Autor: Kevin Segura
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Sobre el Autor:
Arquitecto, egresado de la Universidad de San Carlos de Guatemala, con estudios de posgrado en desarrollo urbano y territorio, doctorado en políticas públicas y docente de vocación.


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Soy de la universidad pública. De esa que mis abuelos anhelaban porque eran combativos, porque lucharon para que la educación superior fuera un derecho y no un privilegio de élites. Esa universidad que ha egresado a grandes abogadas, excelentes médicos, científicas, arquitectos y maestros; esa donde estudiar significaba para muchas familias la posibilidad de ascender social y económicamente.

Durante décadas, la universidad pública fue una escalera de movilidad social. En Guatemala, la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac) ha sido la única universidad pública del país y ha formado a miles de profesionales que sostienen el Estado, el sistema de salud y gran parte de la vida institucional del país.

Pero el tiempo pasa, y hoy pareciera que la universidad se ha convertido en una mofa para quienes luchan contra la corrupción y los actores antidemocráticos. “El que no salte es chairo”, grita aquel estudiante que con apenas diez quetzales en la bolsa llega a la universidad del pueblo, vestido con un saco de paca y con la ilusión de no mirar atrás, porque si lo hiciera podría darse cuenta de una verdad incómoda, no pertenece a la clase media, sino a una clase trabajadora precarizada que depende de un sistema que constantemente la excluye.

La universidad dejó de ser el gran motor de desarrollo que fue durante décadas. También dejó de ser esa escalera clara hacia la movilidad social. Cada vez las capas de la clase media se vuelven más delgadas, mientras crecen las filas de quienes sobreviven con salarios que apenas alcanzan para terminar el mes.

La realidad cotidiana se parece más a una película de drama social, con jornadas de 8 a 10 horas de trabajo, hasta 4 horas de traslado diario en una ciudad colapsada por el tráfico, otras horas dedicadas a tareas domésticas y apenas 4 o 5 horas de sueño, muchas veces interrumpidas por la preocupación económica, el cansancio o incluso el hambre.

Pero, ¿cómo culpar a los estudiantes cuando el propio sistema ha deformado el debate político? Para muchos, “ser chairo” se convirtió en sinónimo de ser de izquierda, como si la ideología fuera ahora una marca de pobreza. Y en medio de esa simplificación absurda, la universidad sigue atrapada en una estructura lenta, burocrática y profundamente adultocéntrica.

En ese contexto, muchos jóvenes han optado por abandonar sus aspiraciones académicas para trabajar en call centers o en la economía informal, porque salir de la universidad se vuelve cada vez más difícil, y porque incluso cuando se logra graduarse, el mercado laboral suele devaluar el conocimiento y las profesiones.

Quizá por eso a muchos sancarlistas dejó de dolerles la pobreza. Tal vez aprendieron a ignorarla porque es el espejo que no quieren ver, el reflejo de una sociedad profundamente desigual y de un país que, pese a las buenas intenciones, sigue sin encontrar un rumbo claro hacia el cual dirigir sus esperanzas.

Como un lobo domesticado más que como un perro de calle, muchos universitarios cambiaron su ambición por el conocimiento, por un afán inmediato por el dinero. Allí radica esa tensión visible en los pasillos universitarios, el deseo de estabilidad económica frente a la frustración de una institución que parece incapaz de responder a las necesidades del presente.

Y, sin embargo, a pesar de esta tragicomedia, la universidad aún conserva algo fundamental. sigue siendo uno de los últimos bastiones desde donde el país puede repensarse. En sus aulas todavía existe un deseo profundo de brillar en lo público, de saltar las bardas de la desigualdad y de imaginar otro futuro posible.

La elección en la Usac no va a cambiar por sí sola la imagen repulsiva de desigualdad, ni la polarización absurda entre “fachos” y “chairos”. Pero sí puede ofrecer algo indispensable, un respiro. Un momento para reordenar ideas, para reconstruir el debate académico y para recuperar la universidad como un verdadero tanque de pensamiento crítico que contribuya a transformar la estructura social y cultural del país.

Porque seamos honestos, la universidad no va a cambiar en cuatro años. No cambiará mientras existan profesores sin formación andragógica que sostienen su poder dentro de estructuras rígidas. Tampoco cambiará sin una verdadera reforma universitaria que modernice la docencia, la investigación y la extensión.

Pero sí hay algo que puede cambiar el rumbo, un rector o rectora con visión, capaz de dirigir con responsabilidad la política de educación superior universitaria y de abrir espacios para que una nueva generación piense el país que necesita Guatemala.

Si eso ocurre, en apenas tres años, que es el tiempo real en el que una administración puede impulsar cambios la universidad podría reencausar su rol en la historia, producir conocimiento, formar ciudadanos críticos y aportar soluciones a los grandes problemas nacionales.

Porque, al final, la apuesta sigue siendo la misma: Una mejor universidad para un mejor país, sí es posible.

Jóvenes por la Transparencia

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