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Las teorías de origen todas tienen el mismo problema: Son controversiales. ¿Será que Génesis 1:1 describe el origen de la Tierra? ¿Será que el Big Bang es el verdadero origen del Universo? ¿Será que la vida solamente se originó en la Tierra? ¿Será que el lago de Atitlán se originó luego de una erupción de un megavolcán hace 86 mil años? ¿Será que Quetzaltenango se originó con Pedro de Alvarado?

Lo cierto es que cualquier teoría de origen es de por sí controversial.

A pesar de lo controversial de las teorías de origen, la naturaleza, el universo, en este caso las sociedades, todos, todos van dejando huellas que podemos explorar y eso refleja la diversidad de nombres de este valle donde vivo yo, donde vivieron mis papás, mis abuelos, mis tatarabuelos.

Este pueblo de Quezaltenango ha tenido varios nombres: Esta cadena de nombres —Culahá, Tqui Já (Tquel A’), Xelajuj Noj, Quesaltenango, Quezaltenango y finalmente Xelajú, esto es, Quetzaltenango, la ciudad de la Estrella, la Cuna de la Cultura. Este no es un simple listado de topónimos. Es la huella de capas históricas superpuestas sobre el mismo valle. Hace más de mil años el territorio era mam y se conocía como Culahá. Los quichés lo conquistaron y lo reorganizaron como Xelajuj Noj, un calpul bajo la órbita de Q’umarkaj. Cuando llegó el ejército nahua-español en 1524, el nombre se transformó otra vez, impuesto por los aliados tlaxcaltecas y mexicas: Quetzaltenango, “la muralla del quetzal”.

La conquista no fue un solo acto. Según el Título del Ajpop Huitzitzil Tzunún (editado por Francis Gall en 1963), la primera batalla se libró en Xetulul (San Francisco Zapotitlán). Días después, en el Llano del Pinal, cayó Tecún Umán ante los ojos de su compañero Huitzitzil Tzunún. El documento es tajante: el caudillo k’iche’ existió y murió allí. Gall, sin embargo, advierte que el título —escrito en 1567 o copiado después— fusiona dos momentos distintos: la derrota militar de 1524 y la rendición definitiva de 1529 en las faldas del volcán Santa María. Solo entonces, el 15 de mayo de 1529 (víspera de Pentecostés), el asentamiento quedó bajo la advocación del Espíritu Santo. El obispo Marroquín midió el terreno de la primera iglesia en 1532. Juan de León Cardona aparece ya como uno de los primeros conquistadores que recibió tierras en la zona.

Carlos Fredy Ochoa, en Xelajuj en la historia antigua, recupera el mismo título y lo pone en diálogo con el de los Ixkot y otros documentos k’iche’s. Lo que emerge no es la imagen de una gran ciudad monumental prehispánica bajo el actual centro de Xela, sino la de un calpul —una unidad sociopolítica con tierras, principales y memoria propia— que los españoles reorganizaron. El nacimiento de Quetzaltenango fue, por tanto, complejo: una fusión forzada entre k’iche’s, mam residuales, mexicas, tlaxcaltecas y castellanos, acelerada por las epidemias que diezmaron a la población indígena.

La aparente victoria española no se limitó a las batallas. Fue también el triunfo de virus desconocidos y de una nueva religión que, poco a poco, se entretejió con las antiguas creencias. Los k’iche’s del valle se adhirieron al catolicismo, aprendieron el castellano sin abandonar su lengua y, al mismo tiempo, conservaron la memoria de Culahá y de Xelajuj Noj. Esa tensión —entre el sometimiento y la persistencia— es el verdadero origen de la comunidad que hoy conocemos.

Para 1700 ya se perfilaba una identidad regional fuerte. Los viajeros dibujaban a Quezaltenango como el centro de un territorio que miraba hacia Chiapas, el Soconusco y el altiplano occidental. En el siglo XIX esa identidad se tradujo en luchas concretas: la independencia, el Estado de Los Altos y el permanente deseo de autonomía que atraviesa la historia quetzalteca.

Quetzaltenango no nació de un solo golpe de Pedro de Alvarado. Nació de la superposición de Culahá, de Xelajuj Noj, de las batallas de 1524, de la rendición de 1529, de los títulos que los principales escribieron para defender sus tierras y de las epidemias que transformaron para siempre el valle. Es una ciudad de nombres múltiples porque es una ciudad de memorias múltiples. Y esa complejidad, lejos de ser un problema, es su verdadera riqueza.

Es una lugar descrito por guerreros y poetas, de letras que quizá nunca lleguen a nuestros ojos llorosos cuando recordamos de dónde venimos, de donde somos, es el lugar que marca culturalmente a cualquier visitante, es el lugar donde se grita y se pelea por la libertad y la poesía con la misma intensidad, porque como dice el poeta Víctor Villagrán Amaya: el alma la tienes sencilla.

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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