Luis Alberto Padilla

Doctorado en ciencias sociales en la Universidad de Paris (Sorbona). Profesor en la Facultad de Derecho y en la Escuela de Ciencia Política de la Universidad de San Carlos. Es diplomático de carrera y ha sido embajador en Naciones Unidas (Ginebra y Viena), La Haya, Moscú y Santiago de Chile

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Por Luis Alberto Padilla

Gabriel Boric Font, candidato del Frente Amplio,   ha sido electo presidente de Chile en unos comicios ejemplares (54.29%  de participación)  con un 55.87% de los votos frente al 44.13%  de José Antonio Kast, o sea con casi 11 puntos porcentuales – más de un millón de votos –  de diferencia frente a un contrincante conservador quien, al felicitar al ganador le ofreció “todo su respeto”  así como una “colaboración constructiva”. Muy al contrario de otro ultraderechista (Trump) que alegó fraude (¡en los Estados Unidos!) y trató de dar un golpe de estado con el ataque del Capitolio de sus huestes de seguidores fanatizados.

De manera que cabría preguntarse: ¿porqué tanto aspaviento con la elección chilena de este año? Hubo quienes hasta la compararon con la elección de Allende en los años 70, cuando es evidente que si algo aprendió el pueblo chileno de la dictadura de Pinochet es a valorar la democracia y los derechos humanos. De modo que “la esperanza le ganó al miedo” como dijo en su discurso  en la Plaza Italia de Santiago este joven de 35 años,  quien viene de la ciudad de Puntarenas en la región del canal Magallanes y no pertenece a la clase política tradicional –  cuyos miembros suelen ser oriundos de Santiago y militantes de los partidos tradicionales –    pues se inició  en la política como dirigente estudiantil y posteriormente ha sido diputado al Congreso por su región.

Por otra parte, si recordamos que fue  el plebiscito convocado por  Pinochet a finales de los 80 el que abrió las puertas a elecciones democráticas y que fueron los partidos de la concertación quienes gobernaron el país durante veinte años: los demócrata cristianos Patricio Aylwin y Eduardo Frei así como los socialistas Ricardo Lagos y Michèlle Bachelet. Sin embargo, el primer gobierno de Sebastián Piñera del 2010 al 2013 evidencia ya el cansancio ciudadano ante gobiernos más preocupados por el crecimiento económico que por el bienestar social y si bien  Bachelet retornó en el 2014 su gestión ya no tuvo la popularidad de la primera,  lo que abrió el camino para un segundo mandato de Piñera en el 2018. Así que ahora habría que preguntarse a que se debe el rechazo de la ciudadanía hacia los partidos y políticos tradicionales,  más que manifestar temor ante la participación del Partido Comunista en el Frente Amplio o comparar la situación actual con la que dio lugar al golpe de 1973, pues no hay que olvidar que los comunistas ya participaron en el segundo gobierno de Bachelet y que, si algo está consolidado en Chile es el sistema democrático. Lo importante es explicar qué fue lo que ocurrió para que en el 2019 el estallido de violencia social provocada por el aumento de los pasajes del metro en Santiago (“no son veinte pesos, son veinte años”)  obligara a la clase política a encontrar,  como salida provisoria a la crisis social,  la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente,  que en estos momentos está siendo presidida por la indígena mapuche Elisa Loncon y cuyas deliberaciones están en marcha.

La respuesta está relacionada con el hecho que, si bien los gobiernos de la concertación lograron mejoras considerables en materia de satisfacción de los derechos económicos y sociales (se logró reducir la pobreza de un 40%  a un 14%) también es cierto que el modelo neoliberal puesto en marcha por los “Chicago boys” durante la  dictadura de Pinochet (ajuste estructural, privatización de bienes públicos, mercados no regulados)  no fueron sustancialmente modificadas,  lo cual  incidió en el incremento de la desigualdad y en la concentración de la riqueza. Las protestas estudiantiles reclamando contra las altas cuotas que se pagan en la educación superior (aun en la estatal Universidad de Chile) en las que Boric fue un activo  participante son una buena muestra de ello.

De manera que el surgimiento de dirigentes que son outsiders de la política tradicional, como sucedió también en Francia con Emmanuel Macron o en España con Pablo Iglesias, es algo que responde al desencanto de los ciudadanos respecto a las expectativas insatisfechas en materia social. Los estados de bienestar que fueron desmantelados tanto en la Unión Europea como en los Estados Unidos por las políticas de Reagan y Tatcher trajeron como resultado el auge de nacionalismos de extrema derecha como Le Pen en Francia, sucesivas derrotas electorales de los partidos socialdemócratas o de centro-izquierda (Brexit incluido),  así como populismos neofascistas tipo Trump. Por otra parte, la crisis ecológica provocada por el cambio climático que a su vez es consecuencia del consumismo y del extractivismo depredador de los recursos naturales que fomenta este tipo de capitalismo desregulado o “salvaje” agrava la situación.  Si a lo anterior le agregamos que, en un país como Chile las nuevas clases medias demandan desde mejores servicios públicos hasta la gratuidad en la enseñanza superior es claro que las condiciones para el aparecimiento de una nueva dirigencia política estaban dadas.

Según Boric hay que “cuidar la democracia”, hacerla más participativa y llevar la voz del pueblo al palacio de gobierno pues “todo crecimiento que se asienta en la desigualdad tiene pies de barro”.  Además para hacer frente a la crisis climática que ya está afectando la vida de todos y perjudicará a las futuras generaciones hay que detener los “poderes irracionales”  que destruyen ecosistemas enteros utilizando un “mal concepto de desarrollo”. Para todo ello se requiere de responsabilidad fiscal y un incremento en la tributación de los más ricos, además del compromiso de establecer un nuevo tipo de relación con los pueblos originarios reconociendo su derecho “a mirar el mundo desde otras perspectivas lingüísticas y culturales”. En suma, a nuestro juicio el principal desafío de Boric  es el de regular los mercados,  domesticando al capitalismo.  Y, por supuesto, la victoria de este nuevo tipo de izquierda democrática en Chile  habrá de tener importantes repercusiones en el resto de América Latina. Gustavo Petro en Colombia o Lula da Silva en Brasil pueden beneficiarse de ello.  Pronto veremos  lo que nos depara el futuro.

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