KEMONÏK CH’AB’ÄL / TEJER VOCES

¿Valemos lo mismo? (Primera parte)

Sandra Xinico Batz

sxinicobatz@gmail.com

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Sandra Xinico Batz
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Guatemala nación, es el resultado de una construcción de 495 años. Sus cimientos se formaron desde la violencia, la traición, la mentira, el genocidio, el militarismo y el terror. Guatemala no es un enigma; en su historia se encuentran las explicaciones, el origen de lo que estamos viviendo. El desprecio hacia la vida de las mujeres indias se ha venido perpetuando a través de una legitimidad social, que también fue construida en estos últimos cinco siglos, que se ha expandido a través de estructuras que son al mismo tiempo racistas, patriarcales y clasistas, que determinan la forma en que se nos trata y el lugar en el que nos ubican.

Una forma en que los españoles humillaban a los gobernantes de los pueblos que encontraban, desde los inicios de su llegada en 1492, era a través de la violación de las esposas de estos y frente a ellos. “El pago que dieron a este Rey y señor tan bueno y tan grande fue deshonrallo por la muger violandosela un capitan mal christiano: el que pudiera aguardar tiempo y juntar de su gente para vengarse; acordo de yrse y esconderse sola su persona y morir desterrado de su reyno y estado a una provincia que se dezia de los Ciguayos donde era un gran señor su vassallo.”, esto narraba Bartolomé de las Casas en “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, acerca de la incursión de los invasores a los reinos que habían en la Isla Española.

Durante la invasión, el Conflicto Armado Interno y hasta hoy, a las mujeres indígenas se nos ha venido asesinando con saña e impunidad. Desde entonces de forma continuada. Las mujeres del mundo compartimos, lamentablemente, el patriarcado; en el caso de Guatemala las mujeres compartimos, sea cual sea nuestra cultura, la misoginia; pero hasta en esto hay diferencias y es determinante la racialización, como ocurre con la invisibilización de los feminicidios de mujeres y niñas indígenas, cuyos casos no sólo son escasamente cubiertos por los medios de comunicación, sino que por las mismas condiciones de desigualdad y exclusión son menos registrados, porque las herramientas y/o procesos de denuncias no están al alcance o acordes a los contextos culturales de las víctimas. Tampoco significa que estemos pidiendo a gritos la cobertura de medios amarillistas sin ética, que para vender están dispuestos a revictimizar, sino que al hecho de que son casos ignorados o que poco resuenan, a pesar de que son tan terribles y atroces como otros que están ocurriendo, que deberían ser igualmente indignantes y necesarios de denunciar.

Los casos de feminicidios indígenas que llegan a resonar regularmente es por que implican altísimos niveles de violencia; y terminan siendo tergiversados por estereotipos racistas como “los indígenas son más machistas que los ladinos”, cuando en realidad el patriarcado es un sistema de opresión trasversal-interseccional, que se alimenta del racismo y el capitalismo, para justificar la opresión del que establecieron el escalón más bajo de la sociedad, las mujeres indias.

Hay bastante responsabilidad del cristianismo en esto.