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Todos aprendimos el ciclo del agua en la escuela. Eran figuras hermosas: nubes que dejaban caer lluvia sobre montañas verdes, ríos que corrían limpios hacia el mar y el agua que volvía a evaporarse para formar nuevas nubes. En esos dibujos no había seres humanos. Nadie contaminaba, nadie desperdiciaba. Era el ciclo del paraíso, un ciclo idealizado que olvidaba las aguas subterráneas, los acuíferos y, sobre todo, nuestra responsabilidad para con el agua.

Pero, el ciclo del agua real no es así. El agua que llega a nuestras casas pasa por un ciclo social: la usamos, la contaminamos, la devolvemos al territorio muchas veces sucia. En Guatemala, donde más de 30 mil comités de agua –principalmente en comunidades indígenas– trabajan día a día para captar, cuidar y distribuir este recurso, entendemos que el ser humano no es un simple usuario pasivo. Somos parte activa del ciclo.

La cuenca hidrográfica es la unidad natural de este proceso. Las sierras captan la lluvia, los bosques la infiltran, los ríos la conducen y los lagos la almacenan. En el Lago de Atitlán, ese espejo azul que construye identidades mayas y mestizas desde hace miles de años, vemos con claridad el impacto social. Sus aguas reciben nutrientes excesivos de fertilizantes agrícolas, detergentes y aguas residuales de las comunidades a su alrededor. Estudios muestran que solo una fracción mínima de las aguas residuales urbanas recibe tratamiento adecuado. El resultado: riesgo de floraciones de cianobacterias que amenazan la salud y el turismo, principal motor económico de la cuenca. No es crisis de cantidad, sino de calidad. Ensuciamos el agua con facilidad; limpiarla es costoso y lento.

¿De dónde viene el agua que bebemos? ¿Cómo se formó el Atitlán hace millones de años en un cráter volcánico? ¿Por qué seguimos vertiendo aguas negras a ríos y lagos como si el ciclo fuera infinito? Estas preguntas no las responde el dibujo escolar. Esto lo responde la geología, la hidrología, la sociología, la vulcanología, la astrogeología y la antropología del agua, las que aún deben llegar a las escuelas y cambiar nuestras vidas.

En la escuela hemos enseñado el ciclo del agua como un sistema físico-químico ajeno a nosotros: precipitación, escorrentía, infiltración, evaporación y transpiración. Con ellos estudiamos sus fases: Líquida, sólida o gaseosa, pero no las experimentamos realmente. Es útil, pero incompleto y engañoso si no incluimos al ser humano. Cada vez que nos duchamos, lavamos ropa, regamos cultivos o producimos alimentos, modificamos el ciclo. Nuestras heces, orina y desechos industriales regresan al territorio. La transpiración de nuestros cuerpos y la excreción también forman parte del ciclo social.

Por eso propongo que en las aulas integremos el ciclo social del agua. Que los niños y jóvenes mapeen su cuenca local: caminen hasta el manantial que alimenta su comunidad, midan la calidad del agua antes y después de un poblado, planten árboles en zonas de recarga y visiten una planta de tratamiento (o la ausencia de ella). Que entiendan que el agua conecta emociones: el partido de fútbol bajo la lluvia, el primer baño en el mar con el papá, el ritual de purificación en las comunidades mayas. El agua es conector social, constructor de identidades y, cuando se degrada, también puede ser portadora de enfermedad y muerte.

Estos temas los toco en mi libro La naturaleza social del ciclo del agua, Editorial Piedra Santa, disponible en la bella librería Sophos en ciudad de Guatemala. Mientras me preparo para conversar sobre este librito hoy con los colegas de la Mesa Occidental del Agua, MOA, hoy por la mañana y por la tarde con los de Acción por el Agua, APA, ambos grupos comunitarios y de organizaciones para el cuidado del agua en el Occidente de Guatemala, reflexiono sobre lo mucho que hay por aprender sobre el agua y lo que los comités de agua y principalmente las municipalidades tenemos que hacer para reconocer que el agua es un bien público, no solo un recurso económico, un constructor de identidades al que le urge sistemas de tratamiento. Esa es la crisis: La crisis social del agua es su ausencia de tratamiento en Guatemala. Esto lo debemos exigir. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca. 

 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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