0:00
0:00

Creo y sin ofender a nadie, que la esperanza no es una emoción pasiva que se recibe, sino una construcción activa que se labra. Dar esperanza me suena más a esperar, eso suena a degradarla a una mera herramienta de apaciguamiento emocional. 

Toco esto porque recientemente discutí esto con políticos salubristas y un religioso y llegamos a esta conclusión. 

La esperanza como diálogo interno individual colectivo descansa en dos cosas en dos fuerzas que no deben oponerse:   1º La de los deseos y las pasiones (el impulso): Es la fuerza vital, el Eros, la chispa que proyecta al ser humano hacia adelante, que niega y se resiste a un presente estéril y demanda un futuro. Sin ella, la esperanza carece de motor; se queda en una fría especulación teórica. Es el «querer que algo sea». Y eso no es esperanza. 2º El ala de la reflexión, el pensamiento y el conocimiento (el timón): Es la capacidad de discernir, de evaluar la realidad, de integrar la memoria histórica, la prudencia y la comprensión del mundo. Es la que evita que el deseo se convierta en mera ilusión infantil o en desesperación ciega.

Cuando el deseo y la reflexión entran en un diálogo riguroso (que necesita de información y verdades rigurosas), ocurre la alquimia para alcanzar la esperanza a través de la acción: la esperanza deja de ser un espejismo emocional y se convierte en un producto de la sabiduría que conduce a una lucidez operante.

Nadie puede «dar» esa esperanza genuina desde una tribuna o un cargo (estábamos hablando más que nada de política electoral, pero igual sucede en otros ámbitos), porque al ser fruto del discernimiento y la experiencia propia, solo puede cultivarse de manera interna y comunitaria a través del ejercicio del pensamiento crítico y la voluntad. 

En tiempos políticos donde abunda tanta retórica hueca que pretende administrar las expectativas ajenas, recuperar la esperanza como un acto de madurez intelectual y anímica es un ejercicio de resistencia. 

Cuando el debate sobre la esperanza se traslada del plano antropológico al espacio público –especialmente entre políticos, religiosos y salubristas–, el término suele corromperse hasta convertirse en un eufemismo de la propaganda o en una coartada tecnocrática. 

El político, el gestor sanitario y el religioso que pretenden «dar» esperanza operan desde una posición de asimetría. Reducen a la ciudadanía, al enfermo, al creyente a receptores pasivos; a individuos que esperan una receta o el cumplimiento de una promesa. En cambio, cuando el espacio público se edifica sobre la sabiduría –es decir, sobre el rigor técnico, la verdad histórica, el reconocimiento honesto de la crisis y la deliberación madura–, la esperanza deja de ser una dádiva condicional. Se convierte en una construcción colectiva y vinculante.

El religioso fue categórico: en los Evangelios Jesucristo jamás plantea una pasividad devota ni exige que se espere todo de una sumisión ciega a su figura o a un dogma institucional. Al contrario –decía, sacude al individuo y lo convoca a la corresponsabilidad: al primado de la acción y el discernimiento: Las parábolas premian el uso activo de la inteligencia y los recursos propios. En los encuentros de Jesús con los enfermos o los pecadores, la curación o la transformación rara vez se presentan como un acto mágico unidireccional; casi siempre se apelaba a la disposición interna del otro («tu fe te ha salvado»), entendiendo la fe no como asentimiento dogmático, sino como lucidez y apertura vital. Cuando se le interrogaba sobre cuándo llegaría el Reino de los Cielos, la respuesta es: «El Reino de Dios está entre vosotros» (o dentro de vosotros). Es una llamada a contribuir a transformar la realidad desde el discernimiento ético, no a esperar que caiga estructurado desde el poder celestial ni terrenal.

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

post author
Artículo anteriorHomenaje de despedida al embajador de Cuba en Guatemala
Artículo siguienteEs urgente que organicemos la Resistencia Nacional al Mal (I)