Salud
Foto La Hora: Francisco Roberto Altán.
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Partamos de un hecho: Una mayor esperanza de vida no significa necesariamente mejor salud. En efecto, las estadísticas indican que muchas personas viven con enfermedades crónicas en sus últimos años. La paradoja es evidente: hoy vivimos más tiempo, pero pasamos más años conviviendo con enfermedades crónicas y malestares derivados de ello.

El tiempo abre comprensión

En los años 60 o 70 del siglo pasado, para muchos llegar a los 60 años era un gran logro. Las personas que llegaban a esa edad eran, en cierto sentido, «supervivientes» de un entorno sin tantos medicamentos o cirugías avanzadas. Incluso, antes de la mitad del siglo XX la gente moría principalmente de enfermedades agudas (infecciones, neumonía, accidentes cardiovasculares fulminantes, guerras, hambrunas). No había tiempo de desarrollar «enfermedades crónicas» porque la causa de muerte era rápida.

Entonces partamos de diferencias: carencias, abundancias

Si miramos hacia atrás, el perfil de quién llegaba a los 60 años estaba filtrado por una «selección» brutal que no solo era biológica (infecciones y falta de cuidado sanitario), sino sociopolítica. Doy ejemplo: Las personas que sobrevivieron a la II Guerra Mundial y llegaron a los 60 en los años 70 u 80, eran individuos de una resistencia física y psicológica extraordinaria. La mayoría de nosotros (especialmente los de las ciudades) no pasamos por una restricción calórica extrema ni por el estrés traumático de un frente de batalla, sequía y otros fenómenos de limitaciones. Esto significa que nuestra «resistencia de base» es menor que la de un sobreviviente de 1945.

En nuestro medio de aquella primera mitad del siglo XX, el gran enemigo era la carencia. La gente moría o enfermaba por falta de vitaminas, falta de nutrientes, raquitismo. Las hambrunas mataban a los más débiles antes de los 10 años incluso a su mayoría antes de los dos o después de los 50. Y mire usted la paradoja o contradicción. Ahora: el problema es la abundancia tóxica. La epidemiología actual muestra que las enfermedades crónicas (diabetes, hipertensión) son causadas por el exceso de calorías baratas y alimentos ultraprocesados. En 1960, un hombre de 60 años probablemente había pasado hambre en su niñez y juventud, lo que irónicamente, según algunos estudios de epigenética, podría haber «activado» genes de longevidad. Hoy, llegamos a los 60 con décadas de inflamación sistémica por exceso de azúcar, por ejemplo.

Y qué de los perfiles epidemiológicos

Otra gran evidencia actual respecto a longevidad y salud, es la lucha entre las enfermedades: las agudas como las infecciones y las crónicas. Hasta la mitad del siglo pasado, las infecciones y la neumonía eran consideradas por la gente: «El amigo de los ancianos» porque era la causa de una muerte rápida y relativamente indolora antes de que existieran los antibióticos potentes o los ventiladores. En los años 60 o 70, una infección respiratoria severa terminaba con la vida de una persona de 65 años en una semana.

Hoy: Esa misma persona recibe antibióticos de amplio espectro y sobrevive. Pero, al sobrevivir a la infección, queda «disponible» para que aparezcan enfermedades que requieren más tiempo para desarrollarse, como el alzhéimer o el cáncer o las cónicas. Por eso hoy vemos tantos enfermos ancianos: porque ya no morimos de las agudas y algo notable, las personas que sobreviven y viven con esas enfermedades, sufren de muchas molestias. No en balde se dice: “el anciano de ahora sufre lo que no sufrió de joven”.

Entonces dirá usted que ¿las mismas enfermedades hacen sufrir ahora más?

¡Ni tanto que queme al santo, ni tampoco que no le alumbre! En los años 70, si se padecía de una obstrucción coronaria, a uno le daba un infarto fulminante (el «rayazo» –se decía). No había estatinas, no había aspirina infantil diaria, no había desfibriladores en cada esquina y entonces, aún la población mayor de 60 años tenía menos «cardiopatías» porque el que estaba mal del corazón ya había muerto. Hoy: Tenemos una población enorme de mayores de 60 que son «cardiópatas funcionales». Están vivos y activos y dependen de 5 pastillas diarias.

Entonces no es del todo disparatada la creencia de los epidemiólogos, de los que estudian las enfermedades, de que hemos cambiado muertes violentas y rápidas (guerras, infecciones, hambre) por muertes lentas y costosas (enfermedades degenerativas).

Y cuando los epidemiólogos hablan con los antropólogos estos les dicen que hoy vivimos en un mundo «protegido». Protección que nos permite envejecer con cuerpos que, en el siglo pasado, habrían sucumbido mucho antes. Esto explica por qué hoy se ven tantas personas de 60 o 70 años en hospitales o farmacias, mientras que, en los años 70, el que llegaba a los 70 a menudo se veía (y estaba) «curtido como el cuero y más sano».

Los sociólogos y psicólogos, por su lado, nos hablan de que entrar en este debate requiere reconocer que, si bien hemos ganado años, el costo en bienestar emocional y físico colateral es, como bien dicen, dramático.

Pero regresamos a los epidemiólogos y la pandemia silenciosa.

Antiguamente, la salud mental en la vejez era casi un tabú. Sin embargo, existía un factor protector que hoy estamos perdiendo: la estructura social. Antes: El adulto mayor solía tener un rol de «patriarca» o «matriarca» dentro de familias extendidas. Aunque hubiera sufrimiento, había un sentido de pertenencia y utilidad. Hoy: Hemos pasado a un modelo de aislamiento. La soledad es hoy considerada una «pandemia silenciosa» con efectos físicos y mentales reales. El sufrimiento mental de hoy no es solo por la enfermedad, sino por la falta de un propósito dentro de una sociedad que rinde culto a la juventud y la productividad. Esa ansiedad altera aparatos como el digestivo, el circulatorio y el nervioso y músculo esquelético.

Ahora analicemos al anciano que además es enfermo. En las décadas de los 70 u 80, una persona de 60 años tomaba, con suerte, una pastilla contra el dolor psiquiatra extraordinario o una para la presión. Hoy, no es raro que una persona de la misma edad consuma entre 5 y 10 medicamentos distintos. Y acá algo que nos percatamos muy pocos profesionales y pacientes: el sufrimiento sobreagregado a ello: Muchos de estos fármacos (estatinas para el colesterol, betabloqueadores, diuréticos) provocan fatiga crónica, dolores musculares, niebla mental o disfunción eréctil. Y algo aún más dramático. A veces se receta un nuevo medicamento solo para mitigar el efecto secundario del anterior. Esto genera un estado de «malestar permanente» que el paciente acepta como «normal por la edad» dejando a un lado sus consecuencias.

Pero hay algo que ha sido poco estudiado: La ansiedad de ser un «paciente eterno». Acá volvemos al psicólogo. Hay un cambio psicológico profundo en cómo vivimos ahora: En el siglo pasado, uno estaba sano o enfermo. La enfermedad era un evento. Hoy, somos «pacientes crónicos». Desde los 45 años, muchas personas ya viven con la etiqueta de «hipertenso» o «prediabético» urémico, hepático, renal, artrítico. Vivir décadas bajo el monitoreo constante y el miedo a que los resultados de pruebas se descontrolen, genera un estrés sostenido que afecta la salud mental. Se pierde la libertad de «sentirse sano».

Y entonces aparece el psiquiatra con su farmacia bajo el brazo: El efecto de los psicofármacos, su uso masivo en la población mayor no es un secreto. Si bien ayudan en crisis, su uso prolongado en adultos mayores afecta el equilibrio (causando caídas), la memoria a corto plazo y la capacidad de procesar emociones reales. El resultado es, a veces, una vejez «anestesiada» en lugar de una vejez vivida.

Y entonces ¿para qué la vejez?

No estoy despreciando con todo lo mostrado la vejez. Su pregunta es equivocada, lo que vale la pena es preguntarse. ¿Vale la pena vivir con sufrimiento o bien con los efectos secundarios de una farmacia completa y en soledad, frente a vivir años con una vitalidad más rústica, pero «limpia»? Este es un problema que tiene su solución lejos del profesional de salud. Es un dilema ético. La medicina actual se enfoca en la cantidad (biometría, estadísticas de supervivencia, farmacopea, cirugía) por encima de la cualidad (la experiencia humana del día a día) una depende del profesional de salud, la otra del individuo.

Muchos, en la actualidad, ese dilema lo engloban en una frase: «crisis de la medicina paliativa de estilo de vida». Lo que describe el dilema es una transferencia de responsabilidad.

Hemos pasado de ser dueños de nuestra salud a ser clientes de una solución química. Antiguamente, la supervivencia exigía una resiliencia física constante de autocontrol. El frío, el calor, el hambre momentánea o el dolor físico por el trabajo eran parte del día a día. Someterse a esos cambios «entrenaba» al cuerpo. Ahora, según el decir, vivimos en una «comodidad tóxica». Al primer signo de incomodidad (un dolor de cabeza, un reflujo por comer de más), recurrimos a la pastilla. Esa falta de tolerancia al dolor y el malestar, nos ha vuelto biológicamente frágiles. Hemos olvidado que el dolor es un mensaje, no solo un síntoma que hay que silenciar. Preferimos dejar avanzar el mal y luego darle prioridad al medicamento. Funciona como una especie de «permiso» para seguir con un estilo de vida nocivo. «Puedo seguir comiendo mal porque ya tomo la pastilla para el colesterol» o «No necesito caminar porque el medicamento me baja la presión». Un psicólogo con mucho tino decía: «El medicamento se convierte en un sustituto de la voluntad».

En resumen, en este aspecto:

La ciencia moderna ha demostrado que el cuerpo tiene una capacidad de autofagia (limpieza celular) y regeneración asombrosa. Pero estas solo se activan bajo ciertas condiciones: ayuno controlado, descanso real, reducción del estrés y eliminación de tóxicos. Al elegir el medicamento sobre el cambio de modo de vida, estamos «anestesiando» los mecanismos de defensa naturales del cuerpo.

Por otro lado, para antropólogos y sociólogos es evidente que cambiar el modo de vida es difícil; requiere introspección, disciplina y tiempo. Tomar una pastilla toma 5 segundos. La sociedad actual premia la velocidad, pero la naturaleza (nuestra biología) tiene tiempos lentos.

En conclusión: Parece que hemos confundido «vivir más» con «retrasar la muerte». La verdadera resiliencia se construye enfrentando las causas y eso asegura longevidad más sana. Es una postura valiente en un mundo que nos empuja a lo contrario.

Alfonso Mata
Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.
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