Suplemento Cultural
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Nicté Serra

Los chicos entraban a clase con paso lento. Algunos hablaban entre ellos, saludaban por lo bajo, ocupaban su pupitre y continuaban su charla como si yo no estuviera ahí. A veces alcanzaba a escuchar. Hablaban de cuánto café habían cortado la tarde anterior, de las monedas que el capataz les daba a cambio de cortar y transportar una tarea de leña hasta la casa patronal, de cómo aprendían a labrar con yunta o a afilar machetes. Algunos contaban que sus padres los premiaban cuando en una jornada cortaban un quintal de grano. Otros contaban, con cierta decepción, que sus padres aún no les permitían trabajar en las fincas. De todos los chicos, Marcos era quien menos hablaba. Tampoco entraba con los demás. Escuchaba a sus compañeros con algún interés, pero no contaba nada.

Desde mi escritorio, sin verlos, anotaba cualquier tontería en una libreta aparentando estar en otros asuntos. No hacía contacto de ojos con ellos mientras platicaban. Recién llegada, alguna vez quise ser parte de la conversación, tender una suerte de puente para conocerlos. Cada vez que lo intenté, los chicos de inmediato callaron.

Las niñas, en cambio, al llegar se acercaban para darme un beso, para abrazarme y tomar mi mano.  A veces me traían golosinas preparadas en las cocinas de sus madres. Cocadas, melcocha, higos en miel. Con ellas, mientras no cruzara líneas incómodas, lograba alguna cercanía.

Cuando todos mis alumnos estaban acomodados en sus pupitres, el aire completo se sentía impregnado del olor vegetal, húmedo y cálido que gobernaba las veredas del pueblo. Las fragancias en la boca costa son en sí un lenguaje. Llegaban todos andando, algunos, como Marcos, caminaban más de dos horas desde su rancho hasta el centro de la aldea. Algunos, como Marcos, llegaban descalzos.

En cuanto entraba al aula, lo saludaba con alegría impostada. Marcos tenía once años y respondía sin algarabía, con inusual cansancio.  Llegaba a clases con los pies descalzos cubiertos de polvo, el rostro pringado con gotitas marrón de sudor o rocío, la misma camisa percudida del día anterior, los labios secos, rajados. Llegaba Marcos con la oscuridad de la madrugada a cuestas.

Revisar su espalda, sus hombros, su vientre e incluso sus manos se convirtió en hábito. Lo auscultaba con disimulo, sin que se diera mucha cuenta. Su camisa raída era cómplice. A veces los moretones eran tan oscuros que se traslucían. Al principio, pensé que eran manchas en la tela, hasta el día en que noté pequeñas costras circulares en sus antebrazos. Fue la infección de un par de esas quemaduras las que me empujaron a revisar su cuerpo delgado y levemente encorvado hacia adelante, cada vez que fuera posible.

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La mirada daba también información para complementar un diagnóstico inquietante. Sus ojos enrojecidos y los párpados inflamados, una o dos veces a la semana, vaticinaban. Esos días, Marcos no habitaba el aula. Su cuerpo estaba presente, sin duda, pero era inútil, no respondía a las preguntas, no retenía información, no conectaba ni con el lugar ni con el momento.

Cada semana contaba más moretones, más laceraciones, nuevas quemaduras. Si mientras dictaba lección caminando entre pupitres, colocaba una mano sobre su hombro, Marcos gemía y se apartaba con brusquedad. El ceño fruncido a perpetuidad también le delataba. En una ocasión quise revolver sus rizos, con apenas un leve contacto emitió un sonido desgarrado, salía de muy dentro, casi un aullido. En mi mano había sangre y una costra enorme, quedé estupefacta. Un temblor desconocido, imposible de controlar, recorrió mi cuerpo. Aquello era una bomba de tiempo. Esa noche no logré conciliar el sueño.

Busqué a la directora de la escuela. Ella sabría cómo manejar el asunto de Marcos. Cuando le hablé al respecto, sugirió que no jugara al médico. «Ya su madre lo llevará al Centro de Salud si lo considera necesario. Estas familias son muy particulares. La de Marcos… no sé ni cómo explicársela. Lo que debe saber es que, si queremos educar a los niños, no debemos involucrarnos» zanjó.

No sé si fue esa sugerencia que más bien era orden o el ojo morado, cerrado y descomunalmente inflamado que llevaba Marcos la siguiente semana, lo que desató mi obsesión. Su aspecto físico se alineaba a su nulo rendimiento.

Empezó a faltar a clase. Cuando volvía, después de dos o tres días de ausencia, me sorprendía suspirando aliviada, acercándome, buscando respuestas en su cada vez más prolongado mutismo.

Pensaba en él todo el día. Imaginaba a un jornalero despiadado azotándolo, empujándolo, abofeteando su rostro rotundamente infantil. Empecé a tener pesadillas con Marcos. Extrañas. Devastadoras. Soñé varias veces con la sangre y la costra, en el sueño mi mano ardía en extrañas llamas. Despertaba con los dedos adoloridos. No podía concentrarme en el trabajo, planificar clases se convirtió en un afán cuesta arriba. No hacer nada me quitaba la paz. Desobedecer a la directora podía quitarme el trabajo.

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Hacia finales de curso, Marcos asistía a penas dos o tres veces por semana. «Porque mi madre me obliga» respondía. No comprendía que mi pregunta obedecía al porqué de sus ausencias. Él respondía pensando en la asistencia. Pero me veía largo, tendido. Sus ojos en los míos, las otras palabras.

Un viernes, un par de semanas antes de que terminara el curso, uno que Marcos no aprobaría, llegó con los labios reventados y el brazo izquierdo sostenido por un cabestrillo improvisado con una manta sucia. Cojeaba. Aquello era imposible. Sus compañeros de aula, quienes seguramente sabían más que yo, no respondían cuando les preguntaba. Se santiguaban en sacro silencio.

Mis pesadillas continuaron. Perdí el apetito. Me dolía la cabeza. Cada día que Marcos llegaba, se despertaba una nueva, incómoda, sensación en mi cuerpo. Un leve dolor, un grano, una llaga, como picadura de insecto. Asuntos nuevos por mi nuevo ambiente, tan tropical, tan distinto a la ciudad en la que nací y crecí, y la aflicción que sentía por este pequeño sin duda me debilitaban.

El lunes siguiente, llegó con la mano derecha vendada, los vendajes manchados de sangre. No podía escribir. Intenté acariciar su brazo, escuché de nuevo el gemido cavernoso. Entonces, dijera lo que dijera, levanté su camiseta. Exasperada, exigí que me mostrara su vientre. Lo que encontré superaba el horror de las pesadillas. Su espalda era un continuo de rayas, algunas con costra, otras eran cicatrices. Muchas en carne viva.

«¿Fue tu papá, pequeño?» No tengo tata, respondió. «¿El novio de tu mamá?» Negó enfáticamente. «¿Tu hermano?» Sonrió con tristeza, sus ojos se humedecieron, luego negó.

No dormía. Confundida, escuchaba voces, susurros. Veía sombras. Durante la noche mi casa parecía otro sitio. Mi cabello se caía. Lo de Marcos me tenía obsesionada. No sabía qué hacer. El niño no contaba nada. Lo suyo era no hablar y gemir si se le tocaba. A veces lo pillaba secándose las lágrimas.

Cité a su madre. Casi dulce, tan silenciosa como su hijo, era una mujer frágil. Imposible que fuera la agresora. En su clavícula había moretones, en el rostro cicatrices. Andaba con bastón, a pesar de su evidente juventud. Fui al grano con explicaciones respecto a las consecuencias.

Hice muchas, pero muchas preguntas. «¿Quién lastima así a su hijo? ¿Lo ha llevado al Centro de Salud? ¿Desde cuándo lo golpean? ¿Por qué lo permite? ¿Tiene usted más hijos? ¿Es algún vecino? ¿Algún capataz? ¿Lo ha visto el curandero?»

Al escuchar la última pregunta sonrió un poco, levemente, con sarcasmo. Hablaba con la misma mirada que su hijo lo hacía. La suya lucía un poco más amargada, quizás. La madre de Marcos me veía con detenimiento, escuchaba con atención pero no respondía una sola de mis preguntas.

Después de observar las pequeñas costras de mis manos, secas gracias a una pomada, finalmente, habló. «¿Usted sabe quién es mi madre, profesora?» Su respuesta, una pregunta. Yo lo ignoraba, por supuesto. Un inmenso silencio se acomodó entre nosotras.

«Soy hija de la Bruja Juana» sentenció con alarma y vehemencia y advertencia. Su voz era otra.

«Marcos es mi pecado. No se meta, Señorita.»

 

 

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