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Decía yo ayer que las élites de 1821 aún no eran tan poderosas y que hoy explicaría qué las hizo poderosas y por qué nos siguen explotando. Empiezo por Quetzaltenango, porque ahí se ve el truco con claridad, pero también es mi tierra, el lugar donde dejé el ombligo, tierra de mi padre y madre, de mis abuelos y tatarabuelos.

Quetzaltenango no nació ciudad. El mexicano Jorge González Alzate lo documenta en su tesis de doctorado de la UNAM: en 1683 era un pueblo quiché (k’iche’) con 920 familias indígenas y apenas 53 no indígenas. Un siglo después ya era “el pueblo más famoso, rico y comerciante de todo el Reino”. Hacia 1814 tenía cerca de once mil habitantes: mitad indígenas, mitad ladinos. En 1825 el gobierno federal le concedió el título de ciudad. “De pueblo indígena a ciudad multiétnica” es el título del hermoso trabajo de doctorado de González Alzate. Eso no es folklore. Es investigación social objetiva que describe una serie de prácticas sociales capaces de acumular capital político, económico y principalmente, capital cultural. Así se construye la historia: acumulando. Pero también acumulando métodos para que el Pueblo no se libere.

¿Cómo se acumula? Tierra, matrimonio y mercado. El trigo, el textil, el aguardiente, el contrabando con la costa y con Chiapas, el control de las redes que alimentaban a la capital. Arturo Taracena Arriola reconstruye la biografía colectiva de esa élite: composiciones de tierra, alianzas matrimoniales entre criollos y ladinos, un Ayuntamiento de españoles desde 1806. Ellos no esperaron a 1821 para ser clase. 1821 les sirvió a la elite quetzalteca para dejar de ser provincia de la ciudad de Guatemala.

Porque esa es la otra independencia, la que la escuela no enseña. González Alzate es preciso: para los quetzaltecos, independizarse de España no significaba gran cosa si las cosas se mantenían igual. Querían autonomía frente al monopolio comercial de la capital. Por eso, apenas firmada el acta del 15 de septiembre, Quetzaltenango se mueve hacia el Plan de Iguala y hacia México. No por amor a Iturbide. Por odio al centralismo chapín. Ya a finales de 1700 se establecía esa relación de tensión con lo “chapín”, de tal forma que si Usted lector le pregunta a un quetzalteco si es chapín, le dirá que no. Le dirá que es quetzalteco, chivo o guatemalteco, pero no chapín.

Eso explica por qué desde inicios de septiembre ondean en el centro de Quetzaltenango banderas del Estado de los Altos con la bandera de Guatemala. De hecho, la independencia de 1821 genera una contradicción interna aun en la actualidad en Quetzaltenango, porque en aquel entonces, como hoy, se quería independencia de España y, al mismo tiempo, independencia de Guatemala. Dos separaciones en un solo golpe.

Por eso un visitante no entiende las banderas de Los Altos junto a la de Guatemala. Yo sí. Quetzaltenango sigue atado a aquel Estado. Pero atado como memoria de élite, no como proyecto de Pueblo. Los Altos no fue liberación de los k’iche’, los mam, los tz’utujil. Fue la segunda vez que un grupito se adelantó al Pueblo: primero en 1821 contra España y contra la capital; después en 1838 contra Guatemala, sin incluir a quienes habitaban la mayoría del territorio que decían representar.

México tuvo a Hidalgo, mito incompleto, pero mito de levantamiento. Nosotros tuvimos cabildos, tratados y banderas. Ciertamente tuvimos a Cirilo Flores, pero fue linchado y asesinado en su propio pueblo por su propia gente, Quetzaltenango. Tuvimos a Carrera. No tuvimos un Hidalgo filosófico. Por eso, hasta que no entendamos a la farsa de la independencia de 1821 y construyamos nuestra verdadera historia, no seremos libres, porque los dueños de la finca nos aplican el método una y otra vez. Es el método de adelantarse al Pueblo para que el Pueblo no llegue. Eso fue en 1821, 1838, 1897, 1944, 1996, 2015.

Hasta mañana, queridos lectores.

Nota: Me he apoyado en Jorge González Alzate, La experiencia colonial y transición a la independencia en el occidente de Guatemala. Quetzaltenango: de pueblo indígena a ciudad multiétnica, 1520-1825 (UNAM, 2015), y en Arturo Taracena Arriola, Invención criolla, sueño ladino, pesadilla indígena: Los Altos de Guatemala de región a Estado (1740-1871). Y en lo que he escrito antes en estas páginas: 1821 no mejoró la vida de la mayoría; Los Altos tampoco.

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