Varios países registran recargos y cancelaciones debido a los precios del combustible para aviones. Foto La Hora: Victor/Shutterstock
Varios países registran recargos y cancelaciones debido a los precios del combustible para aviones. Foto La Hora: Victor/Shutterstock

Se acerca el verano y el cierre del estrecho de Ormuz se mantiene, asfixiando la oferta de petróleo y gas natural y sus derivados (incluido el combustible para aviación). Aunque no hay datos para anticipar una caída generalizada, se están produciendo recargos y cancelaciones que apuntan a un riesgo más concreto: cuando suben los costes, las aerolíneas protegen las rutas más rentables y otros destinos quedan más expuestos.

UNA FORTALEZA CON LETRA PEQUEÑA 

España llega a esta coyuntura con una posición sólida. En 2025 recibió 96.8 millones de turistas internacionales, un nuevo máximo histórico y un 3.2 % más que el año anterior.

Reino Unido, Francia y Alemania fueron los tres principales mercados emisores. Además, la demanda internacional sigue siendo alta y España mantiene una posición fuerte en el mercado europeo de vacaciones.

Pero esa fortaleza tiene letra pequeña. Cuanto mayor es el volumen de turistas internacionales, mayor es la exposición del país a cualquier cambio en la conectividad aérea. El riesgo, por tanto, no nace de una caída de visitantes sino del encarecimiento de una pieza esencial del viaje: el vuelo. No obstante, conviene evitar dos errores:

  1. El alarmismo: unas cancelaciones concretas no anuncian por sí solas una mala temporada.
  2. La complacencia: cuando sube el coste de volar, algunos destinos lo notan antes que otros.

CUANDO SUBEN LOS COSTES, CAMBIAN LAS RUTAS 

Lufthansa ha anunciado la retirada de 20, 000 vuelos de corto radio hasta octubre. La cifra es llamativa, pero necesita contexto. Según la propia compañía, el ajuste equivale aproximadamente al 1 % de su capacidad de verano, medida en asientos/kilómetro disponibles (ASK, el número de asientos de un vuelo por la distancia en kilómetros de la ruta). La decisión se concentra en sus vuelos europeos y busca ahorrar unas 40, 000 toneladas de combustible.

Cuando el combustible se encarece, las aerolíneas ajustan su programación: reducen frecuencias, cancelan las rutas con menores márgenes de ganancias, concentran sus operaciones en en sus hubs aeroportuarios (centros de conexión que reciben y emiten grandes cantidades de vuelos, pasajeros y mercancías) y protegen los trayectos más rentables. Si volar se hace más caro, la demanda turística puede cambiar de forma.

Estos ajustes no afectan por igual a todos los modelos del negocio aéreo. Las aerolíneas tradicionales (legacy, con tarifas y servicios completos) suelen proteger sus rutas estratégicas y hubs principales, concentrando pasajeros y optimizando conexiones.

En cambio, las compañías de bajo coste, que operan con mayor flexibilidad, pueden ajustar muy rápidamente sus rutas, frecuencias e incluso los aeropuertos desde los que operan en función de la rentabilidad. Así, un contexto de costes al alza va a condicionar qué rutas se mantienen y cuáles desaparecen.

Pese a la incertidumbre, muchos turistas seguirán viajando. Puede que ahora reserven antes, reduzcan su estancia, cambien sus fechas de viaje, elijan otro aeropuerto, busquen un destino más cercano o recorten sus gastos de viaje.

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EL PRECIO ALTERA LAS DECISIONES 

En España preocupa una crisis en el sector turístico por el peso que este tiene en el PIB nacional (12,6 % en 2024) y porque algunos de los mercados afectados por las tensiones energéticas son grandes clientes turísticos de España.

Tras Reino Unido, Alemania es el segundo mercado turístico para España en gasto, pasajeros aéreos y pernoctas. En 2025 recibió 12 millones de turistas alemanes, un máximo histórico, que gastaron alrededor de 15, 800 millones de euros.

Francia también es clave aunque, por proximidad, muchos turistas franceses pueden viajar por carretera. Eso reduce parte de la dependencia aérea pero no la elimina: las conexiones aéreas siguen siendo importantes para islas, ciudades y destinos alejados de la frontera.

A esto se le suma la dependencia de hubs europeos como Fráncfort, Ámsterdam o París. Una parte muy importante del turismo no llega en vuelos directos sino a través de estos grandes aeropuertos de conexión. Así, las decisiones tomadas en estos nodos pueden afectar indirectamente a los destinos españoles.

Por eso no basta con mirar la cifra nacional de turistas. Una reducción de capacidad desde un hub alemán puede no mover demasiado el total nacional. Pero puede afectar a una isla, a una ciudad concreta, a una ruta de temporada o a un segmento de viajeros de alto gasto.

El propio ministro de Industria y Turismo ha advertido que, pese a que España tiene una posición relativamente sólida en reservas y producción de queroseno, eso no la protege si los países emisores de turistas sufren problemas de conectividad o precios.

NO TODO SHOCK EXTERNO PERJUDICA 

A veces, la inestabilidad en unas regiones desvía la demanda hacia otras. Según la agencia Reuters, se está produciendo un aumento en las reservas de vuelos y hoteles hacia España y Portugal por parte de viajeros que evitan las zonas afectadas por el conflicto en Oriente Medio.

Esto introduce una paradoja: el mismo contexto internacional que encarece el combustible puede hacer que algunos turistas elijan España por considerarla un destino seguro, cercano y bien conectado.

Por eso el análisis debe ser prudente. Un shock externo puede tener efectos negativos y positivos al mismo tiempo: subir el coste de volar, pero también desplazar viajeros desde otros destinos, o afectar a unas rutas pero reforzar otras.

MÁS ASIENTOS NO ELIMINAN LA INCERTIDUMBRE

Las aerolíneas prevén para España una temporada de abril a octubre de 2026 alrededor de un 6 % mayor que el año anterior. El crecimiento sería especialmente fuerte en destinos como Alicante, Andalucía, Madrid y Barcelona.

Pero la capacidad programada no siempre coincide con la capacidad finalmente operada. Las aerolíneas pueden ajustar vuelos si suben los costes, si baja la rentabilidad de una ruta o si aparecen problemas de suministro. Por eso conviene mirar los datos durante la temporada, no solo antes de que empiece.

El problema no es perder atractivo, sino que ese atractivo no baste si llegar al destino se vuelve más caro, menos rentable o más incierto para las aerolíneas.

LA FRAGILIDAD DE UN MODELO FUNCIONA 

Esta crisis a las puertas del verano permite distinguir entre una alarma coyuntural y una vulnerabilidad estructural.

La alarma coyuntural sería decir que España va a tener menos turistas este verano por las cancelaciones de algunas aerolíneas. Hoy no hay base suficiente para sostener eso.

La vulnerabilidad estructural es otra cosa: España depende de una enorme red internacional de movilidad. Esa red incluye aerolíneas, combustible, aeropuertos de conexión, precios energéticos, regulación ambiental, conflictos geopolíticos y capacidad de gasto de los hogares en los países emisores.

Cuando todo funciona se alcanzan récords turísticos, pero cuando una pieza falla el modelo muestra su fragilidad.

A esta vulnerabilidad se suma un factor estructural: el paulatino encarecimiento relacionado con la transición energética del transporte aéreo. La Unión Europea ha intensificado la regulación sobre emisiones, a través de instrumentos como el sistema de comercio de derechos de emisión (EU ETS), y está impulsando el uso de combustibles sostenibles de aviación (SAF), más costosos que el queroseno convencional.

Este contexto apunta a una tendencia de fondo: volar se puede encarecer también por cambios regulatorios y ambientales para reducir el impacto climático y no solo por factores coyunturales como el precio del petróleo.

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QUÉ TENER EN CUENTA ESTE VERANO 

España viene de cifras turísticas récord, tiene una demanda internacional sólida y una conectividad aérea muy amplia. Pero el turismo no solo depende de lo atractivo que sea el país, sino de que los turistas puedan llegar de forma frecuente, asequible y previsible. Para saber si estamos ante un ruido pasajero o ante un problema mayor, conviene seguir varios indicadores:

  1. La capacidad aérea realmente operada. No basta con saber cuántos asientos se programaron al inicio de la temporada.
  2. Las tarifas. Una subida moderada puede no frenar la demanda, pero un ascenso rápido sí puede afectar a familias con menor presupuesto o a reservas de última hora.
  3. Los mercados emisores. Alemania, Francia y Reino Unido no reaccionan igual ante los mismos precios ni tienen las mismas alternativas de transporte.
  4. El gasto. El riesgo no es solo que vengan menos turistas. Puede que viajen los mismos, pero que gasten menos, se alojen menos noches o reduzcan su consumo en destino.
  5. La distribución territorial. Un buen dato nacional puede ocultar problemas en destinos concretos.

La pregunta no es solo si habrá menos vuelos o menos turistas este verano, sino si el modelo turístico español está preparado para un futuro en el que volar puede ser más caro y estar más regulado y expuesto a shocks externos.

De momento, no parece haber motivos para el alarmismo, pero sí los hay para observar los datos con atención.

Por: José Tomás Arnau Domínguez, Universitat de València y Paula Simó-Tomás, Universitat de ValènciaThe Conversation

José Tomás Arnau Domínguez, Departamento de Economía Aplicada, Universitat de València y Paula Simó-Tomás, Departamento de Economía Aplicada, Universitat de València

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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