Esta semana será decisiva en el futuro del país y también en cuanto a la forma en que van a quedar consignados en la Historia Patria algunos personajes que, literalmente, se juegan el todo por el todo con lo que pueda ocurrir por sus decisiones. Hemos visto, por ejemplo, cómo Consuelo Porras arruinó por completo su nombre y en vez de ser recordada como una honesta y eficiente Fiscal General que cumplió con su deber investigando todos los delitos, especialmente los ligados a corrupción, dejará como sello imborrable la forma en que apañó a las figuras responsables de la destrucción del Estado para enriquecerse escandalosamente.
Hasta casos como el de una tesis plagiada o el papel que pudo jugar en adopciones de menores que han sido cuestionadas podrían haber perdido importancia si ella hubiera entendido el reto que era llegar al Ministerio Público en un país carcomido por la corrupción que no solo hace imposible invertir en la gente, sino que ha generado esa enorme migración de personas que al no encontrar oportunidades tuvieron que buscarlas en otros países.
En recientes programas de radio el magistrado Roberto Molina Barreto ha repetido que es éste su último período como Magistrado de la Corte de Constitucionalidad y veremos cómo quiere pasar a la historia: artífice de la destrucción del Estado de Derecho o abriendo las puertas al restablecimiento de la justicia a partir de un Ministerio Público que enfrente de manera clara y contundente a los ladrones y lavadores de dinero mal habido.
La Corte de Constitucionalidad conocerá amparos interpuestos por quienes están en contra de la decisión de Bernardo Arévalo de nombrar a alguien que estará al servicio del país y no de un Presidente, claro contraste con lo que ha sido la gestión de Consuelo Porras que tanto agrada a muchos de los amparistas. Técnica y legalmente no hay motivo o razón para cuestionar la decisión del mandatario que, conforme a lo que establece la Constitución, tiene la plena facultad para nombrar al Fiscal General dentro de los que fueron propuestos por la Postuladora, misma que para nada podría calificarse como manipulada por el gobierno.
Si algo es implacable y marca eternamente es ese juicio de la historia respecto al papel que alguien juega en posiciones de trascendencia y, más aún, cuando se trata de asuntos vitales para decidir el futuro de un país, tal y como ocurrirá con lo que se resuelva frente a los amparos para impugnar la lista de postulados o la decisión de Arévalo.
Obviamente hay personas a las que no les importa su nombre ni el sello que les ponga la historia, tal como fue el caso de Porras y sin duda hay otros como ella que, ya embarrados, confirmarán hasta el final cuál fue el sentido de su vida.








