Y para qué hacer caso

El riesgo de mayor daño de la pandemia está en todas partes, incluso en los hospitales donde –a opinión de la gente- se corren más riesgos que de curación y dificultad de ser atendidos. Foto la hora: Ap

Alfonso Mata

El 13 de marzo en medio de olas tumultuosas de chismes y verdades, como un ruido sordo, apareció aquella amenaza de la naturaleza gestándose lentamente: SARSCoV-2 erosionando toda la actividad humana nacional, con su predilección por la tercera edad pero atacando a todos.

Esa construcción literaria, se sabe que ha arruinado luego de seis meses la vida humana de todos los grupos sociales y amenazado su estabilidad y estilo de vida y, en consecuencia, la salud de toda la población. Las autoridades públicas se han declarado sensibles a la cuestión, pero permanecen en el campo de la acción errando en solucione certeras ya sea consciente como inconscientemente, a veces en provecho de algunos y favoreciendo privilegios, a veces indecisos e incluso muchos atropellos a la constitución se han dado en los poderes del estado sin que se haga nada.

Un peligro se eleva sobre la nación a la par del comportamiento de la pandemia y tiene que ver con la actividad económica y comercial poniendo dos caras a la situación bañado por engañosos monopolios e intereses y realmente darle solución a todo ello es casi que un imposible.

En aspectos de salud, que son los que nos interesan aquí, tras un mercado farmacéutico engañoso y con monopolio y con un proceso de acceso y distribución totalmente anómalo de parte de las instituciones de salud, población y pacientes, se ven en la necesidad y probabilidad de automedicarse, saben que también pueden – más fácilmente y en un periodo de tiempo – conseguir consejos y curas en mercados y calles donde comerciantes de salud sedentarios o itinerantes les brindan apoyo aunque ignoren la composición química de la droga, sobre su principio activo.

Por consiguiente podemos llegar a una conclusión: el riesgo de mayor daño de la pandemia está en todas partes, incluso en los hospitales donde –a opinión de la gente- se corren mas riesgos que de curación y dificultad de ser atendidos. En estos lugares carentes de equipamiento médico, la plétora y excesiva promiscuidad entre pacientes de todo tipo de dolencias, si no complican el proceso de atención y curación de COVI-19, ¿cómo no asumir que tienen un gran riesgo el paciente infectado? parte de la explicación en los muchos casos de muerte por una estancia hospitalaria más o menos prolongada no es entendida por la ciencia médica ni por la población. El hospital está consolidando una opinión pública cada vez más desencantada y que ve a toda costa que ahí sólo se va a una muerte pública, de la que debemos alejarnos, aunque signifique abandonarnos a un tratamiento de riesgo y entonces lo que tenemos ante la situación es una trasferencia de tráfico de enfermos entre clínicas privadas a los curanderos tradicionales o uso de medicina familiar tradicional, y aquí estamos de nuevo sumergidos en el corazón del riesgo. Por tanto, nada parece estar bajo control. Todo aquí parece estar bañado en incertidumbre.

En las afueras de las calles de la ciudad se multiplican los puntos de venta donde se aglutinan vendedores ambulantes de todo tipo, y personas que de ambulan por necesidad o por diversión bien y mal protegidas y el riesgo de tal cohabitación es escabrosa, sin duda conocido y percibido por las personas, pero en última instancia trivializado o lleno de conformismo pasmoso ¿irresponsabilidad, familiarización o simplemente nos hemos acostumbrado a ello, pero con un sabor a intrepidez?

Ante todo, debemos tener muy claro que a pesar de que el origen del riesgo en la COVID-19 es “natural”, el desastre en sí, es siempre una combinación de proceso natural y acción humana. Estos dos componentes se cruzan y se entrelazan. El riesgo solo se convierte en catástrofe con la presencia y acción del hombre. Resulta más que evidente que las sociedades humanas, su accionar, puede aumentar la escala de un desastre o, por el contrario, reducir sus impactos, o incluso reducir la probabilidad de que el fenómeno se desencadene. Ahora, surge una duda ¿las instrucciones de manejo de la pandemia y lo que corresponde a cada uno hacer en eso, están debidamente proporcionadas y detalladas por los servicios especializados del estado, con una población en que existe un buen número de personas prácticamente analfabetos? O entramos al campo del hábito, un tema de conducta.

El hábito, como sistema de disposición a la práctica, es un fundamento objetivo del comportamiento regular, por tanto de la regularidad del comportamiento, y si podemos predecir las prácticas (¿?) es porque el hábito es lo que hace que los agentes que están dotados de él, se comporten de una determinada manera en determinadas circunstancias. Evidentemente el obedecer a las instituciones de salud, es un hábito no frecuente, por lo que vemos y en nuestro medio existe, una tendencia a que en cuestiones de medicina preventiva, actuemos de manera irregular, de tal manera que cuando el principio se constituye explícitamente, no se toma su principio en una regla o una ley explícita, no tienen la fina regularidad de los comportamientos que se deducen de un principio legislativo en lugar de una conciencia: el hábito está vinculado a la vaguedad.

La espontaneidad generativa de faltas y compromisos que se afirma en el enfrentamiento improvisado con situaciones infinitamente desconocidas (el COVID-19 y su causa) obedece a una lógica práctica, la de la vaguedad, de lo aproximado, que define la relación ordinaria con el mundo: si me ven actúo bien, si no…quien sabe”.

Pero a todo esto se suma algo muy grave: un modo y estilo de vida de muchos que choca con los mandatos. Mire usted. En la lujuria vegetal guatemalteca usted puede ver la basta deforestación por cultivos extensivos, por los incendios, el uso de productos fitosanitarios tóxicos, nada de eso está libre de riesgo y son distintos los grupos humanos que hacen incumplimiento a lo normado y dictado contra ello, a pesar del daño que podemos ocasionar a terceros. Sin embargo, las instrucciones para la conservación y uso de estos productos y actos, están bien descritas y detalladas. Una vez más, muchos accidentes que producen esos riesgos que ocurren cada año, muestran que la acción pública y social, eso les viene del norte.

Es pues evidente que: “Los condicionamientos asociados a una clase particular de condiciones de existencia producen hábitos, sistemas de disposiciones duraderas y transponibles, estructuras planificadas para funcionar como principios, que generan y organizan prácticas y representaciones susceptibles de ser adaptadas objetivamente a su fin, sin asumir la aspiración consciente de fines y el dominio expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos, objetivamente “regulados” y “regulares” sin ser en modo alguno el producto de la obediencia a las reglas y, siendo todo eso, orquestado colectivamente sin ser el producto de la acción organizadora de un director. Cuando sobre ello caen una serie de regulaciones que chocan contra ello el resultado es más que evidente: la desobediencia. Los mandatos gubernamentales deberían considerar esto al emitir decretos y leyes.