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  Cuando el pasado domingo de Pascua Trump amenazó con atacar con armas nucleares a Irán hasta devolverlo “a la edad de Piedra” acabando con su civilización no fue consciente de que al así hacerlo no solo estaba amenazando con un ataque a la milenaria civilización persa sino también a la propia civilización occidental, porque al amenazar con un genocidio similar al que durante dos años ha cometido Netanyahu en Gaza esto supondría un verdadero asalto a la civilización. En efecto, imagine usted estimado lector que en una discusión alguien que se ha quedado sin argumentos racionales saca un arma para imponer su punto de vista. De inmediato el amenazado interlocutor podría decirle que se calme, que guarde la pistola y que se comporte “de manera civilizada”. Esto se debe a que incluso a nivel popular la gente entiende que el concepto de civilización alude no solo a la educación y cultura de una persona sino también al hecho que los seres humanos hemos sido formados en el marco de una historia, una lengua y una cultura determinada, de manera que en toda sociedad “civilizada” las discrepancias o conflictos interpersonales, de no ser posible resolverlos de manera pacífica a través de la negociación y el diálogo, deben llevarse ante un juez para que sea el sistema de justicia el que, en última instancia, dirima las diferencias. 

Por consiguiente, si partimos de la base que las civilizaciones son entidades socio-culturales mucho más antiguas que los estados nacionales y que su extensión geográfica cubre espacios que suelen coincidir con las grandes religiones y filosofías de los pueblos, siendo ese el motivo por el cual es posible referirse al budismo, al islam, al confucianismo, al cristianismo o a la cosmovisión maya como cuna de grandes civilizaciones, entonces debemos aceptar que tanto Europa como Estados Unidos perteneciendo ambos a la “civilización occidental” y dado que esta se encuentra en el origen del derecho internacional pues fue en 1648 que gracias al primer tratado de la historia –el tratado de paz de Westfalia– se puso fin a las guerras de religión. En consecuencia, puede afirmarse que todo ataque al derecho internacional es también un ataque a la civilización occidental pues si tomamos en consideración el hecho que tanto la primera como la segunda guerra mundiales se encuentran en la base de la creación de organismos internacionales como la Sociedad de Naciones (1919) y la organización de Naciones Unidas (ONU, 1945) al igual que la Corte Internacional de Justicia y por consiguiente, también estas instituciones internacionales son hijas de la civilización occidental pues todas ellas buscan que los Estados abandonen el flagelo de la violencia y de la guerra como medio para resolver conflictos regulando sus relaciones por medio del derecho internacional, si tomamos en consideración todo esto, atacar a Irán y a su gran civilización es también un ataque, un verdadero asalto a la civilización occidental en la medida que se viola y se pone en cuestión el derecho internacional. 

Cabe preguntarse entonces como un país que ha tenido presidentes como George Washington, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln, Woodrow Wilson, Franklin D. Roosevelt o John F. Kennedy haya electo a un presidente que amenaza con terminar con una gran civilización y devolver a Irán “a la edad de piedra, que es a la que pertenecen” o bien, lo escrito el 5 de abril pasado en su página internet “abran el jodido estrecho locos bastardos o vivirán un infierno” (“open the Fuckin Strait you crazy bastards or you’ll be living in hell”) y lo peor es que todo esto hay sido dicho sin que la clase política de los países occidentales o por lo menos los medios de comunicación, supuestamente de gran seriedad y objetividad como el New York Times, el Washington Post, Le Monde, El País, The Guardian o televisivos como BBC, CNN etc. no hayan puesto el grito en el cielo –como debieron hacerlo– en contra de lo que en realidad es amenazar con un ataque nuclear y el genocidio que le sigue. Ningún jefe de Estado puede hacer amenazas prohibidas por la Carta de Naciones Unidas y es todavía más condenable que, en el caso de la guerra contra Irán, lo haga el presidente del país agresor. 

Las amenazas Trump son aberrantes y parecen el producto de una mente desquiciada –ya se comenzó a hablar en Estados Unidos de la aplicación de la enmienda 25 que permite destituir a un presidente cuando sus facultades mentales están en entredicho –pues aunque sea comprensible que Trump se haya enfurecido por el fracaso de una operación militar que presentaron como de “búsqueda y rescate” cuando en realidad era una operación especial (utilizando la fuerza “Delta” la misma que emplearon para secuestrar a Maduro en Venezuela) a fin de “secuestrar” el uranio enriquecido de la central nuclear de Natanz que terminó mal, pues perdieron dos aviones hércules C130, dos helicópteros UH-60 Black Hawk y deben haber tenido un alto número (no revelado, por supuesto) de bajas aunque el piloto del avión F-15, en el que viajaba un militar de alto rango como copiloto si fue rescatado, todo esto según el experto en asuntos militares Scott Ritter. 

La cierto es que Trump se comportó de nuevo como TACO (“Trump Always Chicken Out”), es decir, amenaza y luego se retracta por miedo o cobardía, a eso obedece que en lugar del infierno terminó ofreciendo una tregua de dos semanas gracias a la intervención mediadora de Pakistán. A pesar de ello Israel no está respetando el alto al fuego –atacó población civil en el sur del Líbano– y no se ve realmente como Estados Unidos podría aceptar en el plan de diez puntos sobre el que Trump finalmente aceptó negociar cuestiones como el control de Teherán sobre el estrecho de Ormuz –sobre el cual los iranís no van a ceder– pues Ormuz es realmente el pivote estratégico que le ha permitido a Teherán colocar a los norteamericanos en una posición insostenible, ya que el 20% de los hidrocarburos mundiales transitan por este paso marítimo. Fácil es comprender entonces porqué la estrategia iraní contempla provocar una crisis económica mundial como base fundamental de la respuesta a la agresión sufrida, mientras mantiene abierto el estrecho a buques tanque de países amigos a los que, no obstante, les cobra un derecho de peaje de dos millones de dólares, pagaderos únicamente en yuanes chinos o en cripto monedas. Esa es la forma como Irán se está resarciendo de toda la destrucción provocada por el ataque de Trump y Netanyahu.

Por otra parte, habiendo destruido con misiles y drones las bases militares estadounidenses en los miniestados del golfo (los Emiratos, Bahrain, Dubái, Qatar etc.) así como los pozos petroleros hay que tener presente que la escasez de combustible no solo ya disparó los precios sino que no habrá forma de recuperar en el corto plazo el abastecimiento suficiente. Lo anterior significa que no solo el estrecho sino el Golfo Pérsico quedaría en su totalidad bajo control de los iranís. Expulsar a Estados Unidos del Golfo Pérsico vendría a consagrar el triunfo de Teherán en esta confrontación con Washington, y aunque no cabe duda que es uno de sus objetivos estratégicos y considerando que tanto Trump como Netanyahu carecían de estrategia porque partieron de la consideración errónea que bastaba con liquidar al Ayatollah Jamenei y a altos jefes militares y del aparato de seguridad el primer día de la agresión (el mismo día que atacaron una escuela de niñas matando a más de un centenar de ellas) para que el régimen se derrumbara, cosa que no solo no ocurrió sino que ha permitido a Irán constituirse en una pieza clave, a nivel geoestratégico, de los grandes corredores euroasiáticos de la nueva ruta de la seda china que van a permitir no solo la consolidación de la multipolaridad mundial, que es lo más importante, sino también la caída del Imperio. Aunque, claro está, ese es el escenario más positivo en el que podemos pensar por ahora. Hay también escenarios negativos, pero hagamos votos porque el diálogo de civilizaciones sea lo que reemplace los absurdos y negativos sueños de hegemonía mundial con los que sueña el emperador Trump y sus secuaces, y que Irán salga de esta contienda fortalecido y victorioso. 

Luis Alberto Padilla

Doctorado en ciencias sociales en la Universidad de Paris (Sorbona). Profesor en la Facultad de Derecho y en la Escuela de Ciencia Política de la Universidad de San Carlos. Es diplomático de carrera y ha sido embajador en Naciones Unidas (Ginebra y Viena), La Haya, Moscú y Santiago de Chile

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