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Cada septiembre nos llenamos la boca hablando de Guatemala.

Banderas, himno, marchas, desfiles y orgullo patrio. Y después compramos bolsas de agua para lanzárnoslas unos a otros.

¡Qué curioso patriotismo!

Porque mientras para algunos una bolsa de agua potable es una broma que dura treinta segundos, para otros guatemaltecos conseguir agua suficiente para beber, cocinar o producir alimentos sigue siendo parte de la vida cotidiana.

Y no estoy hablando de una percepción.

Los datos oficiales dicen que solo el 70 % de la población reportó haber tenido agua suficiente para beber cuando la necesitó durante el último mes. En el departamento de Guatemala la cifra llega al 83 %, pero en Jalapa baja al 56 %. Cuando hablamos de fuentes de agua mejoradas, la brecha también es brutal: 82 % en Guatemala frente a 47 % en Alta Verapaz.

Y hay algo todavía más grave: 52 % de la población consume agua de fuentes contaminadas con materia fecal.

Así que sí: podemos seguir hablando de patriotismo. Pero quizá deberíamos preguntarnos primero qué clase de patria estamos celebrando.

Porque este septiembre no llega en cualquier momento.

El INSIVUMEH ha advertido que para agosto de 2026 a marzo de 2027 existe una probabilidad de entre 95 % y 100 % de condiciones asociadas a El Niño. Para agosto-octubre se proyectaron lluvias por debajo de los valores climatológicos esperados, especialmente durante la segunda mitad de la época lluviosa.

Además, ya se habían registrado déficits de precipitación de 29 % en la región Pacífico y Altiplano Central y de 17 % en Occidente.

Y no es solamente una cuestión de cuánta lluvia cae del cielo.

En el pronóstico hidrológico para agosto-octubre, el INSIVUMEH estimó caudales muy bajos para el río San Pedro durante agosto y caudales por debajo de lo normal para los ríos Coyolate y Ostúa durante agosto y septiembre.

Esto importa porque el agua no significa únicamente lluvia.

Existe la sequía meteorológica, cuando las precipitaciones son inferiores a lo esperado.

Está la sequía agrícola, cuando la humedad disponible deja de ser suficiente para los cultivos.

Está la situación hidrológica, relacionada con el comportamiento de ríos, lagos, embalses y aguas subterráneas.

Y está la realidad más sencilla de todas: abrir un chorro y descubrir que no hay agua suficiente.

Son fenómenos distintos, pero están conectados.

Y mientras todo eso ocurre, en septiembre habrá personas comprando agua potable para tirársela encima a otras personas.

Ahí está la contradicción.

Nos encanta hablar de Guatemala como si fuera una abstracción: “la patria”, “mi Guatemala”, “qué orgullo ser guatemalteco”.

Pero la patria real no es una palabra.

La patria real es la señora que necesita agua para preparar la comida. Es el niño que necesita agua segura en su escuela. Es la comunidad que depende de un nacimiento. Es el agricultor que mira el cielo porque su cosecha depende de que la lluvia llegue cuando tiene que llegar. Es la familia que no puede darse el lujo de que el agua simplemente “se desperdicie”.

Para ellos, el agua no es un accesorio de la fiesta. Es la fiesta que les permite seguir viviendo.

Y aquí es donde deberíamos dejar de hacernos los ingenuos. Porque alguien dirá: “Pero es solo una bolsa”.

Sí. Una. Después otra. Después otra. Miles.

Y detrás de cada bolsa hay agua potable desperdiciada y un pedazo de plástico que terminará en una calle, una cuneta, un drenaje o, eventualmente, algún cuerpo de agua.

Después vendrá la lluvia —cuando llegue— y arrastrará buena parte de esa basura.

Y cuando tengamos drenajes obstruidos, contaminación o inundaciones, volveremos a decir que “la naturaleza nos está castigando”.

No. Muchas veces la naturaleza no nos está castigando. Nos está devolviendo lo que irresponsablemente le tiramos.

Tampoco se trata de prohibir las fiestas patrias.

Celebremos. Comamos. Bailemos. Desfilemos. Cantemos. Pintemos las calles de azul y blanco.

Pero dejemos de confundir alegría con desperdicio.

Porque tirar agua potable por diversión no es patriotismo. Dejar basura después de una celebración no es patriotismo. Quemar residuos no es patriotismo. Llenar los drenajes de plástico no es patriotismo. Y convertir nuestros ríos, lagos, parques y calles en el basurero de una fiesta tampoco lo es.

La patria no se demuestra con lo que gritamos durante un desfile. Se demuestra con lo que estamos dispuestos a cuidar cuando nadie nos está mirando.

Y aquí aparece una pregunta todavía más incómoda:

¿por qué tendría que importarnos el agua que desperdiciamos en septiembre?

Porque no todos tenemos el mismo acceso a ella. Porque no todos vivimos en el mismo territorio. Porque no todos tenemos el mismo poder adquisitivo. Porque no todos dependemos de una red municipal. Porque no todos podemos abrir un grifo y asumir que mañana volverá a salir agua.

Y porque cuando el recurso escasea, la desigualdad también se moja.

Los que tienen más capacidad económica pueden comprar agua, almacenarla, transportarla o buscar alternativas. Los que tienen menos simplemente tienen menos opciones.

Por eso el agua no es solamente un asunto ambiental. Es un asunto económico. Es un asunto social. Es un asunto de salud pública. Es un asunto de seguridad alimentaria. Y, sobre todo, es un asunto de justicia.

Este 15 de septiembre podríamos hacer algo revolucionario: celebrar sin desperdiciar.

Llevar nuestra propia botella. No comprar bolsas de agua para lanzarlas. Recoger nuestros residuos. No quemar basura. No dejar plástico en las calles. Respetar los ríos, lagos y áreas verdes.

Y enseñarles a nuestros niños que querer a Guatemala no significa únicamente ponerse una bandera en el pecho.

Significa entender que hay recursos que compartimos con personas que ni siquiera conocemos.

Porque esa es la verdadera prueba de ciudadanía: qué hacemos con aquello que podríamos desperdiciar sin que inmediatamente nos afecte.

Nos gusta decir que Guatemala es nuestra casa.

Entonces actuemos como si lo fuera.

Porque si para celebrar nuestra independencia necesitamos desperdiciar el agua que otro guatemalteco podría necesitar para beber, producir alimentos o simplemente vivir, quizá deberíamos replantearnos qué significa realmente decir:

“¡Viva Guatemala!”

Que viva, sí. Pero que tenga agua. Que tenga ríos. Que tenga cultivos. Que tenga comunidades con agua segura. Que tenga niños que puedan beberla sin enfermarse. Que tenga ciudadanos capaces de entender que los recursos naturales no son infinitos.

Y que tenga una generación que comprenda algo que parece elemental, pero que todavía nos cuesta muchísimo: amar a la patria también significa no desperdiciarla.

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