Vocación sacerdotal

Vicente Chente Vásquez
Escritor

A mi amigo el escritor y periodista
Eduardo José Blandón Ruiz

Ricardo, hijo único, asistía seguido a la iglesia y sentía gran admiración por el colorido con que se desarrollaban las ceremonias. Le encantaba la vestimenta sacerdotal, tales como las artísticas casullas que variaban en colorido y diseño según la época, la ocasional alba, símbolo de castidad, las artísticas estolas, el cíngulo con hilos dorados y otras prendas, según la liturgia y la solemnidad del evento. Otro elemento que le llamaba la atención era el misal, libro sagrado de gran tamaño, de pastas gruesas y con letras doradas.

Le encantaba el sonido de las campanillas a la hora de la consagración o la cacofonía de las matracas para la Cuaresma. Asimismo, el altar lleno de flores, los grandes candelabros y las velas de titilantes flamas, las cortinas cayendo en cascadas, tal como si descendieran del cielo y la brillante custodia, cuando el Santísimo estaba expuesto para la veneración de los fieles y las infaltables imágenes del santoral católico.

Una de las imágenes de su predilección, por sentarse casi siempre en una de las bancas cercanas a su altar, era la del Arcángel San Rafael con su gran pescado a la par y el Ángel de la Guarda, representado en un cuadro, guiando a dos pequeños niños que cruzaban un puente. Este ángel, lo acompañaría toda la vida, lo guiaría y lo protegería de todo mal, así se lo habían asegurado sus padres.

Era tal el gusto que sentía por la iglesia y sus diferentes ceremonias, que cuando llegaba a su casa, pretendiendo emular al señor cura, elaboraba pequeños altares, usando para ello lo que su ingenio le dictaba y los medios que estuvieran a su alcance. En algunas oportunidades, valiéndose de botes de base cuadran de cinco, galones, delimitaba un área y simulaba una iglesia. Utilizaba pequeños palos, atravesados en la parte superior, que le servían para colgar diminutas cortinas, colocaba trozos de madera para simular las bancas, regaba pétalos de flores en el interior de la pequeña iglesia, según su imaginación y celebraba la santa misa. Les decía a sus padres que cuando fuera grande iba a ser cura.

Sus amados progenitores, aún a riesgo de que su descendencia se cortara con él, ya que como cura, debido a su juramento de castidad, no procrearía herederos, aceptaban su temprana decisión, ya que prometía ser un hombre de bien, principalmente en estos tiempos de tanta maldad.

Cuando llegó a la edad de aprender la doctrina cristiana para hacer la primera comunión, hizo su mejor esfuerzo, fue uno de los más sobresalientes y realizó el acto con fe, sintiéndose santificado y con la convicción de la existencia de un solo Dios, creador de todo cuanto existe. Lució, gracias a sus amorosos e ilusionados padres, un traje blanco hecho a la medida, acompañado de guantes, un pequeño libro blanco con letras doradas, un rosario con cuentas de cristal y portando una candela a la cual adornaba una moña blanca con la figura estampada de un cáliz dorado. Todo lo que requería la solemne ocasión.

Siempre con la idea de ser cura cuando fuera grande y servir al Dios del culto monoteísta a que pertenecía, solicitó ser acólito en los actos religiosos y lo consiguió con el beneplácito del cura, que sabía de su pretendida vocación. Cumplió a satisfacción con todas las obligaciones de su misión y es más, disfrutaba haciendo sonar una recién adquirida rueda a la que, durante la consagración, se le hacía girar por medio de una manivela y que alrededor tenía doce campanillas. Aún conservaba la inquietud y la alegría de la niñez.

Terminó los estudios de la primaria e ingresó a un colegio superior a sacar los básicos, lo que hizo con relativa facilidad, en el tiempo justo y siempre con la idea de ser sacerdote.

Al siguiente año, se inscribió en un instituto en busca del bachillerato y con la convicción que al terminarlo ingresaría al Seminario para cumplir con su acariciado sueño: Dedicar su vida al servicio del único y verdadero Dios. Pero dicen, que uno dispone y el diablo lo descompone. Sea esto cierto o no, por la nefasta influencia de sus compañeros de estudios, empezó a rendirle pleitesía a un dios del cual no había oído hablar: Baco, dios del vino y fue tal su entrega al servicio de este húmedo culto, que dejó por un lado su primario deseo, lo que aprovechó un ángel, no el Ángel Caído, como pudieran imaginarse, ni Ángel de la Guarda que lo acompañaba y lo protegía en su niñez, sino uno, que por su tamaño, más parecía un regordete y sonrosado querubín, que respondía al nombre de Cupido, quién con su actuar lo introdujo en el amor mundano.

Así que con el paso del tiempo, resultó rindiéndoles culto a otros dioses, anteriormente desconocidos para él: Eros, el dios griego de la atracción sexual y la fertilidad y Venus, la diosa romana del amor, la belleza y la fecundidad.

El pulcro y bien ornamentado tálamo fue el altar en donde, sin olvidar su vocación sacerdotal, realizaba los actos litúrgicos dedicados a Himeneo, dios griego del matrimonio. En el ejercicio de ese nuevo sacerdocio, no tenía necesidad de utilizar las vistosas vestimentas que en su niñez tanto le llamaban la atención y es más, prescindía de cualquier tipo de vestuario.

Debido a este culto politeísta, la descendencia de sus amorosos padres se vio proyectada hacia el futuro.