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Muchos de los lectores han reprochado mi pensamiento sobre la población guatemalteca y la política, aduciendo que presento una sociedad negativa y señalando falta de fundamento en mis reflexiones. Es una observación comprensible desde la superficie, pero profundamente errónea si se analiza la raíz de ese pensamiento. Cuando se hacen radiografías de las patologías de una sociedad, se corre el riesgo de ser malinterpretado por quienes confunden el diagnóstico de un daño con el desprecio hacia el padeciente.

Creo que el origen del malentendido es la confusión que se tiene como sociedad permanentemente agredida, lo que lleva a confundir el daño con la esencia. Muchas veces, viviendo en tales circunstancias, se perciben negatividades al no existir, dentro de la oferta de lectura, un analgésico de optimismo complaciente ni un discurso político tradicional que idealice la miseria. Lo que he tratado de hacer es clínica social y en ello aclaro lo siguiente:

No tengo interés en criticar al pueblo, sino en describir su secuestro. Cuando analizo el impacto del estrés crónico, la desnutrición, la manipulación algorítmica del político y su rompimiento con el pueblo, o la exclusión del ciudadano del sistema de justicia, de salud y educación, no estoy diciendo que el pueblo sea inferior o incapaz; lo que he estado demostrando es cómo las estructuras de poder han provocado un secuestro biológico, cognitivo y social que limita el desarrollo del potencial pleno, tanto del individuo como de la sociedad.

El otro elemento que he tratado de demostrar a lo largo de mis opiniones es la diferencia entre culpa y vulnerabilidad. Decir que una población está agotada, polarizada o atrapada en la inmediatez de la supervivencia no es restarle valor; es señalar, en una forma de gobernar y estructurar el funcionamiento institucional, el crimen sistémico que se comete contra ella. Para sanar a una sociedad, primero hay que aceptar la gravedad de su enfermedad. El diagnóstico no es desprecio: es el primer paso de la cura.

Cuando un médico diagnostica una enfermedad y señala sus causas, no lo hace porque desprecie al paciente, sino porque desea su curación. Idealizar la realidad del pueblo y aplaudir su resiliencia ante el sufrimiento crónico es una forma de complicidad. Mi labor no es el halago fácil, sino la radiografía honesta: señalar cómo el sistema ha desgastado el tejido social y la salud mental colectiva.

Además, y viendo la situación, entiendo que el verdadero valor del pueblo está en su potencial secuestrado. No le doy poco valor al pueblo; al contrario, le doy un valor tan alto que me niego a aceptar que su destino sea la eterna supervivencia. Las gestas y logros históricos demuestran de lo que somos capaces, pero no podemos vivir del pasado mientras el presente nos despoja de las condiciones biológicas, nutricionales y educativas necesarias para construir soberanía e inteligencia ciudadana y colectiva.

De tal manera que considero que debemos pasar del optimismo ingenuo a la esperanza real. El optimismo ciego es un sedante que perpetúa el statu quo. Yo apuesto por una esperanza crítica: aquella que reconoce el daño estructural (el hambre, el estrés, el fraude, la injusticia, la manipulación) para poder revertirlo. Mi crítica no nace del desdén, sino de la indignación de saber que este pueblo merece y puede ser el dueño consciente de su historia, y no el receptor pasivo de las decisiones y desfalcos de otros.

Jamás me he sentido motivado a juzgar al individuo o al grupo social; me siento motivado a juzgar al sistema que lo oprime y lo enferma. Al final, se trata de la vieja advertencia de Platón: quien solo busca la complacencia prefiere los halagos del cocinero (la demagogia); quien busca la emancipación y la cura, agradece la verdad del médico (el diagnóstico).

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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