0:00
0:00

Tuve la oportunidad de estar en Bogotá la semana que siguió a las elecciones presidenciales del recién pasado domingo 21 de junio.  Y como mi círculo de amistades y conocidos son personas de orientación progresista o francamente de izquierda, también compartí con ellos la “tusa” (cruda moral, depre) que ha vivido la mitad del país que votó por Iván Cepeda, el candidato del Pacto Histórico. En efecto, las del 21 de junio, fueron las elecciones más cerradas en la historia de Colombia. Abelardo de la Espriella ganó la presidencia del país al conseguir 12.9 millones de votos (49.66%) frente a los 12.7 (48.69%) de Iván Cepeda. La diferencia fue solamente de 250,000 votos, lo que significa menos del 1%.  La ultraderecha y una parte importante de la derecha hicieron de la segunda vuelta electoral una batalla sustancial para recuperar el poder que durante 200 años han tenido, salvo los últimos cuatro años del gobierno de Gustavo Petro.

La victoria del neofascista de la Espriella resulta dolorosa y un contratiempo no solamente para la izquierda posneoliberal, sino también para el electorado de centro y centro derecha que fue adverso al Pacto Histórico, pero que finalmente se inclinó por Cepeda. Ese segmento del electorado se atemorizó por la homofobia y misoginia del abanderado de la coalición Defensores de la Patria. También por su extremismo cuando dijo en varias ocasiones que iba a “destripar a la izquierda” aunque después matizó diciendo que iba a destripar “el relato de los zurdos”. En un país como Colombia que ha sido azotado por la violencia extrema desde 1948, este tipo de expresiones tienen una significación que dista de ser una metáfora. Cientos de miles de colombianas y colombianos ha muerto o han desaparecido por el conflicto que se desató después del asesinato en aquel año del líder populista Jorge Eliecer Gaitán. Este conflicto persiste, en la medida en que el narcotráfico, el paramilitarismo y la guerrilla continúan actuando.

Pero la derrota de Iván Cepeda es también una que sabe a victoria. Logró remontar la feroz campaña en redes de la extrema derecha, la guerra psicológica que lo pintaba como “guerrillero”. También al intervencionismo de Washington, el cual fue abiertamente expresado por Donald J. Trump cuando dijo: “Lo respaldé cuando estaba en el décimo lugar, lo respaldé y ganó las elecciones”. La fanfarronería del Calígula del norte no hace sino expresar la injerencia de la Casa Blanca en las elecciones en América Latina. Cepeda ganó sin hacer concesiones como aliarse con sectores que podrían comprometer sus principios, sin hacer caso a los consejos de deslindarse del gobierno de Petro, sin recibir dinero que podía tener orígenes discutibles y sin hacer una campaña de marketing o espectáculo político como la que hizo su oponente. Cepeda también incrementó su votación en 3 millones de votos (31%) entre la primera y segunda vuelta. 

De acuerdo con informaciones difundidas por el Frente Comunicacional Antifascista el 67% de los jóvenes lo votaron, mientras que en ciudades como Cartagena y Cali tal porcentaje llegó a 80%.  A las diferencias etarias (solamente el 33% de los jóvenes votaron por la derecha) se agregan las geográficas: el occidente y la Costa Caribe votaron por Cepeda, pues obtuvo sus mejores resultados en Chocó, Cauca, Nariño, Valle del Cauca, Atlántico, Sucre y en Bogotá. Un triunfo arrollador lo logró en Chocó, en donde el 80% de los votantes se inclinó por él. Mientras el altiplano central votó por de la Espriella: Antioquía (64% de sus votantes), Santander, Norte de Santander, Caldas, Risaralda, Quindío, Meta y Casanare.  Al igual que en Venezuela y Perú, Colombia es un país partido a la mitad en torno al proyecto de país que busca. La diferencia es que la mitad conservadora cuenta con el poder imperial, el poder mediático y el poder imperial.

En los próximos cuatro años observaremos en Colombia la continuación de la batalla que concluyó el domingo 21 de junio. En un mitin de agradecimiento celebrado en Chocó, Iván Cepeda delineó lo que será el sendero en esos cuatro años. Se autodefinió como el líder de la oposición, lo cual se sustenta en los resultados electorales que obtuvo. Cepeda queda posicionado para contender por la presidencia en una segunda ocasión. También dijo que se dedicará en los años venideros a recorrer el país para difundir el proyecto progresista colombiano, que se harán valer los 12.7 millones para defender las conquistas sociales logradas durante el gobierno de Petro, además se consolidarán los comités electorales y el trabajo organizativo que se logró en la campaña de 2026. Más que una victoria reaccionaria aplastante, lo que se observa en Colombia es un territorio en disputa. Me recuerda mucho a lo que vivimos en México con López Obrador en 2006 y 2012.

Pero América Latina vive tiempos difíciles. El retorno oligárquico reaccionario al poder ejecutivo de Colombia es acompañado por la presencia del neofascismo ultraneoliberal de Milei en Argentina el cual no muestra la declinación que se esperaría por el castigo social que le ha impuesto al pueblo. Al triunfo de Daniel Noboa en Ecuador en abril de 2025, se une el triunfo de José Antonio Kast en Chile y aun la ajustada victoria de Keiko Fujimori en Perú.  La agresión militar y secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores en Venezuela, han convertido a ese país en un protectorado de facto. Cuba está siendo asfixiada para lograr su implosión. Se está cumpliendo cabalmente la agenda imperialista expresada de manera prístina en el Corolario Trump de la Doctrina Monroe, la cual considera prioridad fundamental al “hemisferio occidental” y a América Latina. Contienda decisiva se observará en Brasil en octubre próximo cuando se celebren las elecciones presidenciales. El eventual triunfo de Flavio Bolsonaro dejaría a México aislado, en medio de un territorio controlado por el neofascisno en el norte y en el sur de América. Tiempos difíciles, tiempos de resistencia.

 

Carlos Figueroa

carlosfigueroaibarra@gmail.com

Doctor en Sociología. Investigador Nacional Nivel II del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México. Profesor Investigador de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Profesor Emérito de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales sede Guatemala. Doctor Honoris Causa por la Universidad de San Carlos. Autor de varios libros y artículos especializados en materia de sociología política, sociología de la violencia y procesos políticos latinoamericanos.

post author
Artículo anterior1 de julio de 2026: El secuestro consumado y el fracaso de la universidad que dejó de pensar
Artículo siguientePresupuesto 2027