Mario Alberto Carrera

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Premio Nacional de Literatura 1999. Quetzal de Oro. Subdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua. Miembro correspondiente de la Real Academia Española. Profesor jubilado de la Facultad de Humanidades USAC y ex director de su Departamento de Letras. Ex director de la Casa de la Cultura de la USAC. Condecorado con la Orden de Isabel La Católica. Ex columnista de La Nación, El Gráfico, Siglo XXI y Crónica de la que fue miembro de su consejo editorial, primera época. Ex director del suplemento cultural de La Hora y de La Nación. Ex embajador de Guatemala en Italia, Grecia y Colombia. Ha publicado más de 25 libros en México, Colombia, Guatemala y Costa Rica.

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Mario Alberto Carrera

En aviesa conflagración nos ha introducido a todos Vladimir Putin cuando se le insertó entre los sesos delirantes invadir y tomar a Ucrania. Si estamos tan lejos, tan distantes de esos pueblos ¿por qué se nos encoge el pecho y se nos hace un nido de espanto el corazón?

Porque de nuevo y de tanto en tanto (desde la cuasi guerra mundial de los misiles –entre Estados Unidos y la URSS– con escenario cubano en octubre de 1962) vinimos asistiendo a crisis similares que nos acercan a la idea de lo que podría ser la III Guerra Mundial y nos acurrucamos aciagos.

Tres o cuatro poderes se disputan el liderazgo mundial en este instante: Estados Unidos, la Unión Europea, la Federación Rusa, China y la Otán comandada por los estadounidenses. Y Rusia se empeña en conducirnos a esa III conflagración mundial enfrentando de cerca o de lejos a esas potencias con su empeño de poseer a Ucrania basado en que Ucrania “es en realidad” rusa. Argumento válido, o al menos atendible, cuando en los antiguos siglos Castilla podía reconquistar Córdoba o Granada con la excusa de expulsar a los musulmanes que, por su parte, ocuparon la Península por 800 años. Eran guerras de conquista y reconquista por razones a veces culturales o religiosas. Y lo mismo es válido para estos ataques y contra ataques, guerras y contra guerras, desde la Antigüedad hasta los siglos XVIII o XIX. Lo mismo rige para las guerras americanas de Independencia. Las guerras coloniales tenían la misma temática y “razón” hasta casi nuestros días en que se liberan los países africanos.

Este antiquísimo principio es el mismo que esgrime Putin frente a Ucrania y que podría argüir frente a otras naciones como Rumanía o Moldavia si la Otán no estuviera presente como frente de naciones que, alguna vez, nacieron así, mancomunadas, para defender a un amplio abanico de países del gigante soviético, que es el mismo sórdido titán que alimenta las ambiciones torcidas de Vladimir Putin.

Aparte del terror que podemos imaginar o experimentar al pensar cómo podría ser en el planeta una III Guerra Mundial –que es lo que se trata de evitar ante el furor conquistador de Putin– los efectos, tenues todavía, nos llegan ¡ya!, desde Europa y la propia América. Pronto se sentirán más fuertes sismos en nuestro continente si la guerra continúa (como promete por la terquedad del tirano) en el área del gas propano y la gasolina, así como de la alimentación porque Croacia y la Federación Rusa proveen en gran medida de maíz y trigo al mundo. Y Rusia, de gas y gasolina.

En el corazón de una pandemia que aún aprieta duro –con su garra letal o más bien paralela a la guerra de Putin– la peste no parece terminar. Enfrentamos al caballo famélico de la peste y al caballo sórdido de la guerra. El mundo anhela armonía pero no lo logra. Se  hunde en el mal de la codicia y del deseo por objetos, naciones o gentes que no nos pertenecen.

Si el corazón del hombre fuera sereno y se conformara con lo que tiene (eso sí, cuando tiene lo necesario en equidad) la conflagración no saltaría codiciosa. Pero resulta que, cuando el ánima del ser humano ha conseguido lo necesario para vivir con dignidad, codicia y desea más y olvida a la Naturaleza, porque en la Naturaleza pura no existe la ambición desmedida, sino medida y usada con sabia cordura. El mundo se pregunta si Putin es loco, si Putin es un alienado por el delirio de grandeza. Y quizá sea un poco orate pero no más que los conquistadores  hispánicos ante el ubérrimo fruto de las Indias.

Ocurre que la época de los conquistadores y su historia ha dejado paso a un mundo donde la conquista no cabe más. En este sentido sí que hemos llegado al final de la Historia de que nos hablan Hegel y Fukuyama. La Historia se termina cuando los conquistadores guardan sus lanzas y obligada se alza la paz.

La paz de la ONU, por ejemplo, que es otra guerra.

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