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En los municipios de Guatemala, la Semana Santa tiene sus particularidades que tal vez son comunes en cada lugar, pero que tienen otros matices llenos de solemnidad. De Chiquimulilla, recuerdo que cuando no había cura párroco, llegaba a las celebraciones uno de Cuilapa. Entonces la gente aprovechaba para los bautizos y en toda la nave del templo católico, construido con gruesas paredes de calicanto, se encerraba una “llorazón” de todos los recién nacidos que soltaban berridos cuando el cura les mojaba la mollera. Entonces llegaba la banda de Ixhuatán y desde el Domingo de Ramos empezaba el estruendo de saxofones, trompetas, clarinetes, tubas y baterías, tocándole corridos mexicanos al patojo que la gente llevaba montado en un burro, remedando la entrada de Jesús a Jerusalén, pues los “Días Grandes” llegarían después. Luego venía el miércoles con su Vía Crucis y después el jueves con la procesión del silencio, y en verdad en este cortejo la gente no cantaba y solo se oía la respiración de los y las acompañantes y el jadeo de los cargadores. Por eso era que las marchas, que tenían el privilegio de ser escuchadas, eran más apreciadas por los oídos de la gente. En esa semana solo se comía pescado seco envuelto en huevo, curtido y julapes en rodajas en vez de tortilla, además de las torrejas y los molletes según el gusto de la encargada de la cocina. De repente, si había pisto, se abría una macarela con pescados de regular tamaño, que alcanzaba para toda la familia, aunque al último solo le tocara el recado. Además, los patojos guardábamos el envase de aluminio para jugar de camionetas o las panaderas las utilizaban de molde para hacer quesadillas. Cuando llegaba el Viernes Santo, era prohibido pelear, decir malas palabras y los ya grandecitos y grandecitas no podían hacer sus cosas porque eran días de guardar. Cuando llegaba ese día, salía la procesión en su largo recorrido que casi le daba la vuelta al pueblo. Cuando la procesión, casi al mediodía, estaba llegando a la casa de don Ángel Díaz, las imágenes de la Virgen Dolorosa, la Magdalena, la Verónica y San Juan, iban en procesión con sentido contrario y en la esquina de la casa de doña Elvira Grajeda, se celebraban “Los Encuentros”: Cada imagen la llevaban las y los cargadores y la inclinaban sobre las andas de Jesús. Entonces, terminados los encuentros, adelante iba una cruz en hombros de xincas del barrio San Sebastián, toda ella adornada con guirnaldas de Surumay. Como de esa esquina para la iglesia la calle iba en bajada, los cargadores agarraban aviada y había que jalar el anda por los brazos de atrás, para aminorar el paso. Al pasar por la casa de don Nayo Salazar, el papá de Genaro, el artista de la pintura, él, don Nayo tenía la devoción de hacerla de Simón Cirineo, y vestido como en aquellos tiempos, la procesión se detenía, le quitaban la cruz al nazareno y de allí en adelante don Nayo la llevaba en hombros hasta llegar a las dos palmeras que adornaban el frente del templo que quien sabe desde cuándo las sembraron. Y entonces venían las ceremonias finales, pero eso lo contare en otra prosa.  

René Arturo Villegas Lara

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