Luis Fernández Molina
Marcelino vino al mundo en tiempos turbulentos, en 1789. Una fecha esculpida como granito, pues marca el estallido de la Revolución Francesa. Una verdadera transformación que habría de reorientar el destino de todas las naciones. En Francia la convulsión y anarquía eran incontenibles. Tal era la anarquía que Marcelino nunca fue a la escuela formal –valga la ironía–; recibió clases en casa con una tía, monja, que se refugiada en la casa familiar porque perseguían a los religiosos y destruían los templos y conventos.
Su padre, Juan Bautista era un hombre muy honesto que trabajaba un pequeño molino y realizaba las actividades propias del campo. Fue nombrado juez de paz y “jefe de la guardia nacional” de su pueblo, La Valla (“lavalá”), cerca de Lyon. Como autoridad supo mantener equilibrio entre las radicales disposiciones revolucionarias y el orden social, por lo que en esa región los daños fueron menores. Pasada la efervescencia de la revolución llegaron las guerras encabezadas por el general corso. Francia seguía en la agitación y combatiendo con las naciones europeas.
Era el noveno hijo de los diez de la familia. A falta de clases formales se dedicó a cuidar rebaños, pero finalmente, a los 10 años, se inscribió en la escuela de Marlhes pero se retiró cuando vio cómo el profesor golpeaba y abofeteaba a los alumnos. A sus 15 años descubrió su llamado al servicio religioso y se inscribió en el Seminario de Verrieres aunque apenas podía escribir y hablaba el dialecto local más que el francés. No le fue bien, era mayor que sus compañeros y poco diestro en aprender las lecciones. Hizo gran esfuerzo y finalmente se trasladó al Seminario Mayor de Lyon. A sus 27 años fue ordenado sacerdote.
Entre sus compañeros seminaristas estaba la inquietud de formar una orden de sacerdotes, la Sociedad de María. Marcelino se orientaba más por una orden de hermanos –no padres– que se dedicaran de lleno a la educación de niños y jóvenes con especialidad en la educación y la devoción a la Virgen María (de allí el nombre “maristas”). Tuvo que superar resistencias y oposiciones, pero al fin recibió la aprobación. Lo demás es historia expansiva. La Santa Sede les encomendó la evangelización del Pacífico Sur, por ello hay muchas instituciones maristas en Australia, Nueva Zelanda y otras islas de Oceanía; pero están en muchos países de Europa, en casi toda América Latina, en Estados Unidos, Filipinas, varios países de África. En silencio y humildad, han ido haciendo su gigantesca labor de hormiga.
A Guatemala llegaron a mediados del siglo pasado. Al principio con el Colegio de Infantes, pero en pocos años se independizaron. Con mucha visión adquirieron en la zona 5 un predio grande, muy grande, pues comprende dos campos de fútbol, más de 10 canchas de basket, otras de volley y en el área central, una amplia capilla, una primorosa construcción que es lo más cercano que tenemos en estas latitudes de la Capilla Sixtina; grandes murales y frescos adornan el techo y las paredes.
Me di a la tarea de recopilar nombres de exalumnos maristas. Una lista interminable; incluye a tres presidentes, más de 20 ministros, grandes empresarios, embajadores, muchos profesionales, intelectuales, etc. Pero realmente ello no es lo importante. Cuanto importa son esas promociones de hombres de bien que se forjaron iluminados por el “Ángel del faro”, bajo la égida de los hermanos vestidos de sotana negra con cordón, cuello duro y un gran crucifijo en el pecho.
Murió el 6 de junio, de 1840. Gracias san Marcelino por inculcarnos la devoción a la madre de Jesús.







