personal civil sigue llegando, algunos entran arrastrándose e impulsándose con los brazos. pronto somos unas 40 personas en el pequeño búnker. Veo los rostros. Algunos civiles están asustados y otros, incluyendo a mis compañeros de institución, tienen una expresión tranquila. Solo espero que el fuego no se acerque más, y que nadie de los presentes extraiga de su bolsillo una granada de mano y grite ¡Allah Akbar!

El llamado búnker (he visto bastante mejores) tiene dos entradas y salidas. Una da hacia el borde del aeropuerto con una calle de la ciudad. La otra está hacia el interior del campamento, hacia la playa. Yo vigilo a los soldados apostados en la salida hacia la ciudad. Sus armas están montadas y sus rostros apoyados en ellas. Tienen el ojo en la mira. Calculo que mientras ellos no disparen, estamos a salvo (a menos que nos disparen con misiles o lanzagranadas). Hago lo mismo que en los aviones cuando alguna tempestad nos sacude en vuelo: intento leer el rostro del personal de cabina. Mientras no vea pánico, todo va a estar bien.

Las personas llaman por teléfono, llaman por radio. Nos reportamos, pedimos reportes. Hay tanto ruido que no puede escucharse si el fuego continúa afuera. Esta vez las sirenas no se activaron como el día anterior, cuando llamaron a simulacro.

Transcurren unos veinte largos minutos y uno de los militares anuncia: ya pueden salir.

A 50 metros, al otro lado de una puerta de malla, nos espera el auto con destino a la pista del aeropuerto. Vamos a mitad del camino hacia la puerta cuando los disparos se reinician. No me importa lo que digan desde atrás o en la puerta, yo no vuelvo al búnker, digo a mi colega. Yo tampoco. Vayamos al auto, es blindado y nos sacará de aquí. Pero no corramos, le digo. Francamente, no creo que nuestro casco o chaleco sirva de algo contra un proyectil de AKA 47 o de similar calibre.

Los soldados de la puerta están muy tensos, los dedos en el gatillo y las armas sostenidas con ambas manos, en posición de apuntar. Nos ven venir, sé que las mochilas los ponen muy nerviosos porque podrían estar cargadas de explosivos. Camino despacio, con las manos a la vista de cualquiera. Pienso que en ese momento estoy en la mira de algún soldado; quizá desde una torre de vigilancia, algún rincón que no puedo ver, a mis espaldas. Buscarlo solo me puede meter en problemas. Nos abren la puerta y vamos hacia el auto.

Media hora más tarde, en la sala de espera, nos avisan que no hay garantías para el aterrizaje del avión que recoge a los pasajeros humanitarios. Debemos esperar hasta mañana.

¿Te asustaste? No, dice mi colega. ¿Y tú?  Yo tampoco… algo malo debemos tener en la cabeza. Creo que sí. Los dos sonreímos y yo estoy algo preocupado por nuestras propias palabras.

 

Artículo anteriorLa espantosa venganza de Carmelina Cruz
Artículo siguienteGrandes, pero finitos