Por JILL LAWLESS
LONDRES
Agencia (AP)

Gran Bretaña falló en su respuesta inicial al coronavirus. Y muchos científicos temen que esté a punto de hacerlo de nuevo.

El virus está propagándose otra vez en el Reino Unido, que registra casi 42.000 muertos por el COVID-19. El jueves se marcó un nuevo récord de contagios en un solo día, con 6.634, aunque las muertes siguen muy por debajo de las del mes de abril, en que llegaron a su pico.

Se han impuesto nuevas restricciones a la vida diaria y se teme que aumenten las muertes en el invierno, que está casi encima. Todo esto parece una historia conocida.

«No reaccionamos lo suficientemente rápido en marzo», expresó el epidemiólogo John Edmunds, miembro de un panel científico asesor del gobierno, a la BBC. «Creo que no aprendimos nada de nuestros errores y que, lamentablemente, vamos a repetirlos».

El Reino Unido no es el único que enfrenta una segunda ola de COVID-19. Otros países europeos, incluidos Francia, España y Holanda, se esfuerzan también por contener brotes sin afectar demasiado la economía.

Pero el caso de Gran Bretaña es particular ya que hubo numerosas fallas en su manejo de la pandemia, incluidas estructuras gubernamentales difíciles de manejar, un sistema de salud pública desgastado, malas comunicaciones en el gobierno del primer ministro Boris Johnson y cierta reticencia a seguir los ejemplos de otros países.

«Tenemos que preguntarnos por qué un país con instituciones tan importantes ha sido incapaz de combatir la pandemia», dijo el jueves Gus O’Donnell, ex director de los servicios civiles británicos.
Agregó que los políticos británicos «prometieron demasiado y cumplieron muy poco».
Para empezar, Gran Bretaña no estaba preparada para la pandemia.

El gobierno aprobó rápidamente una prueba para el COVID-19, pero no estaba en condiciones de procesarlas. Implicaba detectar, hacer pruebas y aislar a los contactos de cada persona infectada, y no funcionó.

Para cuando el gobierno dispuso un confinamiento a nivel nacional el 23 de marzo, el virus ya estaba fuera de control. Los hospitales y las residencias de ancianos estaban quedándose sin insumos.
Luca Richerldi, asesor del gobierno italiano sobre el COVID-19, dijo a una comisión de legisladores esta semana que estaba «asombrado» por la lenta respuesta del Reino Unido mientras en Italia se «vivía una tragedia colectiva».

«Me dio la impresión de que pensaban que lo que sucedía en Italia no podía pasar en el Reino Unido», afirmó.

Hay quienes dicen que la insistencia del gobierno en seguir su propio camino –reflejada y exacerbada por la partida de Gran Bretaña de la Unión Europea en enero– complicó su respuesta al virus.
El Reino Unido se pasó meses tratando de producir una aplicación telefónica para rastrear contactos antes de darse por vencido y adoptar un sistema de Apple y Google que ya usaban varias naciones. La aplicación fue lanzada el jueves en Inglaterra, cuatro meses después que en otros sitios.

Hubo algunos progresos. El sistema de salud pública pudo responder a los contagios y sus hospitales no fueron desbordados. Pero esto se logró a costa de postergar operaciones de rutina, citas médicas y exámenes de cáncer y otras enfermedades.

Igual que en otras naciones, los ancianos fueron trasladados de hospitales a geriátricos sin que se les hiciese pruebas. Miles murieron con consecuencia de ello.

En el verano hubo un respiro y disminuyeron los contagios. También se trató de revivir la economía. El partido conservador de Johnson exhortó a los trabajadores a volver a sus oficinas para evitar que los centros de las ciudades se convirtiesen en zonas fantasmas y alentó incluso a la gente a que volviese a los restaurantes. Funcionó en el plano económico. Pero puede haber ayudado a generar el nuevo brote.
Dado que Johnson insistió mucho en volver a la normalidad, inevitablemente hubo confusión cuando cambió de libreto esta semana y dijo que la gente debería seguir trabajando desde su casa.

Paralelamente se dispuso que no se podía ir a bares y restaurantes después de las diez de la noche y se expandió el uso de los barbijos.

Los detractores del gobierno dicen que se demoró mucho en ordenar el uso de tapabocas y en disponer la cuarentena de quienes venían del exterior.

La falla más grande, para muchos, es el sistema de pruebas para detectar el virus.

El país rápidamente amplió su capacidad de pruebas hasta 250.000 al día y creó un sistema de pruebas y rastreo que empleaba miles de personas. Pero cuando millones de niños volvieron a la escuela este mes –algunos de ellos tosiendo y con fiebre– la demanda pasó del millón diario. Mucha gente se encontró con que no conseguía turno o que tenía que irse a cientos de kilómetros.

«Creo que nadie anticipó el aumento en la demanda que hubo en las últimas semanas», dijo Dido Harding, quien dirige el programa de pruebas, aunque muchos científicos y funcionarios lo habían pronosticado.

El programa de pruebas y rastreo dirigido por Harding emplea empresas privadas y usa un centro de llamadas para comunicarse con la gente y decirle que se aísle. Pero muchos no lo hacen. El sistema llega al 60% de los contactos de personas infectadas.

«Todo es muy ineficiente», dijo Martin McKee, profesor de salud púbica europea en la London School of Hygiene and Tropical Medicine, quien dijo que un buen rastreo es como un trabajo de detective.
«Es como si usásemos a (los detectives de ficción) Miss Marple o el Padre Brown en un hotel con una sola línea telefónica y les dijésemos que resolviesen el asesinato», declaró a la AP.
Johnson, mientras tanto, es cada vez más cuestionado.

La revista conservadora The Spectator, de la que Johnson fue editor, dijo que los últimos seis meses estuvieron caracterizados por «desorden, debacles, rebelión, giros de 180 grados y confusión».
«¿Dónde está Boris?», preguntó en la tapa.

Aritz Parra (Madrid), Michael Corder (Amsterdam), Thomas Adamson (París) y Nicole Winfield (Roma) colaboraron en este despacho.

Artículo anteriorPiden calma en protestas por caso Breonna Taylor
Artículo siguientePanamá y Guatemala son los países con más casos COVID-19 de CA