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Guatemala, cuyo nombre proviene del náhuatl Quauhtlemallan —lugar de muchos árboles—, es una historia larga de cooptación, robo sistemático, desigualdad fabricada y pobreza impuesta para las mayorías, mientras unos pocos —poquitos, poquísimos— acumulan riqueza y poder. Los dueños de esta gran finca no la construyeron con sudor propio. Se la robaron. Ni Pedro de Alvarado la repartió por méritos militares. La oligarquía nacional moderna nace de la pseudorrevolución liberal de 1871, cuando Justo Rufino Barrios —que poco tuvo de justo— repartió las mejores tierras a sus aliados, convirtiéndolos en una casta de terratenientes que quiso vivir del trabajo casi servil de otros.

Desde la independencia formal de 1821 —que más bien fue un traspaso de poder entre élites criollas— hasta hoy, el patrón se repite: promesas de libertad que terminan en nuevas formas de captura. No nos liberamos realmente en 1821. El proyecto liberal del Estado de Los Altos fracasó. La Revolución de Octubre de 1944, con toda su luz, también fue derrotada en lo estructural. Cada intento serio de cambiar el Estado —o al menos el estado de las cosas— ha sido apagado por los dueños de la finca, capaces de sofocar los fuegos de la libertad y regresar al autoritarismo que nos define.

A pesar de los Acuerdos de Paz, de los movimientos ciudadanos de 2015 con la CICIG y de la victoria de Bernardo Arévalo, persisten la pobreza extrema, la desnutrición infantil crónica, la falta de libertades reales, la captura del sistema de justicia y —lo que duele especialmente a quien ha caminado sus aulas— la cooptación de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac). Los profesores, en su mayoría, guardan silencio. Esa es la anatomía de nuestra derrota continua.

Como dice Gustavo Galindo, la historia contemporánea de Guatemala no es la de una democratización fallida, sino la de una metamorfosis exitosa del autoritarismo. Lo que antes se resolvía con eliminación física, hoy se logra con un marco normativo sofisticado que canibaliza el interés público en favor de élites corporativas, criminales y políticas.

El Estado Cooptado no es un accidente: es el diseño. La debilidad institucional, los procesos antidemocráticos y el autoritarismo que los Acuerdos de Paz diagnosticaron no fueron corregidos; fueron perfeccionados como vigas maestras de un botín permanente para mantener una estructura de control. 

La Usac, otrora bastión de pensamiento crítico y autonomía, es hoy un ejemplo concentrado de la crisis del Estado. Su cooptación no es un hecho aislado: es la expresión más visible de cómo se captura la democracia desde adentro. Decanos y grupos de poder manipulan procesos electorales, silencian la disidencia y convierten la autonomía (Art. 82) y la exención fiscal (Art. 88) en opacidad y privilegio sin rendición de cuentas. Los profesores callan por miedo, conveniencia o cansancio. Pero sin universidad libre, no hay democracia posible. Ese es el modelo que debemos desmantelar. 

El marco legal guatemalteco está diseñado para la impunidad. No requiere “ajustes”: necesita ser desmantelado. La combinación de leyes permisivas, representación corporativa capturada y redes de influencia ha creado un ciclo vicioso: los mismos que autorizan universidades y colegios eligen a los jueces que los protegen.

Para rescatar el eje de modernización democrática que soñaron en 1944 y en los Acuerdos de Paz, urge una reforma punzante: Eliminar la representación corporativa obligatoria en comisiones de postulación y entes estatales. La “representación técnica” se volvió el principal vehículo de tráfico de influencias. Debemos someter la autonomía y las exenciones a rendición de cuentas absoluta. Ninguna entidad que maneje fondos públicos o poder político puede operar en el secretismo ni escudarse en la autonomía como ahora lo hace el destazador de universidades Walter Mazariegos. 

Como he escrito en estas páginas, la democracia no se hereda: se construye día a día, con ciudadanía organizada, sin miedo y con memoria histórica. No basta con elegir un presidente democrático; hay que defender las instituciones contra su captura permanente. Con miedo no hay democracia. Debemos hacerlo ahora, porque si no es ahora, no será nunca. 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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