Escribo desde Quetzaltenango, desde su centro histórico testigo de luchas, de logros y de fracasos de un pueblo que ha marcado el destino de su región, de Guatemala, del Sur de México, de Centroamérica. Estoy en la parte alta del Pasaje Enríquez y desde aquí puedo ver la estatua a Justo Rufino Barrios, el líder de la Revolución Liberal de 1871 y aún se ve el edificio que albergara a la Universidad de Occidente, a la verdadera y genuina Universidad de Occidente creada en 1876 por acuerdo gubernativo del gobierno liberal, pero que lamentablemente fue cerrada poco tiempo después. La Universidad de Occidente, parte del proyecto liberador del Estado de los Altos forma la cultura educativa y universitaria quetzalteca de finales del Siglo XIX que entonces convivió con la Universidad de San Carlos a la que dedico esta columna.
En sus casi 350 años de historia, la Universidad de San Carlos de Guatemala ha encarnado distintas versiones, cada una moldeada por las condiciones políticas, sociales y culturales de su tiempo. Surgió como una institución colonial, teológica y elitista al servicio de la Corona y la Iglesia llamada: La Real y Pontificia Universidad de San Carlos en honor al Rey Carlos II quien la funda por Real Cédula del 31 de enero de 1676.
En 1821 perdió su título de «Real» y solamente quedó como Pontificia Universidad de San Carlos hasta su cierre en 1829. Luego se convirtió en la Universidad Nacional y Pontificia de San Carlos de Borromeo (1840-1871) con fuerte carácter eclesiástico hasta que fue cerrada nuevamente por los liberales en 1871. En 1875 Justo Rufino Barrios crea la Universidad Nacional de Guatemala que sería el puente entre la Usac actual y aquellas universidades de San Carlos eclesiásticas. Se transformó con los embates del liberalismo en el siglo XIX y alcanzó su expresión más emblemática tras la Revolución de octubre de 1944, convirtiéndose en un espacio autónomo, contestatario y comprometido con las mayorías durante las décadas más duras de la guerra civil.
Esa “versión 1945”, como la he descrito en diferentes artículos aquí en La Hora, parece llegar hoy a su fin, agotada por la captura política interna, la degradación de sus órganos de gobierno, la prostitución política de los mismos, la baja eficiencia terminal y una caída sostenida en calidad e impacto. De todo esto he dado evidencia empírica de instituciones independientes y de alta reputación.
La politización extrema ha convertido a la única universidad pública del país en un botín, donde el control prima sobre la misión académica fundamental. Se ha convertido en el feudo de corruptos que la usan, tal prostituta, para dar servicio de poder. Así que al usurpador actual todos le deben favores. Le deben favores los magistrados de la Corte de Constitucionalidad y una gran lista, hasta el inútil presidente Arévalo le debe deber algo porque si no, no fuera tan mudo, tan sordo, tan ciego, tan bruto.
Este drama local se inscribe en una crisis global que la revista Nature documentó con claridad en su informe especial de enero de 2026. Las universidades de todo el mundo enfrentan presiones sin precedentes: la irrupción de la inteligencia artificial y la masificación de la educación superior cuestionan el propósito mismo de la formación, su método de entrega y su sostenibilidad financiera.
En unos cursos de vacaciones (también llamados de verano en otros países), preguntaba yo a los profesores de cursos de matemática que cuántos alumnos habían ganado el curso y me dijeron contentos 8. El otro, de un curso un tanto más avanzado de matemática de vacaciones le ganaron 12. Lo triste es que al preguntar cuántos alumnos tenían ambos habían tenido casi 100, cien en cada sección.
La administración de la escuela de vacaciones tenía recursos para tener tres secciones y tener 33 alumnos en cada sección. Pero no. Prefirieron privilegiar la ganancia financiera y atiborrar ambas secciones condenando a los alumnos al fracaso. Lo peor es que al preguntarle al administrador de la escuela de vacaciones cómo le fue dijo: Excelente. Excelente luego de la masacre académica que produjo.
En las universidades actuales, todas, los académicos soportan cargas de trabajo crecientes y una competencia feroz por fondos cada vez más escasos, mientras regulaciones migratorias más estrictas en los Estados Unidos limitan la movilidad internacional y la libertad académica sufre embates políticos. A pesar de ello, las universidades siguen siendo focos de innovación y fuentes valiosas de conocimiento para la sociedad.
En varios artículos aquí en La Hora he alertado con urgencia sobre esta disrupción tecnológica. La IA, la robótica y la impresión 3D no solo amenazan tareas rutinarias, sino el núcleo mismo de muchas profesiones universitarias tradicionales. No veo a nivel global que las universidades tengan la flexibilidad para adaptarse, especialmente las universidades públicas, con instituciones muy burocráticas. Mientras las autoridades se pierden en disputas de poder, el mundo avanza en una revolución más profunda que la Industrial.
Esta visión crítica se enriquece con la perspectiva más optimista y estructurada de Ricardo Rivero Ortega en su libro El Futuro de la Universidad (2021). Como rector de la Universidad de Salamanca, Rivero recuerda la resiliencia histórica de estas instituciones, que han superado guerras, pandemias y crisis gracias a su capacidad de adaptación. Enfatiza su propósito dual: la creación y transmisión del saber junto al sentido crítico. Propone medir el éxito más allá de rankings sesgados, priorizando el impacto social, la contribución a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la innovación educativa y la interdisciplinariedad. Defiende una autonomía responsable, con contrapesos claros y una gobernanza equilibrada entre lo público y lo privado.
Un ejemplo inspirador de cómo materializar estas ideas es el modelo de la Universidad Estatal de Arizona (ASU), impulsado por su rector, presidente, Michael Crow desde 2002 y del cual he hablado y escrito una y otra vez. Su “New American University” rechaza la exclusividad elitista y se mide por inclusión y éxito estudiantil. Con más de 180 mil alumnos, ASU combina acceso masivo con investigación de alto nivel, centros interdisciplinarios y un fuerte compromiso con el desarrollo comunitario. Ha liderado rankings de innovación durante más de una década y destaca globalmente en impacto sobre los ODS. Este enfoque demuestra que equidad y excelencia no son incompatibles cuando la institución se diseña de manera adaptativa, centrada en el estudiante y orientada al bien público.
El informe de Nature refuerza esta necesidad de evolución. Universidades ágiles apuestan por la IA para personalizar el aprendizaje, repensar exámenes y formar doctorados preparados para un mundo donde las máquinas manejan tareas rutinarias. Se exploran modelos sin clases magistrales tradicionales, con mayor énfasis en partnerships industriales y credenciales modulares. Lejos de anunciar el fin de las universidades, el reporte las posiciona como actores esenciales, siempre que se adapten continuamente a las demandas sociales.
Para Guatemala, estas referencias internacionales ofrecen un camino concreto. Transformar la Usac y construir un sistema de educación superior pública requiere despolitizar la institución, fortalecer programas técnicos cortos, incorporar tecnologías como la IA y enfocar los currículos en problemas nacionales reales. Debemos tener becas inclusivas, entregadas de acuerdo con necesidades y prioridades. Urgen campus universitarios regionales robustos y una gobernanza transparente permitirían armonizar acceso masivo con rigor académico.
Las universidades del siglo XXI no están condenadas a desaparecer necesariamente, pero sí deben reinventarse. Como sostienen Rivero Ortega y el informe de Nature, son creaciones humanas adaptables. Su futuro en Guatemala depende de liderazgo audaz y honesto, compromiso colectivo y una visión clara: inclusiva, innovadora, crítica y al servicio del desarrollo humano. El ocaso de una versión histórica no marca el final, sino la oportunidad de un renacimiento más robusto y pertinente. Es momento de construirlo. Debemos hacerlo. Hagámoslo ahora, porque, si no es ahora, no será nunca.







