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En estos días, mientras reflexiono sobre el amor que guía y el compromiso que sostiene a las familias a través de las generaciones, regresa con fuerza un recuerdo de inicios de los noventa. Sería alrededor de 1993. Yo venía de visita –desde Panamá, donde residía entonces– y, al llegar a Quetzaltenango, anuncié con ilusión: “Voy a ir a nadar al Atitlán”. Solo disponía de unos pocos días. Mis hermanos dudaron, pero papá y mamá respondieron sin titubeos: “No, te llevamos”.

Salimos los tres. Papá, mamá y yo. Nos hospedamos en San Pedro La Laguna, en un hotel cuyo dueño era el alcalde. No conservo detalles precisos del trayecto –si llegamos en carro hasta el pueblo o si tomamos lancha–, pero sí la calidez de compartir la misma habitación aquella noche.

El pueblo de San Pedro La Laguna está a las faldas del Volcán San Pedro, el más antiguo de los tres volcanes del Atitlán: El Atitlán, el Tolimán y el San Pedro, este último de más de 40 mil años. Seguro que su nacimiento fue al formarse la Caldera III, hace 86 mil 400 años ya que toda actividad geológica de la zona cambió con lo que se llama la erupción de Los Chocoyos. El colapso de la cámara magmática produjo un agujero colosal, la fosa que de a poco se llenó de agua de lluvia para formar el lago Atitlán. El San Pedro es un volcán cuasi perfecto, como el amor verdadero, de forma de cono, con algunas protuberancias del lado occidental, con una altitud de unos 3 mil metros. Está a la orilla del bello lago de Atitlán que lo baña. A la par se encuentran los otros dos bellos volcanes: El Atitlán y el Tolimán, testigos silenciosos de decenas de miles de años de vida en estas tierras. 

Como siempre que encuentro un cuerpo de agua, un río, una piscina, un lago, inmediatamente me meto a nadar. Mientras yo me sumerjo en las aguas del lago Atitlán, en la laguna de San Pedro, la pequeña bahía al frente del pueblo y a la orilla del muelle, ellos, mamá y papá, Lydia y Horacio, descansaban. Poco después, papá salió con mamá al mercado. Como era su costumbre, ya llevaba todo planificado en silencio. Seguro a las 5 a. m. hizo su lista de cosas por hacer e incluyó la visita al mercado de San Pedro. Regresó con un hermoso traje ceremonial indígena –un traje de “TAT”–. TAT significa papá, abuelo, TATA, en cakchiquel, el idioma que se habla en San Pedro La Laguna. De esos trajes que hablan de identidad y respeto profundo. Mi mamá, entre sorpresa y cariño, le dijo: “Ay, qué te compraste”. Él sonrió. 

El traje era precioso. Lo conservó durante muchos años, hasta que alguien lo robó. En su momento costó alrededor de dos mil quetzales; hoy valdría muchísimo más. Pero su verdadero valor residía en lo que simbolizaba: la disposición de papá a vivir las otras culturas, a sentirlas, a reconocer en ellas sabiduría y humanidad. La gente a veces lo veía como “un poco loco”; yo, en cambio, lo admiraba profundamente. Si no hubiera sido mi padre, igual habría admirado a ese hombre que sabía lo que quería, lo planificaba con disciplina y luchaba por lograrlo sin perderse en justificaciones ni en lo que no se puede cambiar.

Ahora, desde la montaña de San Marcos La Laguna, desde donde puede observar de frente al volcán San Pedro, recuerdo aquel hombre que cada mañana, antes de las 6 a. m. ya nos levantaba con su grito de guerra: “Arriba Tecún valiente, no temáis al enemigo, recordad que estoy contigo, que soy Witizil Sunumí”.

Papá era un trabajador compulsivo, pero sabía descansar. Cada día dormía temprano, a las 8 de la noche, día a día, noche a noche. Cada uno decía lo que haría (debía indicar sus avances en la noche a la hora de la cena familiar). Los domingos de nuestra infancia eran especiales. Siempre desayunábamos juntos durante la semana. Recuerdo con especial nostalgia aquellos días de campo de domingo. Lo hacíamos esporádicamente a la orilla del río Chiquilajá –o Xequijel, con X–. El agua era limpia, había pequeños pescados. Era un río de agua fría porque venía de la sierra para luego adherirse al río Samalá en la entrada a Quetzaltenango por el occidente en lo que se llama Las Rosas. 

Esos domingos de día de campo recuerdo que en familia jugábamos fútbol, tres contra tres, ya que somos cuatro hermanos, dos hombres, dos mujeres. Rápidamente todos querían quedar en el quipo donde quedaba papá para asegurar el triunfo. Él nos ganaba siempre con esa mezcla de habilidad y alegría serena. Bueno, había jugado en el Xelajú. No hablaba mucho, pero sus actos educaban. Comíamos juntos junto al agua fría y limpia, en una armonía sencilla que hoy evoco con gratitud.

Papá siempre me pareció una persona especial. La temprana muerte de su madre, Carmen Cantoral, cuando él tenía apenas tres o cuatro años, lo forjó en resiliencia. Esto lo analizaré en mi próxima entrada de esta serie. 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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