«El narcisista contemporáneo mantiene alguna semejanza superficial, por su cualidad ensimismada y sus fantasías de grandeza, con el self imperial que tan a menudo festeja la literatura norteamericana del siglo XIX».
—Christopher Lasch, La cultura del narcisismo
Como casi todo lo que sale mal en el plano humano se suele endosar a la mala educación, me pondré a tono afirmando que la causa de que no sepamos trabajar en equipo se debe también a la ausencia de una habilidad fundamental no cultivada en la escuela durante los años de educación formal. ¿Qué otra razón puede tener semejante precariedad humana?
La formación escolar, muy ocupada en trigonometría e historia, ha traicionado el famoso «currículum oculto» al impedir, en espacios creados para ello, el aprendizaje del diálogo, la participación, el respeto y la tolerancia para trabajar en objetivos comunes. Quizá los mismos profesores, influidos por la narrativa individualista —esa que sostiene que los logros son personales, nunca atribuibles a los demás, sino al esfuerzo aplicado y sostenido—, tampoco estaban convencidos de un valor ajeno también a ellos mismos.
Todo lo cual ha derivado en la configuración de sujetos atómicos, cojos y lisiados para la tarea común. Así, urdir tramas comunes se convierte en un tránsito minado del que es imposible salir indemne. La experiencia es un desgaste insufrible donde cada palabra, mirada o gesto puede provocar guerras nucleares de imprevisibles consecuencias.
En estas condiciones no hay horizonte compartido, debido a un solipsismo que impide la empatía, ese mismo que encierra al individuo y lo vuelve militante de narrativas únicas, defendidas como absolutas. Igual obstáculo lo constituye esa hipersensibilidad siempre expuesta a mínimas transgresiones, convertidas en profundos agravios, muchas veces imperdonables.
Un carácter así, desprovisto de habilidades mínimas para la comunicación y el consenso, condiciona no solo lo profesional, sino también lo emocional y el plano de las relaciones íntimas de pareja. Las mónadas, fundadas en un supuesto amor, son incapaces de construir una vida dirigida a proyectos extensos. La complejidad de los días poco a poco las arrastra a trincheras donde el otro se convierte en extraño y, finalmente, en estorbo para lo que hoy se suele llamar «la realización personal».
Todo, por culpa de la escuela, los profesores y los planes de estudio elaborados por administradores escolares o curriculistas distraídos de estos temas fundamentales de la formación humana. Esa falta la pagamos todos, pero sobre todo los actores —cada uno de nosotros— que no acertamos a encontrar eso que Aristóteles llamaba «la vida feliz».







