Esta madrugada, a las dos horas con treinta y dos minutos, falleció el Arzobispo Metropolitano Óscar Julio Vian Morales, quien no sobrevivió al cáncer que le había sido diagnosticado, dejando un sentimiento de pesar en el pueblo católico, especialmente, y entre todos los guatemaltecos en general. Hombre de Dios, dedicado al servicio apostólico; el prelado se distinguió por su sencillez, tan a tono con lo que el Papa Francisco ha pedido a su Iglesia, y la franqueza para referirse a los temas de la vida diaria, especialmente categórico, igual que el Pontífice, fue en el tema de la corrupción que ha hecho tanto daño al país.

Bajo el pontificado del Papa Francisco se ha dado especial valor al sacerdocio de calle que contrasta tanto con el de boato que llegó a ser tan propio de la jerarquía eclesiástica en muchos lugares del mundo y Monseñor Vian, formado en la escuela de los salesianos de San Juan Bosco, actuó siempre con esa sencillez que tanto le enalteció y que fue ejemplo para muchos, aunque también valió para que otros le mostraran poco aprecio, para decir lo menos.

Semanalmente el Arzobispo comunicaba a la feligresía sus reflexiones que siempre fueron profundas y propias del momento que se vivía y la prensa consultaba su opinión sobre asuntos mundanos sobre los que opinaba con absoluta franqueza. En ambos casos orientaba a la población sobre la necesidad de encuadrar nuestra vida material con el sólido criterio espiritual de la fe y lo hacía sin aspavientos y jamás pensando en figurar, mucho menos en acaparar espacios para su propia gloria.

El fallecimiento de Monseñor Vian obligó a la Arquidiócesis a modificar las programaciones que se habían hecho para la conmemoración de la Cuaresma y ahora se entra en un período de duelo en el que se produce una Sede Vacante hasta que su Santidad el Papa designe al nuevo Arzobispo.

Expresamos nuestra condolencia a toda la feligresía católica de Guatemala que ha perdido a un Buen Pastor, sinceramente preocupado por sus ovejas y que predicó con el ejemplo esa maravillosa sencillez que hace tan especial el ejercicio de la autoridad apostólica y que va tan a tono con los tiempos marcados por la actitud de un Papa también sencillo, franco y directo, tan comprometido con el sentido de la fe que debe darse a la vida diaria y con la necesaria denuncia de la corrupción que campea por el mundo y de la que tampoco ha sido ajena, tristemente, nuestra misma Iglesia.

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