Adrian Zapata

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Profesor Titular de la USAC, retirado, Abogado y Notario, Maestro en Polìticas Pùblicas y Doctor en Ciencias Sociales. Consultor internacional en temas de tierras y desarrollo rural. Ha publicado libros y artículos relacionados con el desarrollo rural y con el proceso de paz. Fue militante revolucionario y miembro de organizaciones de sociedad civil que promueven la concertación nacional. Es actualmente columnista de el diario La Hora.

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Por: Adrián Zapata

Según estimaciones de un informe de Naciones Unidas, ayer martes 15 de noviembre alcanzamos a ser 8 mil millones de personas en el agobiado planeta Tierra. De acuerdo a dicha fuente, iremos aumentando hasta la década de los años 2080, cuando esperaríamos ser 10,430 millones.

Paralelamente, nos estamos envejeciendo. Para el 2050, la ONU cree que la población de mayores de 65 años será el doble de la cantidad de niños menores de 5 años.

En el 2100 comenzaríamos a disminuir, ya que se estima que la tasa de fecundidad empezará a reducirse, así como la de mortalidad. China, históricamente el país más poblado del mundo ya ha empezado a manifestar una tendencia a la desaceleración significativa en su crecimiento poblacional. Mientras que la India posiblemente supere a China el año entrante.
El cálculo se basa en la información sobre esta materia acumulada durante el período de 1950 al 2022 y la estimada para el 2050.

Este aumento de la población significa que para mantener los hábitos de consumo imperantes en la actualidad, se necesitaría 1.75 planetas Tierra. Pero esta estimación genérica debe ser aclarada en el sentido que el consumo por persona donde aumenta sustancialmente es en los países ricos. Si todos lográramos tener el consumo de los estadounidenses, entonces necesitaríamos 5.1 planetas Tierra para el plazo referido.

Las emisiones de CO2 por habitante en los Estados Unidos es de 15.97, lo cual incluye el consumo y el dióxido de carbono emitido por la quema de combustibles fósiles. Para hacer una comparación, esta cifra se reduce a 2.77 en el caso de México.

Todo lo anterior lo refiero con el ánimo de hacer algunas reflexiones para desnudar la doble moral de quienes se desgarran las vestiduras ante esta dramática realidad, planteando soluciones absolutamente descontextuadas.

El cambio de la política energética es una necesidad mundial, pero esa responsabilidad no es igual para todos. Quienes más contaminan son los que deben asumir la mayor responsabilidad. Exigir que este cambio sea parejo es un discurso perverso. Demandar que los países económicamente pobres cuyas economías están directamente relacionadas con el petróleo (México y Colombia por ejemplo), abandonen esa actividad, que ya no exploten el petróleo ni lo refinen, sabiendo que su “aporte” a la contaminación no es sustancial, es pedirles un sacrificio desproporcional en relación al consumo de los países ricos. De igual manera, hacer creer a la gente que sobre sus espaldas, individualmente, recae la responsabilidad de esa contaminación y que la solución son acciones de tal tipo también es perverso.

La realidad es otra, dramática por cierto. El planeta no aguanta más con un modelo económico extractivista que mantiene los hábitos de consumo de los pudientes y el enriquecimiento de los actores privados (grandes empresas petroleras) que se dedican a esas actividades extractivas.

El punto central que quiero resaltar es que la cifra de población alcanzada ayer nos debe hacer reflexionar sobre la necesidad de formular e implementar políticas demográficas, pero complementarias a políticas económicas que sean inclusivas y ambientalmente pertinentes. No somos pobres, ni estamos destruyendo el planeta, simplemente porque ya somos muchos.

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