Cada cuatro años ocurre algo extraordinario. Guatemala, un país que nunca ha clasificado a una Copa del Mundo y que ni siquiera cuenta con un estadio que cumpla plenamente con los requisitos para albergar un partido mundialista, se transforma en una nación apasionadamente futbolera. Las calles se llenan de banderas de Argentina, Brasil, Alemania, España o México; las oficinas organizan quinielas; las familias cambian horarios para ver los partidos, y durante un mes pareciera que todos somos expertos en fútbol.
¿Por qué sucede? ¿Por qué un país que nunca ha estado en un Mundial vive el torneo con tanta intensidad? La respuesta va mucho más allá del deporte.
EL PROBLEMA: Muchos podrían pensar que es una contradicción. ¿Cómo puede ser tan aficionado al Mundial un pueblo cuya selección nacional jamás ha logrado clasificar? Sin embargo, quizá precisamente por eso el Mundial despierta tanta emoción.
El guatemalteco es un pueblo soñador. Nos gusta identificarnos con historias de éxito, con equipos que representan valores, disciplina, esfuerzo o simplemente un estilo de juego que admiramos. Durante ese mes adoptamos una selección como propia y la seguimos con la misma pasión con la que seguiríamos a Guatemala si algún día lograra estar allí.
Es una forma de vivir, aunque sea prestada, la ilusión de pertenecer a la máxima fiesta del fútbol.
Pero también es un espacio donde desaparecen, por unos días, muchas de las diferencias que normalmente nos dividen. En un país marcado por la polarización política, la desigualdad y los problemas cotidianos, el Mundial crea conversaciones entre personas que normalmente nunca hablarían entre sí. El fútbol logra sentar en la misma mesa al empresario y al trabajador, al joven y al adulto mayor, al capitalino y al vecino del interior del país.
Durante noventa minutos todos hablamos el mismo idioma.
QUÉ PASÓ: Las respuestas suelen repetirse: falta inversión, infraestructura, procesos de formación, dirigentes capaces y planificación de largo plazo. Todas son ciertas.
Durante décadas hemos querido obtener resultados distintos haciendo prácticamente lo mismo. Cambiamos entrenadores, cambiamos directivos, cambiamos jugadores, pero rara vez cambiamos el modelo.
Mientras otros países construyen proyectos deportivos de diez o quince años, nosotros seguimos pensando de torneo en torneo o de elección en elección dentro de las federaciones deportivas.
Tampoco podemos ignorar la realidad de nuestra infraestructura. Resulta difícil aspirar a competir al más alto nivel cuando ni siquiera contamos con escenarios deportivos suficientes para desarrollar el talento desde la niñez. El deporte nunca ha sido una verdadera política de Estado; ha dependido más del entusiasmo de dirigentes, entrenadores y familias que de una visión nacional.
Y, sin embargo, el talento existe. Lo vemos en miles de niños jugando en cualquier cancha improvisada, en calles de tierra, parques o campos municipales. Lo que muchas veces falta es convertir ese talento en oportunidad.
No se vale que cada cuatro años llenemos el país con camisetas extranjeras mientras aceptamos como normal que Guatemala permanezca ausente de la competencia más importante del planeta.
No se trata de sentir vergüenza por apoyar a otra selección. Eso ocurre en muchos países. Se trata de preguntarnos por qué hemos terminado conformándonos con ser únicamente espectadores.
El fútbol también refleja la calidad de nuestras instituciones. Cuando hay planificación, transparencia, continuidad y objetivos claros, los resultados llegan. Cuando predominan los intereses particulares, la improvisación y los conflictos internos, el deporte termina reproduciendo los mismos problemas que vemos en otros ámbitos de la vida nacional.
Quizá por eso el Mundial también nos invita a reflexionar sobre el país que somos y el país que queremos construir.
Porque no basta con exigir mejores futbolistas si no somos capaces de construir mejores instituciones.
YA ES HORA. Ha llegado el momento de entender que el deporte no es un lujo, sino una herramienta de desarrollo social.
Cada cancha construida representa un espacio menos para la violencia. Cada niño que encuentra disciplina en un equipo tiene mayores oportunidades de construir un mejor futuro. Cada entrenador bien preparado multiplica el talento de decenas de jóvenes.
El fútbol no resolverá los problemas estructurales de Guatemala, pero sí puede convertirse en un poderoso instrumento para formar ciudadanía, fortalecer comunidades y generar orgullo nacional.
Ojalá algún día dejemos de escoger una selección adoptiva cada cuatro años porque tendremos la nuestra disputando un Mundial. Ojalá podamos escuchar el Himno Nacional antes de un partido mundialista y ver la bandera azul y blanco entre las mejores del planeta.
Ese día llegará únicamente si dejamos de pensar en el próximo partido y comenzamos a trabajar para el próximo proceso; si dejamos de improvisar y empezamos a planificar; si entendemos que el éxito deportivo también requiere instituciones fuertes, dirigentes responsables y una visión compartida.
QUE NOS DUELA seguir disfrutando del Mundial con la misma pasión de siempre. Celebraremos goles ajenos, discutiremos sobre tácticas, sufriremos eliminaciones y nos emocionaremos con finales inolvidables. Que ese dolor nos mueva a actuar, a involucrarnos y a asumir nuestra responsabilidad en la construcción del país que queremos. Caminemos, participemos… o no avanzamos.







