0:00
0:00

Bajo con poca frecuencia de Quetzaltenango (2,600 metros sobre el nivel del mal, msnm) a la ciudad de Guatemala (1,500 msnm). El descenso de más de un kilómetro ofrece un paisaje espectacular, pero cada vez más interrumpido por basureros clandestinos. En los primeros 50 kilómetros tras Salcajá (Saqkaja, “agua amarga clara”), la proliferación de desechos a la orilla de la carretera es alarmante. Lo que hace poco parecía controlado, hoy está fuera de control. Las municipalidades no cumplen con la recolección y los habitantes tiran sus desechos sin ninguna regulación.

Guatemala genera más de 3 millones de toneladas de desechos sólidos al año. Más del 90% no recibe manejo adecuado: termina en botaderos a cielo abierto, ríos, barrancos o en la orilla de la carretera. En la capital, el vertedero de la zona 3 recibe alrededor de 3,200 toneladas diarias y acumula millones de toneladas desde 1966. Sus lixiviados contaminan los mantos acuíferos en zonas residenciales y comerciales. El río Las Vacas y el Motagua figuran entre los más contaminados de la región, arrastrando miles de toneladas de basura hacia el Mar Caribe.

En el occidente hemos convertido nuestros ríos en cloacas que transportan no solo basura, sino heces, orina y todo tipo de desechos. Esta contaminación afecta tanto el agua superficial como la subterránea. Los lixiviados de los basureros son extremadamente difíciles —y caros— de remediar una vez que llegan a los acuíferos.

Según la experiencia de la doctora Lilliana Abarca-Guerrero, investigadora del Tecnológico de Costa Rica, colaboradora con el Instituto de Investigaciones de ingeniería del CUNOC en Quetzaltenango y especialista en gestión de residuos sólidos en ciudades de países en desarrollo (con estudios en más de 30 áreas urbanas de 22 países en tres continentes), el problema principal no es solo la falta de dinero o tecnología, sino la ausencia de una visión integrada del sistema. La doctora Abarca destaca que la basura aumenta cada año, representa una carga enorme para los presupuestos municipales y que las autoridades suelen ignorar los factores que afectan cada etapa: desde la generación en los hogares hasta la disposición final.

Su investigación, basada en el modelo de Gestión Integrada de Residuos Sólidos (GIRS), enfatiza tres dimensiones clave:

  1. Actores sociales –gobiernos locales y nacionales, recicladores informales, comunidades, sector privado y ciudadanos.
  2. Etapas del flujo —generación y separación en la fuente, recolección, transporte, tratamiento, reciclaje y disposición final.
  3. Aspectos transversales —técnicos, económicos, socioculturales, institucionales y ambientales que deben alinearse para que el sistema funcione.

En Guatemala, la mayoría de las municipalidades apenas recolecta una parte de la basura generada. Los vertederos a cielo abierto y la quema generan graves riesgos para la salud: enfermedades diarreicas (principal causa de morbilidad infantil), infecciones respiratorias por quema de basura, y contaminantes emergentes (incluyendo residuos de medicamentos) que afectan el agua potable.

Aunque la ministra de Ambiente inició con energía exigiendo sistemas de tratamiento, el problema se ha normalizado. Los alcaldes agrupados en la ANAM se han opuesto frecuentemente a plantas de tratamiento y rellenos sanitarios controlados. Esto es comprensible por limitaciones presupuestarias e institucionales, pero insostenible a largo plazo.

La doctora Abarca recomienda acciones prácticas y probadas en contextos similares al nuestro:

  • Realizar diagnósticos participativos honestos en cada municipio: ¿cuánta basura se genera?, ¿de qué está compuesta?, ¿por qué no se recolecta?
  • Priorizar la separación en la fuente y la valorización (reciclaje y compostaje) para reducir la cantidad que llega a vertederos.
  • Involucrar a todos los actores, especialmente al sector informal de recicladores que ya recupera materiales valiosos.
  • Diseñar esquemas de financiamiento sostenibles (tarifas justas por servicio, alianzas público-privadas) y fortalecer la gobernanza con planes municipales claros, indicadores y rendición de cuentas.

Ya no podemos vivir en ciudades, pueblos o comunidades sin sistemas ordenados de separación, plantas de tratamiento, rellenos sanitarios controlados y una cultura de reúso y valorización del agua y los materiales. El mayor peligro de no actuar es la salud física —y potencialmente mental— de los guatemaltecos.

Este no es un problema que se resuelve exclusivamente con leyes. Es un desafío que debemos enfrentar los ciudadanos, tomando conciencia y exigiendo soluciones integrales. Guatemala cuenta con conocimiento técnico de alto nivel, como el aportado por expertas como la doctora Lilliana Abarca. El tiempo de normalizar esta degradación ha terminado. Es urgente avanzar hacia una gestión moderna, sostenible y participativa de nuestros desechos. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca. 

 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

post author
Artículo anteriorAgente canina «Sora» detecta Q210 mil ocultos en auto tras captura de dos mujeres
Artículo siguienteDiputados hacen turismo político y el pueblo paga sus viáticos