Autor: Diego Méndez
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Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Dedicado a la memoria de Manuel Galch
Introducción: Es innegable la presencia imperialista que la política de los Estados Unidos de América ha tenido sobre los territorios latinoamericanos.
En Guatemala, los “americanos” han tenido la oportunidad de consolidar gobiernos que favorecieran y fueran compatibles con los intereses comerciales del sector privado de ambos países, todo en nombre del progreso y la libertad. Aun así, al estudiar la historia parece que el producto final favoreció la riqueza de muy pocos y los métodos para obtenerla carecen de los valores mencionados.
En los capítulos de historia de Guatemala, la división ha sido el método más efectivo para conquistar la fábrica social del pueblo y el ejemplo más exitoso de las interferencias políticas fue la llegada de la United Fruit Company y la subsecuente violencia que fue desatada durante la guerra de los bananos.
Este conflicto dividió a nuestro país en ideales, ideales que la sociedad moderna no permite dejar en el pasado e incluso, hoy en día es cuando más se puede sentir la división en la fábrica cultural de Guatemala.
Hoy presento una historia que busca abrir la discusión a la verdadera destrucción que sufrió Guatemala por estas divisiones, donde los únicos que han sido beneficiados son la arrogancia, la ignorancia y la codicia.
CAPÍTULO 1: UN FUTURO BRILLANTE POR DELANTE
El calor del Caribe no deja de perdonar aún por las noches, en una cantina sucia y olvidada los bananeros se habían congregado junto a los militares para compartir el licor más barato y celebrar un día de ventas exitosas.
Un joven soldado gringo tiene entre sus brazos a la empleada del lugar, pegados por el sudor se besan con la pasión que solo el amor joven puede practicar.
“Bendecidos sean los gringos, nos traen dólares y se llevan bananos”, cantó uno de los borrachos mientras sus compañeros compartían el brindis.
La fiesta es interrumpida cuando otro americano entra a la cantina, el hombre parece vestido para una mejor ocasión y detrás de él, unos bananeros se arrastraban mientras discutían.
“Señor se lo suplico, ya no tenemos ni para comer” le rogó uno de los trabajadores que acababa de entrar, pero Mr. Bomb tomó su asiento en una mesa solitaria, prendió un cigarro e ignoró los llantos de sus acompañantes. “No hay nada que pueda hacer, además rechazar su producto de vez en cuando nos permite controlar los precios del mercado de la fruta en Estados Unidos”. Mr. Bomb tomó una larga bocanada de su cigarro. “Además de vez en cuando está bien inculcarles disciplina a ustedes cuando deciden venderle a mejor precio a la competencia”.
El bananero trataba de limpiar sus lágrimas y decidió abandonar la poca dignidad que conocía al ponerse de rodillas “Yo solo le vendo a la compañía míster Bomb”.
Mr. Bomb levanta la mano y ordena una cerveza fría, aun ignorando la humillación del hombre frente a él. La cantina se había vuelto helada con su presencia.
Al notar el silencio que lo rodeaba, Mr. Bomb se puso de pie: “Señores, el día de mañana a primera hora debo de realizar un viaje a la capital, necesito encontrar transporte urgentemente”.
El silencio se mantuvo.
Mr. Bomb tomó de un trago su cerveza antes de que el vaso comenzara a sudar. “Pago en dólares” recalcó el extranjero.
John Whip, el joven soldado, lanzó a su amante por un lado y valientemente se puso de pie para dirigirse a la mesa de Mr. Bomb y ofrecerle su ayuda, Mr. Bomb por su lado se alegró al encontrar la ayuda de un compatriota.
“A. Tom Bomb a su servicio y gracias capitán” Mr. Bomb estrecha la mano del soldado con una sonrisa y John le corrige que él no es un capitán, solo un soldado tratando de hacer su trabajo. Bomb ignora el comentario de su socio mientras paga su cuenta soltando un fajo de dinero que ni siquiera se preocupa por contar. “Usted no se preocupe por eso, le daré mi referencia, no dudo que lo promuevan”.
Mr. Bomb pellizca las mejillas de John y le dedica una sonrisa.
“Lo felicito soldado, usted tiene un gran futuro por delante”.
Los bananeros abandonan la tensión y vuelven a respirar cuando ambos hombres salen de la cantina. “Ese gringo si es malo”, dice uno de ellos sin pensar.
Mr. Bomb detiene su paso y decide regresar, al volver a entrar saca su arma y le dispara al bananero que le pedía clemencia, acto seguido decidió retirarse definitivamente del lugar, ignorando su propia crueldad.
CAPÍTULO 2: THE DEAL
John Whip está sudando como un cerdo mientras trabaja en el sitio de construcción, el olor a concreto y carne quemada se han vuelto su hogar, sus soldados están revisando el perímetro de la finca asegurándose que no hayan quedado sobrevivientes, un equipo se dedica a cavar las fosas donde se están quemando los cadáveres restantes y John busca alejarse del desastre y el calor.
Acompañado de Mr. Bomb, John toma asiento en una mesita de plástico. “¿Espera recibir algún tipo de rebelión de parte de los indígenas por las tierras capitán?” le pregunta Mr. Bomb a John. “No, lo que hacemos es que les damos trabajo y así se quedan tranquilos”. Mr. Bomb asienta la cabeza aprobando la iniciativa del soldado.
“Necesito que mande a llamar a su hombre de más confianza para que realice un viaje a la capital conmigo”. John por primera vez cuestiona la orden de Mr. Bomb, preguntando cuál es el propósito de necesitar otro soldado.
Mr. Bomb tarda en dar una explicación.
“El hombre que escoja será el nuevo presidente de la república de Guatemala”.
Al entender el mandado, John manda a llamar al obediente cabo Bracamonte. Bracamonte saluda a sus superiores con respeto, John sin tener la dignidad de levantarse de su asiento le pregunta a su soldado si le gustaría ser el presidente de Guatemala. Bracamonte se queda un momento en silencio, sorprendido por la pregunta y abrumado por lo que puede ser su respuesta.
Trata de decir unas palabras, pero sus emociones lo traicionan y finalmente rompe en llanto, dejando escapar un par de lagrimas de sus ojos le responde a su capitán: “Sería un honor señor”.
CAPÍTULO 3: JUSTICIA
Un nuevo amanecer llega a la plantación, un viejito está trabajando el cultivo de banano y el calor lo castiga como a un esclavo. Mientras podaba las matas, se asusta al escuchar los gritos de su gente acompañados por los disparos consecutivos de un rifle por la distancia, con prisa decide regresar al centro de la plantación para saber que está sucediendo.
Mr. Whip, un gringo que pese al calor, vestía como un capo de la mafia; se seca el sudor de la frente con un pañuelo de seda y toma un sorbo de su trago mientras le indica a una de sus sirvientas que necesita más hielo.
Benjamín, un niño canche está siendo testigo de cómo Mr. Whip fusila a otro de los trabajadores, los cuerpos han comenzado a juntar moscas por el calor y Benjamín solo piensa cómo sus vidas no tienen nada de valor.
Al llegar la noche, mientras los empleados tratan de descansar antes de que comience el turno nocturno, Benjamín se despierta al escuchar a uno de sus compañeros retorcerse del dolor, el canche se levanta de su catre confundido y se acerca a la persona que estaba tratando de atender al enfermo.
“Y a este que le pasó”, preguntó el niño, su compañero le responde que le ha dado el cólera morbus y que pronto morirá por la fiebre. Benjamín frustrado pregunta si hay algo que se pueda hacer, pero el compañero solo se ríe con sarcasmo. “Ahorita solo queda esperar”.
Benjamín ha llegado a su límite, un límite que ningún niño debería de conocer, desesperado comienza a despertar a todos de sus colchones y catres.
“YA FUE SUFICIENTE”, grita el niño con rabia, “YA HEMOS TENIDO SUFICIENTE”, los trabajadores se comienzan a despertar molestos, pero escuchan al canche.
“No comemos, no descansamos” en ese momento un grito interrumpe su discurso, “Yo no descanso por tu culpa patojo cerote”. Benjamín ignora las críticas. “Nos hacen trabajar hasta que caigamos muertos y eso es si no nos matan antes”, indignado les pregunta a todos “¿Y para qué? Ni siquiera tienen la dignidad de pagarnos bien”.
Otro empleado se levanta con protestas y gritos entre lágrimas: “Encima de todo nos quitan la tierra, luego nosotros la trabajamos y ellos se quedan con todo, así no se puede mano”.
El muchacho ha logrado transformar a la multitud en una muchedumbre y Benjamín le dirigió una orden a los obreros: “Hoy le hablamos al míster, la finca no trabaja, los trenes no se mueven hasta que nos den un trato justo y les recordemos que nosotros también somos seres humanos”.
CAPÍTULO 4: CANCHE
A Mr. Whip se le concede el honor de atender una llamada del señor presidente, John se encierra en su oficina y les indica a todos sus sirvientes que no desea ser interrumpido.
“Buenas noches mi general, que gusto volver a escucharlo, cuénteme cómo le puedo ayudar”. A los pocos minutos de la llamada, un soldado apresurado entra a la oficina de Mr. Whip. “Buenas noches míster, disculpe la molestia, pero fíjese que hay unos trabajadores que quieren hablar con usted”. Mr. Whip solo le dedica una mirada que indica que no quiere ser interrumpido y en este momento la presencia del soldado no es exactamente de su agrado.
El soldado nervioso trata de explicarle a Mr. Whip que ninguno de los trabajadores se había presentado para la jornada nocturna y habían recibido instrucciones de que no regresarían a trabajar hasta que John escuchara a los jóvenes que lo buscaban.
Mr. Whip cuelga la llamada y sonriendo le indica al soldado que los deje pasar. Benjamín y sus compañeros son escoltados a las oficinas de Mr. Whip, John amablemente les ofrece algo de beber a sus invitados, pero el canche decide ignorar el sarcasmo de su anfitrión y va directo al grano.
“Nadie trabaja hasta que deje de matar a nuestra gente”. Mr. Whip termina de servirse su bebida, tomando a la ligera la situación. “Eso me sonó a una orden canchito”. Benjamín es firme con su respuesta. “Es una orden, míster”.
“Vinimos por todo, que se pague lo justo, que establezcan turnos para recibir menos horas de trabajo y que usted nos deje de matar como si fuéramos moscas”.
Mr. Whip solo se ríe en la cara de sus invitados, pero Benjamín está dispuesto a dejar su mensaje tan claro como el agua. “A los gringos como usted les gusta vivir bien, a nosotros también y ese derecho no se funda en ser míster”. Benjamín expone sus manos callosas y el vello de su antebrazo. “Y si a eso nos vamos, yo también tengo el pelo canche como vos. Pero no es por eso por lo que hablo, si no sencillamente porque soy un hombre y tengo los huevos de hablar por los negros, los mestizos y los indígenas”.
Mr. Whip suelta una rabieta en su escritorio, molesto les explica a los rebeldes: “Una llamada tengo que hacer nada más y hasta en una cárcel militar podés parar por hablarme así”. Whip alarga su brazo para alcanzar su teléfono, pero Benjamín se le adelanta y sujeta el aparato antes que él. “No se ofusque Mr. Whip, no olvide que sabemos tronchar de un golpe matas de banano más altas que usted”.
“Obviamente sabemos que la compañía dispone de cárceles, pero siéndole honesto, comparado a la vida que ya llevamos aquí dígame ¿Cuál es la diferencia?”.
Mr. Whip suelta el aparato molesto: “No son nuestras las cárceles, son para todos los que amenazan el orden social, como ustedes, comunistas”. Benjamín se ríe jocosamente a la cara de Mr. Whip. “Pero míster Whip, si apenas tenemos tiempo para descansar, aquí ni se conoce un libro ni diario ni nada, ni nadie que nos enseñe de eso que dice usted”.
Benjamín se levanta de su asiento: “Créame es más sencillo de lo que parece, se llama hambre y desesperación”.
“De verdad pensé míster que, de todas las personas, si alguien iba a tener oídos para escuchar, iba a ser usted. Pero ahora que veo que no es así, ni se preocupe, los trenes se van a quedar parados y nosotros ya terminamos aquí, vámonos mucha”.
Los jóvenes se levantan para retirarse y Mr. Whip desenfunda bruscamente un arma guardada en su escritorio, volándole los sesos a los amigos de Benjamín, el canche está paralizado al ver los cuerpos sin vida de su propia gente. Cuando recupera algo de lucidez, el arma está frente a él, Mr. Whip ha perdido la paciencia. “A los comunistas me encanta darles un trato especial”.
Mr. Whip vuelve a alcanzar su teléfono, esta vez sin ser interrumpido. “Podes venir rápido por favor, necesito que vengan a limpiar mi oficina y a traer a un rebelde para que lo lleves a fusilar”.
Mr. Whip cuelga la llamada y suelta un respiro de alivio al ver entrar a los soldados, mientras se llevan al niño la oficina se queda en silencio y por la mente de John Whip cruza el pensamiento de lo difícil que va a ser limpiar las manchas de sangre sobre el piso de madera, cuestionando si fue una buena idea disparar de manera tan precipitada.
Antes de que pueda regresar a sus labores, Mr. Whip vuelve a ser interrumpido, esta vez por la histeria de una mujer de corte que llega a atacarlo. Entre lágrimas y gritos la mujer rompe los muebles del lugar y le revienta un vaso de vidrio directo en la cara a Mr. Whip.
Mr. Whip está en el suelo gritando de dolor mientras trata de retirar los pedazos de vidrio de su rostro, la mujer no para de llorar y comienza a reclamarle “YON, YON QUÉ LE HICISTE A TU PATOJO”.
La sangre caliente corre por las mejillas de Mr. Whip, confundido y herido no comprende los reclamos de su atacante. “Que decís loca”, “Maldita, me hiciste mierda la cara”.
Hortensia toma el arma de Mr. Whip y con su voz quebrada le dice a John que Benjamín es su propia sangre, su hijo. “Tenes que detenerlos Yon, Llama al tren”.
Mr. Whip trata de levantarse, pero el dolor se ha vuelto insoportable. “A ese patojo es indispensable eliminarlo”. Hortensia suelta un último grito de dolor al llorar a su hijo, finalmente apunta el arma a Mr. Whip y le vacía por completo el cartucho en su rostro. Los soldados entran corriendo al escuchar el caos, solo para encontrar el cadáver de su capitán en un piso de madera que será difícil de limpiar, sin pensarlo dos veces deciden cobrar venganza en contra de una madre que trató de salvar a su único hijo.
CAPÍTULO 5: FRUTA PODRIDA
La luz de la luna se escurría por las entradas oxidadas de un vagón de tren abandonado, Benjamín estaba atado por las muñecas y los tobillos, las moscas que rodeaban el banano podrido lo habían comenzado a molestar. Un par de militares ebrios entran para hacerle compañía, uno de ellos se acerca tambaleándose y le escupe en la cara “Maldito comunista”.
Benjamín cierra los ojos y solo pide que lo que sea que esté por pasar, suceda rápido.
Dos disparos.
Cuando Benjamín abre los ojos, hay dos cadáveres haciéndole compañía a los bananos podridos, frente a él, hay un gringo que parece estar vestido para una mejor ocasión. Tras liberarlo de sus ataduras y ayudarlo a levantarse Mr. Bomb le estrecha la mano a Benjamín “A. Tom Bomb, a tu servicio”.
Benjamín está sin palabras, Mr. Bomb por su lado le pellizca las mejillas a Benjamín y le pregunta si está listo para cambiar el mundo.
CAPÍTULO 6: REVOLUCIÓN
El atardecer había pintado el cielo de color rojo carmesí, en las calles de la ciudad capital tras años de una guerra que no parecía tener fin, las multitudes se habían convertido en una muchedumbre y se había decidido que el camino a la paz sería mutilar la ciudad.
En medio del caos, un batallón de soldados perfectamente organizados y equipados con lo mejor que el dinero puede comprar se abren paso en medio del caos con el propósito de llegar a las puertas del palacio presidencial. El equipo es liderado por un joven que ya no sabe aparentar su edad tras ser testigo de los horrores que trae la guerra.
Al llegar a su destino, el equipo derrumba las puertas históricas del lugar y comienza a abrirse paso a través de todo el palacio, sin dejar una esquina por revisar, buscan desesperadamente por sobrevivientes, Benjamín les exige a sus soldados encontrar al señor presidente.
El equipo finalmente logra su cometido y encuentran al honorable general Bracamonte, todavía en su camisón para dormir, asomado a una ventana admirando el caos desatarse en su ciudad.
Está comiendo un banano.
El general se sorprende al ver lo grande que está Benjamín, Bracamonte trata de decir unas últimas palabras, pero la comida en su boca no lo permite. Benjamín se acerca y decidido le dispara a Bracamonte en la garganta, el señor presidente suelta la cáscara de la fruta y su cuerpo se tropieza con ella mientras la vida lo abandona.
Solo un disparo fue necesario.
Las manchas de sangre serán difíciles de limpiar de los suelos de madera de la sala presidencial.
Benjamín suelta un respiro de alivio y le indica a sus hombres que pueden retirarse. Ahora es él quien se encuentra admirando el caos por la ventana.







