Luis Fernández Molina

Al despegar la hoja de septiembre aparecía “Octubre” que destacaba en los viejos almanaques y anticipaba las postrimerías del ciclo escolar en aquellos mis lejanos días del colegio. Terminaban las lluvias –tras el “cordonazo de San Francisco”– y el aire se tornaba transparente y frío. Los exámenes finales eran el último escollo para gozar de las siempre merecidas vacaciones después de un año lectivo que era entonces más extendido (más de los 180 días); abarcaba el 12 de octubre, que era una conmemoración muy especial. Claro, era día de feriado, ello le agregaba realce. Hasta antes del 500 aniversario se celebraba el día 12 de octubre como “Día de la Raza”. Se desempolvaban los disfraces que se habían utilizado el 20 de febrero que a la sazón también se celebraba, exaltando a Tecún Umán. Disfraces de indios y de barbudos. Esas dos fechas desaparecieron del calendario. Los tiempos han cambiado y asimismo los valores y percepciones de la sociedad. Ni se celebran ni se conmemoran y si se recuerda la gesta hispana es para una reacción opuesta: un rechazo. Antes era la marca de un inicio, ahora es la marca de un final. Antes era la fecha del alumbramiento, ahora es la de una defunción. Antes era la glorificación del encuentro, ahora rechazo del choque. Antes el abrazo, ahora el primer golpe.

Hasta los términos o palabras han sido enterrados. Ya no se usa la palabra “raza” –en todo caso se emplea “etnia”– como tampoco “descubrimiento” –¿descubrimiento de qué?–. No digamos “Las Indias” ¿cuáles? Se quedaron atrapados en los recodos de la Historia.

A pesar de la relativa cercanía histórica, son muchas las sombras que oscurecen el análisis histórico. Para empezar ¿Quién era Cristóbal Colón? Por qué tanto misterio? Al parecer él mismo se encargó de echar humo por su origen judío ante una Corte española que estaba por expulsarlos de la Península. ¿Tenía conocimientos previos de mapas de otros navegantes? Todo indica que sí. En todo caso el Almirante tiene un gran mérito que no se arruga por las bizantinas discusiones de quienes dicen que ya antes habían venido escandinavos, polinesios, judíos, etc.

No deja de asombrar y admirar el esfuerzo de una España desangrada tras décadas de guerra por la reconquista de los últimos reinos musulmanes de Andalucía; un reino que tenía grandes disputas con otros reinos europeos; una Corte debilitada por disputas internas con sus nobles. Esa España todavía tenía arrestos para lanzarse a la conquista de un continente más grande que toda Europa y hasta de las lejanas Filipinas. En este escenario se yergue la figura inconmensurable de Isabel de Castilla.

¡Oh España! madre y verdugo. Generosa ubre que amamantó a la nueva raza que surgió de las entrañas de la indiana tierra morena. España dadivosa que nos compartió su rico idioma y la enseñanza divina del señor Jesucristo. España empolvada en viejos recuerdos arrugados en hojas marchitas y pergaminos machacados por el peso de los siglos. España lejana, pero siempre presente en nuestro lenguaje y nuestras costumbres. España con olor a vino, queso de cabra y lana mojada. España de los blancos muros y de los negros toros. Águila bicéfala doblemente voraz, sedienta del calor nativo y del sudor del sol. España buena y mala, que así nos heredó esa profunda contradicción, esa inmensa dualidad.

Han dicho que si otra nación nos hubiera conquistado, diferente sería nuestra realidad actual. No creo que a favor de esa tesis hablen Haití, Jamaica, Vietnam ni otras antiguas colonias. Por otro lado tal no ha sido esa la idea matriz de Taiwán, Corea del Sur, Singapur. Nuestra prosperidad está en el futuro y depende hoy de nosotros.

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