0:00
0:00

    Cuando las andas del Nazareno terminaban de entrar a la iglesia, la imagen la tapaban con una manta y también el   baptisterio donde había estado la imagen de Jesús con las manos amarradas a un pedestal de mármol, como prisionero. Allí también colocaban un cajón de madera, con una cadena de rueda de camión y cada feligrés pasaba maniobrándola para hacer un gran ruido que se hacía más intenso por el eco del gran templo colonial. Entonces venía la unción con una sustancia como yodo, pero no lo era, y con algodones olorosos que después los vendían como reliquias, y que servían  para  limpiar las heridas de la imagen que saldría en la procesión del Santo Entierro, justo a las tres de la tarde, cuando el sol todavía quemaba las molleras, luego procedían a parar la cruz con el crucifijo, el cura daba una explicación de lo que era esa Hora Santa y después de hacer el descendimiento, colocaban la imagen de Cristo Yacente en una urna de vidrio. Luego llegaban los cargadores del turno de salida, levantaban el anda y a paso menos que de tortuga, avanzaban sin que uno se diera cuenta si estaban caminando o no. Ese turno era para los señorones del pueblo, que no sé cómo aguantaban el terno de casimir en ese calor de la costa. Pero, pasito a pasito, iba apareciendo el anda por el portón principal y la banda de Ixhuatán tocaba la Granadera. Costaba que el cortejo llegara a la media calle, pero llegaba, cuando se detenía, extendías un petate bajo el anda y en la esquina de don Julio Galicia, aparecía un jinete vestido de negro, con el rostro tapado para que solo enseñara los ojos, se bajaba del caballo y sacaba la espada, que seguramente la prestaba a la familia de don Chando Guevara, porque era teniente jubilado de muchos años pasados o de don Chando Barrera que también tenía espada desde las Guerras de los Totopostes. Era el Centurión que venía a enterarse si su amigo había sido sacrificado; y se venía blandiendo la espada y rozando las piedras de la calle que le sacaba chispas al acero de la espada. A uno de patojo le daba miedo el Centurión, que al final caía sobre el petate, como desmayado, el mismo que habían colocado bajo el anda, entonces venían los cargadores de la segunda cuadra, en la que cargaba don Rubén Bran vestido de cucurucho, como lo de la capital o de la Antigua, porque en el pueblo no se tenía esa costumbre y si hoy sí se tiene, eso se debe a don Rubén que de cucurucho de la capital pasó a ser cucurucho de Chiquimulilla, cuando llegó como enfermero del IGSS. Adelante del cortejo íbamos los patojos con los estandartes de las siete palabras y como lento el paso de los cargadores, a veces a uno le daba sueño y entonces, por ir muy adelantado, uno se subía a un cimiento a dormir, con el estandarte recostado entre las piedras. Cuando iban llegando la fila del cortejo a donde uno estaba dormido, le jalaban las canillas para despertar y no íbamos corriendo para colocarnos delante de la Procesión, que salía a el viernes santo a las 3 de la tarde y reingresaba el sábado a la cinco de la mañana, ya cerca de la hora de descuartizar a judas. 

René Arturo Villegas Lara

post author
Artículo anteriorEl reto de la independencia en la Corte de Constitucionalidad
Artículo siguienteTres contra dos: la justicia no es una votación o un marcador deportivo