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El pasado viernes 15 de mayo de 2026, Quetzaltenango cumplió 502 años de su fundación colonial. Tomo lápiz y cuaderno, resto 2026 menos 1524 y confirmo que la aritmética sigue siendo implacable, ajena a las modas relativistas que niegan toda verdad y abrazan cualquier mentira. El número es claro: medio milenio y dos años. Esa es la edad de Xelajú: 502 años. 

Ese 15 de mayo de 1524, en la víspera de Pentecostés, Pedro de Alvarado plantó el pendón de la Real Corona en un valle habitado desde hacía milenios. No fundó una “ciudad” en el sentido que hoy le damos al término –con calles trazadas, cabildo y mercado consolidado–, sino un pequeño poblado militar y religioso que llamó Quetzaltenango del Espíritu Santo. La casa de Alvarado se construyó en la esquina de la actual 12 avenida y primera calle de la zona 3, donde ahora se encuentra la escuela primaria Manuel Enecón López y desde donde se creó el primer barrio y aprendí a amar a esta tierra: San Nicolás. Sobre ese asentamiento se construiría, con el tiempo, la Quetzaltenango, Xelajú con sus calles bañadas de luna, con sus trazos rebeldes a la simetría que hoy conocemos.

El nombre Quetzaltenango (a veces escrito Quesaltenango en los primeros documentos) fue puesto por los aliados tlaxcaltecas y mexicas que acompañaban a Alvarado. Para ellos, hablantes de náhuatl, significaba “lugar de quetzales” o “muralla del quetzal”. Los k’iche’ ya lo llamaban Xelajú (o Xelajuj No’j), “debajo de los diez cerros”. Antes todavía, en época mam, el sitio era conocido como Culajá o Tqul Já, “garganta de agua”, nombre que describe perfectamente la geografía: una cuenca que recoge las escorrentías del volcán Santa María (Ixcanul o Xumulq’aq’, el eterno guardián) y de las montañas circundantes, formando el acuífero que hoy alimenta la zona baja de La Ciénega.

La región no era un vacío histórico. Pertenecía al complejo cultural maya y había sido escenario de rivalidades entre señoríos mames, k’iche’ (quichés) y kaqchikeles. Esas divisiones internas, tan frecuentes en el mundo prehispánico, facilitaron el avance de los invasores europeos y sus aliados mesoamericanos. Sobre esa realidad milenaria se superpuso la conquista, trayendo no solo españoles sino una fuerte influencia náhuatl que aún hoy se percibe en apellidos, vocablos y costumbres.

Pasaron dos siglos en los que el poblado creció lentamente. Según el historiador Jorge González Alzate en su libro La experiencia colonial y transición a la independencia en el occidente de Guatemala, hacia 1700 Quetzaltenango contaba con aproximadamente mil familias indígenas y apenas medio centenar de no indígenas. Era todavía un «pueblo de indios», como peyorativamente se le llamaba entonces, reducido, pero con potencial.

A partir de entonces ocurrió la gran transformación. Entre 1700 y los primeros años del siglo XIX el asentamiento se convirtió en un centro multiétnico dinámico con casi 12 mil habitantes, mitad indígenas y mitad ladinos, reconocido en las postrimerías de la Colonia como “el pueblo más famoso, rico y comerciante de todo el Reino”. La producción textil, el comercio de granos, la artesanía y la posición estratégica en el altiplano occidental explican ese despegue. El terremoto de 1773, que debilitó a la antigua capital Santiago, también favoreció el ascenso de Quetzaltenango como polo alternativo.

Esa no fue una simple suma de números. Fue el resultado de la capacidad de las élites k’iche’ para adaptarse, de los ladinos emergentes para negociar y de todos los habitantes –indios, mestizos, españoles y castas– para construir un espacio común, aunque no exento de tensiones. «Indios» era la forma en que se referían entonces, y aun ahora, a los quichés, un término peyorativo que nace de la confusión de Cristobal Colón al creer que había llegado a las Indias, el propósito de su viaje, pero no, llegó a Abya Yala, que significa «tierra madura, viva o en florecimiento», término usado por el pueblo Guna, hoy Colombia y Panamá.

Por eso, cuando el nuevo gobierno federal concedió finalmente el título de Ciudad a Quetzaltenango en 1825, no hacía sino reconocer una realidad ya consolidada: un núcleo urbano con peso económico, social y político propio.

En la siguiente entrega analizaré con mayor detalle cómo se gestó esa capacidad económica, militar, social y política entre finales del siglo XVIII e inicios del XIX. Porque entender Quetzaltenango no es solo recordar una fecha en el calendario, sino comprender un proceso de larga duración donde lo maya, lo náhuatl, lo español y lo ladino se entretejieron para crear esta identidad que es, antes, hoy y siempre la Ciudad de la Estrella, la Xelajú eterna que nos vio nacer, nos ve vivir y posiblemente nos vea morir. 

 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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