Terminada la enorme distracción que produjo la Copa del Mundo los guatemaltecos tenemos que centrarnos en la patria que tenemos y la que debemos tener; desde hace muchos años empezó una conspiración muy bien planificada y ejecutada para poner la corrupción como eje principal de las funciones públicas y no se puede negar que quienes diseñaron ese modelo actuaron con absoluta precisión para proteger sus perversos intereses, facilitando los negocios y garantizando la más absoluta impunidad.
Todo en el país gira alrededor de ese macabro y bien realizado proyecto de destrucción de la institucionalidad del Estado que dejó de ocuparse del bien común para operar, con enorme prioridad, para enriquecer a los políticos, contratistas y el crimen organizado que pactaron para repartirse un inmenso pastel. El efecto no es únicamente la expulsión de millones de chapines que emigraron ante la falta de oportunidades en su país y de lo complicado que se hace para el chapín honrado que invierte y trabaja, sino la perversión de los servicios públicos, empezando por la salud, la educación y la infraestructura nacional.
Se dio un paso con el cambio en el Ministerio Público, pero evidentemente no es suficiente para provocar un cambio significativo que, por fuerza, tendría que pasar por la reconstrucción del sistema de justicia, pues sin castigo para los ladrones (rasos, del crimen y de cuello blanco) no habrá jamás esperanza de que los fondos públicos sean utilizados en beneficio de la población.
Y aquí es donde entra en juego el papel de todos y cada uno de los ciudadanos, porque sin un pueblo unido y comprometido es imposible enderezar el rumbo, por muy buenas que sean las intenciones. Durante años estuvimos indiferentes dejando hacer a los sinvergüenzas que amasaron inmensas fortunas con el dinero de todos nosotros; hace tres años en las urnas hubo un pequeño aire con remolino que al final solo sirvió para que las mafias afilaran más las uñas para seguir robando, pero también para proteger su impunidad, garantizada por un poder judicial totalmente controlado.
No podemos esperar que surja una figura tipo Bukele que se pueda convertir en dictador perpetuo que nos engañe ofreciendo el cambio con el que soñamos. Si el cambio pasa solo por otorgar perpetuidad al caudillo el escenario es más complejo todavía. Estamos a menos de un año de las próximas elecciones y no se vislumbra en el horizonte alguien que pueda, verdaderamente, dirigir esa transformación que el país necesita, lo cual nos debe comprometer aún más a entender que el cambio depende de la sociedad, de un pueblo que debe salir del letargo para exigir las reformas a un sistema viciado hasta sus más profundas entrañas.
Hace falta un esfuerzo serio para convocar a todos los sectores y todos los ciudadanos a fin de emprender una nueva ruta, tarea que deben asumir las distintas organizaciones de la sociedad civil. Sin ese empeño y determinación, Guatemala seguirá en este mismo modelo de perversión.








