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Como expliqué en la Parte 1 de esta serie (publicada ayer en La Hora), mi propósito es entender las ingenierías modernas —base de nuestro desarrollo— sin perder la esencia que mi tío Augusto nos enseñó: hacer las cosas bien, con las manos y con el corazón. Tal vez el futuro no esté en que la máquina gane del todo, sino en que el artesano guatemalteco se convierta en tecnólogo sin dejar nunca de ser artesano. Como dice Miguel Ahumada, la disyuntiva es si el artesano debería volverse tecnólogo sin dejar de ser artesano. 

Artesanía tiene diferentes significados. En su hermoso libro El Craftman (Yale University Press, 2008; edición en español, El Artesano, Anagrama, 2009), Richard Sennett la conceptualiza como la habilidad de hacer las cosas bien. El sustantivo “artesano” sirve, entonces, para conceptualizar a cualquiera que desee hacer bien un trabajo por sí mismo. Un artesano no es lo mismo que un artista. Los artesanos usan la habilidad, el compromiso y el juicio, al igual que muchos artistas, pero un artesano se preocupa por la corrección y la practicidad de maneras en que los artistas no suelen hacerlo. El arte no está comprometido con la repetición, sino con algo más inmediato, la emoción. La práctica artesanal se extiende en el tiempo haciendo ciclos, aparentemente repetitivos. Es una habilidad construida en largos periodos de tiempo, a veces de generación en generación. El arte es, usualmente, más inmediato.

Sin embargo, la artesanía (craftsmanship) no se limita al trabajo manual tradicional (como el de un carpintero, alfarero o músico), sino que representa un impulso humano básico y universal en el pensamiento de Sennett. Es decir, la artesanía implica:

  • Hacer las cosas bien por una motivación intrínseca (no solo por dinero, estatus o eficiencia externa).
  • Desarrollar habilidades de forma sostenida y profunda (skill desarrollada en alto grado).
  • Una unión entre mano y cabeza (“making is thinking”): el pensamiento práctico surge del hacer, no está separado de la acción material. De aquí mi insistencia de que el aprendizaje es social porque el “hacer” es social.
  • Atención al objeto o tarea en sí, más que al ego o a uno mismo.
  • Compromiso, juicio y capacidad para resolver problemas en la práctica concreta.

Mi profesor de matemática en ingeniería de la Universidad de San Carlos en Quetzaltenango, CUNOC, Hugo Pineda, se llamaba a sí mismo un “artesano” más que un tecnócrata: un profesor enfocado en su oficio, en su arte, poniendo atención a su principal tarea: el aprendizaje estudiantil. Eso significa que la conceptualización de artesano debe incluir también a ciertos ingenieros, músicos o médicos y enfermeras, cuyo trabajo tiene como prioridad el que se haga bien. Incluye cocineros, panaderos o el mismo barista, Manuel Cabrera, que con paciencia me explica qué café tomo aquí en este coffee shop quetzalteco, Chinajul, cómo se prepara, de dónde viene: Huehuetenango.

Esta idea de artesano relacionado con la primacía del trabajo manual para construir habilidades también ha sido analizada por Matthew Crawford en Shop Class as Soulcraft: An Inquiry into the Value of Work (2009), quien defiende que el trabajo manual cualificado (como mecánica, plomería, carpintería, electricidad, etc.) es una forma de trabajo profundamente satisfactoria, intelectualmente rica y moralmente digna, en contraste con muchos trabajos de oficina.

Durante las últimas décadas la sociedad moderna ha desplazado a la parte más baja del estatus social del conocimiento, esto es, ha rebajado a las profesiones manuales, todas. Hay una enfermedad llamada que yo he llamado «»licenciatitis, donde todos quieren ser licenciados dejando abandonadas las formaciones técnicas, artesanales y fundamentalmente relacionadas con las manualidades o actividades prácticas. Según el Anuario Estadístico de la Educación del Mineduc 2024, el ciclo diversificado —nivel medio superior que incluye tanto bachilleratos académicos como opciones técnicas y vocacionales— registra apenas alrededor de 365 mil estudiantes a nivel nacional (una cifra ínfima comparada con primaria o básica). Dentro de esa matrícula, la preferencia por caminos que alimentan la universidad sigue dominando, mientras que la formación técnica y vocacional representa una porción claramente minoritaria. Para entender el profundo problema de la ausencia de una política nacional de educación técnica y el desinterés en formar a las personas en oficios manuales, el prerrequisito es entender a las artesanías, su relación con las tecnologías y eventualmente con las ingenierías.

Ese es el análisis de esta serie de artículos: De la artesanía a la tecnología.

En la próxima entrega exploraremos cómo esta mentalidad artesanal —hacer bien las cosas, con motivación intrínseca y unión entre mano y cabeza— puede y debe integrarse a las ingenierías modernas y las tecnologías emergentes sin perder nunca su esencia humana. Porque el futuro de Guatemala no está en elegir entre artesano o tecnólogo, sino en ser ambos al mismo tiempo.

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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