Una excavadora despeja la selva, cerca de Puerto Morelos (México), por donde debe pasar el Tren Maya que recorrerá la Península del Yucatán. Foto La Hora: Eduardo Verdugo/Ap.

 

El ambicioso proyecto del Tren Maya de México está pensado para traer desarrollo a la península de Yucatán, sin embargo, a lo largo de la costa del Caribe amenaza al pueblo indígena maya por el cual fue nombrado y divide a las comunidades a las que debía ayudar.
Uno de los tramos controvertidos corta una franja de más de 110 kilómetros a través de la jungla entre los centros turísticos de Cancún y Tulum, y pasa sobre algunos de los sistemas de cuevas subterráneas más complejos y frágiles del mundo.

Es uno de los proyectos emblemáticos del presidente Andrés Manuel López Obrador, y ha generado objeciones de ambientalistas, arqueólogos y espeleólogos, quienes han realizado protestas para impedir que las retroexcavadoras derriben árboles y dejen limpia la delgada capa de suelo.

Sin embargo, para los habitantes del pueblo Vida y Esperanza, en Quintana Roo y formado por unas 70 casas y 300 personas —la mayoría mayas—, el tren pasará justo frente a sus puertas. Temen que contamine las grutas que les proveen de agua, ponga en peligro a sus hijos y corte su acceso al resto del mundo.

A unos kilómetros de las hectáreas de árboles derribados donde se supone que correrá el tren, el arqueólogo y espeleólogo Octavio del Río señala la cueva Guardianes que se encuentra directamente debajo del trazo. El techo de piedra caliza de la cueva tiene sólo entre 60 y 90 centímetros de espesor en algunas partes, y seguramente colapsará bajo el peso de un tren a alta velocidad.

A unos kilómetros de las hectáreas de árboles derribados donde se supone que correrá el tren, el arqueólogo y espeleólogo. Foto La Hora: Eduardo Verdugo/AP.

«Corremos el riesgo de que todo esto quede enterrado y esta historia se pierda», dice Del Río. López Obrador califica a críticos como Del Río como «pseudoambientalistas» financiados por gobiernos extranjeros.

Como con sus otros proyectos emblemáticos, incluido un nuevo aeropuerto en la capital y una enorme refinería en el Golfo de México, el presidente eximió al tren de los estudios de impacto ambiental, y el mes pasado invocó un asunto de seguridad nacional para seguir adelante con la obra, lo que anuló las restricciones judiciales contra la obra. Muchos críticos dicen que la obsesión de López Obrador con los proyectos amenaza las instituciones democráticas de México. Pero el presidente responde que él solo quiere desarrollar la parte sur del país, históricamente pobre.

«Queremos aprovechar toda la afluencia turística que llega a Cancún para que en el Tren Maya se introduzcan a los estados del sureste y conozcan otras bellezas naturales que hay en Yucatán, Campeche, Chiapas, Tabasco», que son estados vecinos pobres, «y, sobre todo, en las antiguas ciudades mayas», dijo López Obrador a principios de este mes.

Sin embargo, los mismos mayas son personas que se ganan la vida a duras penas en el lecho de piedra caliza del bosque tropical seco. La antigua civilización maya alcanzó su apogeo entre el 300 y el 900 d. C., en la península de Yucatán y en partes adyacentes de Centroamérica, y son conocidos principalmente por construir sitios con templos monumentales como Chichén Itzá.

Los descendientes de los mayas aún viven en la península, muchos hablan ese idioma y visten ropa tradicional, además de conservar los alimentos, los cultivos, la religión y las prácticas de medicina tradicionales, a pesar de la conquista española en la región entre 1527 y 1546.

«Pues yo creo que no tiene nada de maya» el tren, dijo Lidia Caamal Puc, cuya familia llegó de la población de Peto, en el vecino estado de Yucatán, para asentarse aquí hace 22 años. «Muchos dicen que trae grandes beneficios. Pero nosotros como mayas que somos, que cultivamos la tierra, que vivimos de aquí, pues no vemos beneficio».

«Menos perjuicios porque nos están, ¿cómo le diré? Nos están quitando lo que tanto amamos: la tierra, en la que trabajamos y defendemos». Cuando los infantes de marina llegaron el mes pasado para comenzar a talar árboles en preparación para el tren en los límites de su comunidad, los residentes —a quienes no habían pagado por sus tierras expropiadas— les impidieron trabajar.

Jorge Sánchez, responsable del consejo de la comunidad y quien apoya al tren, reconoció que el gobierno «no había pagado a los afectados», a pesar de que el gobierno ha dicho que recibirán una compensación. Pero no se trata sólo del dinero, dijo Sánchez. «Va a haber empleos para nuestra gente».

El presidente Andrés Manuel López Obrador dice que los detractores del proyecto son «pseudoambientalistas», en tanto que algunos lugareños expresan temor de que el tren contamine las cuevas que los abastecen de agua. Foto La Hora: Eduardo Verdugo/Ap.

La línea del Tren Maya, de 1.500 kilómetros, recorrerá la península de Yucatán en un circuito irregular y conectará centros turísticos de playa con sitios arqueológicos. Pero en Vida y Esperanza, el tren atravesará directamente el estrecho camino de terracería de seis kilómetros que conduce a la carretera pavimentada más cercana.

Durante más de dos años, comunidades mayas se han opuesto a la vía del tren y han presentado impugnaciones judiciales argumentando que el tren violó su derecho a un ambiente seguro y limpio, y a ser consultadas. En 2019, la oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos descubrió que las consultas que hizo el gobierno fueron defectuosas.

Y el asunto económico alrededor del tren y los ingresos turísticos que dejaría es complejo, en parte porque no se realizaron estudios de factibilidad creíbles. Se calcula que el proyecto cueste alrededor de 8.000 millones de dólares —aunque parece probable que aumente hasta 11.000 millones de dólares—, mientras que el gobierno calcula que generará 9.500 millones de dólares en ingresos o «beneficios».

Esas estimaciones son bastante cuestionadas porque López Obrador, esencialmente, apuesta que atraerá al turismo de sol y arena —el turismo de playa— a las ruinas y poblaciones indígenas para el llamado «turismo cultural». No es claro cuántos quieren combinar esas dos actividades, especialmente si el tren de alta velocidad pasa rápidamente por las bellezas de la selva baja.

 

El turismo internacional al país ha comenzado a recuperarse de las pérdidas causadas por la pandemia, sobre todo por la fuerte llegada de visitantes estadounidenses. Poco más de 10 millones de turistas llegaron de enero a junio de 2022, un 1.5% más que en la primera mitad de 2019. Pero el gasto turístico general se mantiene por debajo de los niveles previos a la pandemia.

A menos que el ejército, que construye la vía del tren, levante un puente grande sobre las vías, los habitantes de Vida y Esperanza se verán forzados a tomar un camino secundario cuatro veces más largo para llegar a la carretera. Ya no tendría sentido económico vivir allí.
Fonatur, la agencia de turismo del gobierno que supervisa el proyecto del tren, dice que se construirá un paso elevado para Vida y Esperanza, pero promesas similares no se han cumplido en el pasado.

Y el ejército planea llenar las cuevas subterráneas para soportar el peso de los trenes que pasen, lo que podría bloquear o contaminar el sistema de agua subterránea. El tren de alta velocidad no puede tener intersecciones y no estará cercado, por lo que los trenes que correrán a 160 kilómetros por hora pasarán velozmente por una escuela primaria a la que la mayoría de los estudiantes llega caminando.

Igual de malo es que el proyecto del tren ha dividido a Vida y Esperanza. Luis López, de 36 años, quien trabaja en una tienda local y se opone al tren, dijo que «quizá traiga beneficios, alguno bajos. Pero también trae sus contras».

Raúl Padilla, miembro del Jaguar Wildlife Center –una organización que trata de proteger a los jaguares–, ilumina una telaraña en la Garra del Jaguar, una cueva debajo de la ruta por la que debería pasar el Tren Maya bajo construcción cerca de Playa del Carmen, en México. Foto La Hora: Eduardo Verdugo/AP.

«Por ejemplo, la desforestación de los árboles, los cenotes que lo encierran, la contaminación de los cenotes que va a haber», dijo al referirse a los sumideros de los que dependen los pobladores. «Pues si yo vivo en él, consumo agua en el cenote para lavar los trastes, para bañarme» Muchos residentes de Vida y Esperanza, que dependen de generadores diésel, preferirían tener electricidad que un tren turístico que pasará a toda velocidad y nunca se detendrá allí.

Mario Basto, de 78 años, un residente delgado y fuerte que trabaja como jardinero, dijo que él preferiría tener una atención médica decente que el tren. «Parece que el gobierno tiene dinero del que sólo necesita deshacerse, cuando hay cientos de hospitales que no tienen medicamentos», dijo Basto.

No obstante, hay algunas personas en Vida y Esperanza que sí apoyan el proyecto del tren, casi en su totalidad por los trabajos que ha generado durante su construcción. Benjamín Chim, un taxista y camionero que ya es empleado del Tren Maya, también perderá parte de su tierra por el proyecto. Pero dice que no le importa, y señala que «va a traer beneficios en cuestión de trabajo».

«Aunque me está quitando una partecita, es una partecita que no simboliza nada, o sea, para mí no simboliza nada, ya es obvio de que va a pasar, pero no me afecta en realidad, a lo contrario: creemos que va a beneficiar, va a tener trabajo. De hecho, nosotros estamos trabajando ahí», dijo Chim.

 

Quienes apoyan al presidente han afirmado que cualquiera que se oponga al tren no es realmente maya. Eso no aplica para los habitantes de Vida y Esperanza, quienes juran que los espíritus mayas, conocidos como «aluxes», habitan la selva. Los lugareños apaciguan a los espíritus al dejar fuera un pequeño trago de vino para ellos.

Los momotos cejiazules o pájaros toh, las tarántulas, las mariposas morfo azules, las iguanas y algún jaguar ocasional cruzan los caminos y la selva. Y también amenazaría algo más antiguo que incluso los mayas.

Del Río, el arqueólogo, descubrió restos humanos de antepasados de los mayas que podrán datar de hace 13.700 años en otra red de cuevas subterráneas —que le tomó a él y otros buzos un año y medio serpentear a través de un solo sistema de cavernas. «Tratar de descifrar esa historia detrás de cada uno de estos vestigios, eso es una chamba de décadas, toma décadas, décadas», dijo. «Estamos corriendo el riesgo de que quede sepultado todo esto».

Raúl Padilla, del Jaguar Wildlife Center, que protege los jaguares, apunta hacia una estalagmita mientras explica las conexiones entre la selva y las cuevas de la Garra de Jaguar, que se encuentra debajo de la ruta por donde debería pasar el Tren Maya, cerca de Playa del Carmen (México), en foto del 4 de agosto del 2022. El presidente Andrés Manuel López Obrador quiere completar el proyecto en 16 meses, llenando las cuevas de cemento o colocando pilares en las cavernas. Foto La Hora: Eduardo Verdugo/AP.

López Obrador quiere terminar todo el tren en 16 meses mediante el llenado con cemento o hundir columnas de concreto en las cuevas —los únicos lugares que permitieron a los humanos sobrevivir en esta área.

Pero para los habitantes del poblado, gran parte del daño ya está hecho.
«Ya se robaron nuestra tranquilidad en el momento en que desmontaron para la vía del tren», dijo Caamal Puc.

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