Por Heidy Gramajo
La Ciudad de los Minotauros es la más reciente publicación de Carol Zardetto, una novela editada por el sello Alfaguara que sirve de pretexto para generar esta entrevista con la escritora guatemalteca.
Un nuevo escenario y la seguridad que da el anonimato de saberse en una gran ciudad fulgurante como Nueva York, despierta súbitamente una oleada de gozo y un recóndito entusiasmo de sentirse vivo a Felipe Martínez -personaje principal de la novela-. Este viaje colmado de encuentros y desencuentros, de amores idílicos, de choque de culturas; es una odisea en donde el enfrentarse al intenso oleaje de la soledad conlleva indiscutiblemente a un proceso de transformación, que despoja de máscaras y explota la burbuja de la costumbre y la comodidad, para adentrarse en el laberinto del redescubrimiento y de sus propias contradicciones.
Felipe Martínez, llega a Nueva York con la expectativa de tomar distancia de su realidad y de sí mismo, su excusa para este emprendimiento es ir a estudiar un curso de guión cinematográfico, para esto alquila un apartamento compartido con la idea que su compañero sería un hombre, para toparse con la sorpresa que su compañera resultaría ser una mujer llamada Toni, y ella, será el hilo conductor fundamental en el desarrollo de la novela.
La Ciudad de los Minotauros, llega a ser una novela un tanto explicativa en su manera de narrar, con unos cambios de fuente desconcertantes, insinuando la incapacidad del lector para distinguir los cambios de narrador, sin embargo cabe resaltar que la autora muestra una narración honesta, y por momentos visceral, alejada de cualquier pretensión.
Me pareció importante conocer la opinión de Carol Zardetto, respecto a algunos temas que se desarrollan dentro de la novela, a continuación presento sus respuestas a mis inquietudes…
En una parte del libro hay una frase que dice: «Madame Bovary, c’est moi», lo dice Flaubert. ¿Será Felipe Martínez un juego de espejos, un encuentro con Carol Zardetto?
Milán Kundera explica que un personaje es un «ego experimental» para un autor. En la ficción existe una curiosidad, un deseo de penetrar el misterio del otro a través de construir un ego imaginario. De la mano de un ego imaginario un autor puede experimentar la vida con otras herramientas emocionales, con otras posibilidades, con otras limitaciones y tragedias.
¿Significa eso que dentro de cada uno de nosotros habitan muchas distintas perspectivas frente a la experiencia de vivir? Sí. Me parece que cada uno de nosotros pudo haber sido otro. Pero eso depende de las circunstancias. De haber nacido con otras piezas para jugar el juego de la vida.
En ese orden de ideas, Carol Zardetto es la persona y sus circunstancias. Por eso no soy Felipe Martínez, aunque en el plano de la ficción pude imaginarme en sus zapatos y sentir la vida desde su experiencia vital. Un personaje termina siendo un espacio de libertad: piensa y hace cosas que el autor no haría de la misma manera porque sus propias escogencias y su personalidad, son limitantes.
El caso de Flaubert es un ejemplo: vivió a través de Madame Bovary una personalidad extrema, fantasiosa, capaz de llegar al límite en su apasionada entrega al deseo de vida. Pero esas posibilidades no estaban en la mano del propio Flaubert.
Felipe en la novela reconstruye la historia de un hombre Ixil llamado Shas. Es esta, la visión de quien se aleja de su país y estando en esa metrópoli imponente que es Nueva York, toma consciencia de las profundas heridas que han marcado la historia de Guatemala. ¿Cree Zardetto que esa falta de interés proviene de una sociedad que se niega a sí misma por un factor colonizador o en dónde ubica usted la raíz de ese actuar del ciudadano guatemalteco?
Claro. Todos estamos colonizados por la cultura. Cuando esta colonización implica la imposición de una raza sobre otra con una específica finalidad de explotación, existe una ideología que se construye para justificarlo. Un desprecio por aquello que se conquista y somete. Una prohibición implícita de mirar al otro como igual. Esa prohibición termina siendo una prohibición de amar. Cuando esto sucede, la sociedad se segmenta: una porción de la sociedad es dominante. Sus gustos, su cultura, sus hábitos son deseables. La otra se marginaliza y se estigmatiza. Mi novela pretende sacar de la invisibilidad este problema, sustantivo. Cuestionar el papel que ha jugado el mestizo urbano en darle sostenibilidad al sesgo racista e intentar explicar las raíces del desvío. Espero que contribuya a abrirle grietas al muro del racismo.
¿Piensa que Toni (la mujer misteriosa que comparte el apartamento con Felipe y a su vez viven un idílico encuentro), es una especie de Ariadna que suelta el hilo en el laberinto de la infinita babilonia de Nueva York, para luego regresar a Martínez al punto de partida, luego de haberse enfrentado al Minotauro, que bien podría ser él mismo?
Toni es un objeto del deseo. Y digo objeto porque el amor romántico en su idealización del otro, lo cosifica. El amor romántico esconde el deseo fálico de conquistar al otro, de poseerlo de la manera en que lo imaginamos sin jamás percatarnos de quién es realmente. En otras palabras, se trata de la vieja leyenda de Cupido, donde el amor es ciego. Este tipo de amor idealizado y fantasioso nos separa de la posibilidad de encuentro con el otro y, desafortunadamente, nos empuja a destruir lo que creemos amar.
Así que Toni es un pretexto. Felipe necesita experimentar cómo el mundo se resquebraja para empezar a ver. Es el viaje del héroe. La destrucción de las formas nos lleva a ganar consciencia de una verdad profunda que nos puede salvar.
En ese sentido, Toni es una Ariadna, aunque involuntaria. Alguien que el azar pone en el camino y que provoca una transformación interior mediante la ruptura y la destrucción. Y, ciertamente, los minotauros son todos aquellos deseos inmanejables e irresueltos que encerramos en laberintos, pero que demandan toda la energía de la que disponemos para mantenerlos en control. Destrozar las paredes del laberinto y que salgan fuera los minotauros es una forma de iniciar un proceso de sanación.
Por eso, La ciudad de los minotauros pretende eso: sacar fuera de la invisibilidad el minotauro racista que nos habita, sacar fuera el minotauro fálico cuyo afán no es amar sino conquistar al otro, poseerlo de la manera en que lo imaginamos e idealizamos por medio de las «formas» que nos enseñaron a desear. Y la ciudad propicia eso: los encuentros y sus desenlaces.
Sobre la escritora
Carol Zardetto es una escritora guatemalteca que ha experimentado con distintos géneros literarios. En al año 2004 fue galardonada con el premio Mario Monteforte Toledo por su novela Con Pasión Absoluta. Asimismo es abogada y Licenciada en Letras, fue Viceministra de Educación y Cónsul de Guatemala en Vancouver.
Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
Fragmento de «La casa de Asterión», Jorge Luis Borges.
El amor romántico esconde el deseo fálico de conquistar al otro, de poseerlo de la manera en que lo imaginamos sin jamás percatarnos de quién es realmente.











