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Si por milagro no perecemos todos en un holocausto nuclear ¿que cabría esperar del reordenamiento de las relaciones internacionales cuando termine la agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán? Una primera cuestión concierne a las consecuencias de la guerra, pues es evidente que habiendo Trump desatado la conflagración careciendo de plan estratégico y con la vaga idea que podía obtener el derrumbe del régimen en pocos días gracias a la decapitación física de sus principales dirigentes –   algo que no se logró no solo porque los iraníes venían preparándose para esta confrontación desde hace décadas, sino también porque el Ayatollah Jamenei tomó la decisión, por convicción religiosa, de ofrecer su vida al martirio, lo cual, al contrario de lo que pensaban los atacantes,  ha fortalecido el apoyo de la población al régimen  –  y dado que es imposible invadir un país de 90 millones de habitantes y con tres veces la extensión territorial de Francia, porque necesitarían no menos de un millón de tropas (solo para movilizar al medio millón con el que se  invadió Irak durante la guerra ilegal de Bush en el 2003 se requirieron 6 meses para transportar marines y logística) y es claro que solo con bombardeos aéreos y lanzamiento de misiles no podrán derrotar a los iraníes, además del hecho que el arsenal se agotará por el excesivo uso que se ha hecho de estas armas en los dos años de bombardeos que arrasaron con Gaza y en los cuatro años que ya lleva la guerra de Ucrania,  mientras los iraníes fabrican sus propios misiles y drones. Un artículo reciente de Carlos Figueroa Ibarra hace una síntesis bastante completa de la situación actual con base en lo expuesto en podcast por los analistas y expertos militares más reconocidos de occidente. 

A lo anterior hay que agregar que la respuesta bélica iraní ha sido efectiva tanto en la destrucción de radares – fundamentales para la defensa antiaérea – así como contra las bases militares americanas en los emiratos del Golfo al igual que en el contraataque a Israel, en donde tanto en Tel Aviv como otras ciudades – incluida la gran refinería de Haifa y hasta un bunker del propio Netanyahu – las defensas israelíes no han podido detener a los drones y misiles lanzados por Teherán.  De manera que es poco probable que esta guerra se convierta en una guerra de desgaste de larga duración dado que también hay que incluir los factores geoeconómicos – el cierre del estrecho de Ormuz junto al alza del precio del petróleo y del gas que ya están provocando una crisis económica – así como los factores internos de la política  norteamericana – las elecciones de medio término de noviembre próximo – que permiten prever la derrota de los republicanos y la posibilidad de un impeachment exitoso contra Trump por no pedir la autorización del Congreso, así como por crímenes de guerra (el asesinato de más de un centenar de niñas en una escuela) o, por lo menos, que se le obligue a cambiar su política guerrerista tanto en el Medio Oriente como la que ha venido llevando a cabo contra Rusia por interpósita Ucrania – aunque es muy probable que Putin apresure el desenlace militar de esa guerra ahora que resulta claro que negociar con Trump no solo es una artimaña que este utiliza para engañar a sus enemigos como sucedió en Venezuela y en Irán sino que se corre el riesgo de sorpresivos ataques de decapitación por sorpresa, algo que ya ocurrió en una residencia secundaria del presidente ruso  y, por supuesto, se ha venido haciendo con “regularidad” en el Medio Oriente–. En cuanto a China, contra la que Trump mantiene una guerra comercial desde su primer mandato veremos si no se suspende su programada visita a Beijing el mes próximo. En todo caso, y para alivio tanto de China como del mundo entero, mientras Trump se encuentre empantanado en Irán es claro que no puede abrirse otro frente contra el dragón asiático. 

De todos modos, a pesar de la muerte y destrucción que toda guerra causa es menos grave cualquier escenario en donde prevalezca el uso de armamento convencional pues hay visiones apocalípticas relacionadas con el uso de armas nucleares si los sionistas que manejan el gobierno de Israel se sienten acorralados.  Pensar que esta “guerra aérea” podría detenerse en relativo corto plazo es una visión relativamente “optimista” sobre los escenarios factibles.  En cuanto a nuestra propia región latinoamericana  –  que  no “hemisferio”  –   la reciente cumbre de Miami con los presidentes serviles al Imperio ilustra la intención de convertir el “corolario Trump” de la doctrina Monroe en un hecho consumado dotando a Washington de un ariete contra gobiernos progresistas como los de México, Brasil, Uruguay y Colombia mientras Venezuela se encuentre en una situación particularmente difícil, aunque esperemos que el gobierno que preside Delsy Rodríguez sea capaz de negociar arreglos decorosos en cuanto a la explotación del petróleo, que junto al bloqueo de China es lo que interesa a Trump. La invasión de Cuba – gracias a la torpe aventura guerrera en el Medio Oriente – y como dice el dicho popular (no hay mal que por bien no venga) probablemente la suspendan por ahora y en cuanto a Nicaragua, el gobierno de Ortega al parecer es irrelevante para un emperador interesado en los hidrocarburos.

Sin embargo, ¿qué repercusiones puede tener para Guatemala que Bernardo Arévalo – afortunadamente – no haya sido invitado a la cumbre de los sirvientes de Trump en Miami? Y decimos afortunadamente porque peor hubiese sido ser invitado y declinar por cuestiones de principio o simple y llanamente por el disgusto que le debe haber provocado el sentirse traicionado por un Secretario de Estado con el que se suponía que tenía una buena relación pero que, como sabemos, le dio la espalda cuando el cabildeo millonario de la oligarquía criolla de este país incidió en las llamadas telefónicas de un encargado de negocios de apellido Barret  (que debió ser declarado non grato el mismo día que el presidente se refirió públicamente a este asunto, dado que se trataba de una injerencia indebida en los asuntos internos de Guatemala) quien coaccionó a diputados  que terminaron reeligiendo como magistrado de la CC a otro señor de apellido Barreto. 

A nuestro juicio – ya lo hemos dicho antes – estos acontecimientos podrían abrir una ventana de oportunidad para reorientar nuestra política exterior. No hay motivo para que Guatemala no abra una embajada en Beijing – con las correspondientes nuevas oportunidades de cooperación que podrían explorarse – cuando el resto de Centroamérica ya las tiene, sin que esto haya sido motivo para no ser invitados a la cumbre de los vasallos. También tendría que revisarse la injusta decisión de cerrar las puertas a la asistencia y servicios que prestan los médicos cubanos en comunidades remotas del interior del país. La opción por el multilateralismo y el trabajo en Naciones Unidas debe mantenerse vigente y, siempre en esa dirección, comenzar un trabajo diplomático con nuestras embajadas en Brasil, Rusia e India – por ejemplo – a fin de que se considere la posibilidad de Guatemala se haga miembro de los BRICS. Esto último es fundamental para el fortalecimiento del orden multipolar que ya ha sustituido al viejo ordenamiento postguerra fría en el cual Washington quiso constituirse único hegemón aprovechando el vacío dejado por la desaparición de la URSS.  

La otra vertiente en materia de política exterior que podría explorarse es en el campo bilateral acercándose a países como México, Brasil y Colombia. El presidente colombiano ha sugerido un diálogo de civilizaciones como alternativa al choque de civilizaciones de Samuel Huntington y al belicista Trump. América Latina es una civilización muy distinta a la llamada “occidental” entre otras razones por el mestizaje con las culturas autóctonas y los pueblos originarios. No somos pueblos blancos de origen anglosajón sino mestizos morenos con raíces indígenas e hispánicas, y el catolicismo continúa siendo religión predominante, si no en las prácticas religiosas si en las costumbres, como ocurre en Guatemala con los nacimientos navideños y las procesiones de Semana Santa, sin dejar de lado el sincretismo de cofradías y santos de toda índole que van desde la Virgen de Guadalupe hasta el Señor de Esquipulas pasando por el hermano Pedro y hasta el mismo Maximón. Además la civilización trasciende territorios y estados nacionales por eso el Buen Vivir y la Pachamama (la madre tierra) son de igual importancia para los pueblos aymara, quechua, zapoteca, mexica, mapuche o maya. Pero por esas mismas razones tampoco somos ni seremos nunca “traspatio” de la potencia del norte que ya se puede guardar la mitad del hemisferio (México excluido y, seguramente, Groenlandia, poblada por los originarios inuit) terminando con sus pretensiones neocoloniales. Abya Yala es nuestra y Estados Unidos debe dejar de ser un Imperio para reconvertirse en república democrática como lo quisieron sus padres fundadores.

Luis Alberto Padilla

Doctorado en ciencias sociales en la Universidad de Paris (Sorbona). Profesor en la Facultad de Derecho y en la Escuela de Ciencia Política de la Universidad de San Carlos. Es diplomático de carrera y ha sido embajador en Naciones Unidas (Ginebra y Viena), La Haya, Moscú y Santiago de Chile

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