Dibujo de Ricardo Urquizu.

Juan Antonio Canel Cabrera
Escritor

Juan Antonio Canel.

Hace una semana, cuando por la mañana regresé de traer el pan, encontré en la esquina de mi casa a una mujer que, sentada en la banqueta junto a dos bolsas plásticas negras, llenas presumiblemente de ropa, lloraba de manera desconsolada. Más tarde, constaté que allí seguía; en el mismo estado de angustia.

Ahora, a la par suya estaban dos de los ebrios consuetudinarios del barrio: un hombre y una mujer, tratando de consolarla. Parece que al pedirle dinero, ella les dio.

Los borrachines, por más que le hablaban solo obtenían de ella gestos o ademanes. Ella bebía agua gaseosa; ellos licor.

No obstante, la tristeza no desapareció del rostro de la mujer.

Luego de concluida la ingesta alcohólica, sus acompañantes se fueron; no encontraron a un ser propicio para el desenfado y la charla. Además, su apariencia desentonaba mucho con la de ella. Tenía apariencia limpia; su ropa, aunque no era lujosa, lucía limpia y bien planchada.

Al quedar sola, se levantó y fue a recostarse contra la pared usando una de sus bolsas como cojín. Allí siguió desconsolada.

Los vecinos, sumamente pendientes de ella, no vimos que estuviese ebria o con sus pensamientos patrocinados por alguna droga. Sólo observamos que, a juzgar por los ademanes y su semblante, la tristeza se le multiplicaba.

Después de casi una hora, desde que se fueron sus acompañantes, se levantó; como sacerdotisa leyendo el breviario en los largos corredores conventuales, iba y venía en un trecho de aproximadamente diez metros.

Gesticulaba y hablaba muchas palabras que, por la lejanía, no logré escuchar. En ese recorrido suyo, a cada trecho, se detenía; levantaba la cabeza, con gesto de arenga, para dirigir sus palabras al cielo en tono de reclamo.

Ese día, su llegada al barrio fue como el arribo de un teatro inesperado. Casi a todos los vecinos nos puso como espectadores del libreto de su angustia. Al mediodía, cuando fui a comprar las tortillas, me encontré con otras personas que comentaban y conjeturaban sobre esa mujer.

Almorcé pensando en los motivos que pudo tener para llegar hasta aquí y la mente se me llenó de conjeturas. Subí a la terraza de mi casa y observé que todavía estaba allí, sólo había abandonado su posición primera. Ahora, en el tragante de la alcantarilla, de rodillas, parecía que hablaba con alguien que permanecía encerrado en la cloaca. Observé también que otros vecinos, en las terrazas y en las puertas de sus casas, no dejaban de observarla.

Transcurridas cinco horas después que la vi por primera vez, picado por la curiosidad, decidí salir a buscar a los borrachines que la acompañaron mientras procedieron a la ingesta alcohólica. Mi objetivo era preguntarles sobre lo platicado con ella. Recorrí cantinas vecinas y algunas de las calles del barrio pero no los encontré.

De regreso, decidí pasar frente a ella.

Allí estaba todavía hablando hacia adentro del tragante del desagüe. Platicaba con angustia. Suplicaba y lloraba. Pocas palabras logré escuchar con claridad de todas las que pronunció. Decía: «No te vayas; no seas así… decime qué querés que haga». No pude verle la cara porque, por la posición que tenía, el pelo se la cubría.

Luego de muchas palabras que vació en la alcantarilla, se levantó con nerviosismo y abrió una de las bolsas negras. Sacó una botella que no advertí con qué liquido estaba llena. Una servilleta envolvía varios panes que los besó. También sacó algunas ropas y, con todo eso en la mano, volvió a acercarse al tragante. Tornó a arrodillarse; a reanudar una conversación que la intercalaba con algunos silencios aprovechados para meter dentro de la alcantarilla, la bebida, los panes y las ropas.

Llegada la tarde, siguió manteniéndonos en vilo a los vecinos; ninguno lograba entender realmente qué sucedía con ella. No sabíamos el motivo de sus lágrimas y qué angustia se escondía en esa alcantarilla.

En casa de doña Tina nos reunimos varios vecinos y analizamos la situación de la mujer tan desesperada, y la nuestra.

Al cabo de muchas conjeturas, y no poca discusión, decidimos que doña Tina y doña Estela llegaran con ella en calidad de embajadoras. Su misión fue preguntarle qué le sucedía y si en algo la podíamos ayudar.

Nuestras enviadas salieron a cumplir su misión. Sin embargo, el dique de la cautela no pudo resistir la avalancha de nuestra curiosidad; los demás, a cierta distancia, salimos tras ellas. Cuando estuvieron a poco trecho, previendo cualquier reacción inesperada, doña Estelita le preguntó:

—Disculpe, ¿le sucede algo?

—Sí; mi hija está allí dentro.

Por la corta distancia que nos separaba de ellas, escuchamos claramente su respuesta. De inmediato, entre nosotros surgió la solución: «llamemos a los bomberos». Entonces, me dirigí corriendo a mi casa y los llamé. La estación bomberil se encuentra a cinco cuadras y por eso su respuesta fue inmediata.

La sirena de la ambulancia terminó de congregar a los vecinos. Con precisión quitaron la tapa del tragante mientras doña Estela y doña Tina tomaron de los brazos a la mujer; la apartaron del lugar con el propósito de consolarla. Al cabo de algunos minutos, el bombero que se introdujo dentro de la alcantarilla salió llevando en sus manos la ropa, la botella con agua y los panes que la mujer metió mientras conversaba con la supuesta persona que se encontraba en el interior del tragante.

—Allí adentro no hay nadie —dijo el bombero.

Entonces la mujer se soltó de las manos de doña Tina y doña Estela. Llegó al tragante con desesperación y comenzó a gritar de la manera más angustiosa.

—¡Mi hija, mi hija, mi hija!

—Pero si allí no hay nadie —argumentó el bombero.

—Claro que sí. Allí estaba mi hija.

—No señora. Le repito que allí no hay ninguna persona.

Entonces nadie pudo contenerle su llanto y congoja. «Ella estaba allí, ella estaba allí, ella estaba allí…», gritaba.

Le llevaron un vaso con agua y la sentaron en la orilla de la banqueta. Ella reclinó su cabeza y la sostuvo con sus manos.

Algunas vecinas se le acercaron para tratar de confortarla; todo fue en vano. Nada fue capaz de parar esa tristeza.

Mucha gente se aglomeró en torno a ella; sin embargo, fue inmune a todas las miradas. Y en esa circunstancia llegó la noche. Doña Tina y doña Estela, trataron de convencerla de regresar a su hogar. Sin embargo no lo lograron; las palabras huyeron de su boca. Hasta las lágrimas, a causa del huracán de los suspiros se le secaron.

A las nueve de la noche, doña Tina y doña Estela, compenetradas de la misión que les encomendamos inicialmente, volvieron a acercársele. Estaba temblando y con señas les dijo que allí pernoctaría. Ante lo irremediable, se encargaron de conseguir algunas frazadas, las cuales se las llevaron a esa mujer desesperada que ahora permanecía recostada contra la pared. Ella aceptó las cobijas y se las puso encima. Y allí se quedó con la cara cubierta. El frío nocturno se encargó de dispersar a los vecinos que, a prudente distancia, acompañamos a doña Estela y doña Tina. Nos fuimos para nuestras casas con la convicción de que, después de dormir, esa visitante de nuestro barrio se sentiría mejor. Sólo doña Estela regresó a ofrecerle café caliente y pan dulce; ella los aceptó y agradeció con una sonrisa.

Por la mañana, al salir a comprar el pan, lo primero que quise constatar fue si ella aún permanecía en nuestro barrio. Sin embargo, cuando llegué a la esquina, ya otros vecinos se hallaban conversando sobre su paradero. Había desaparecido llevándose sus bolsas negras y los cobertores que le habían obsequiado. Nada quedó de ella. La conclusión más fácil surgida entre nosotros fue que, de repente, se había tratado de una locura pasajera. Esa conclusión apresurada, pronto hubimos de descartarla o, por lo menos, no aceptarla como definitiva a partir del día siguiente que nuestra visitante desapareció.

Hubo un detalle que hizo destantear nuestra certeza.

Todas las mañanas, sobre la tapa del tragante, apareció un ramo de flores. El primer ramillete fue de rosas rojas reunidas con una moña. Luego nardos y después azucenas. Y así, de manera religiosa, todos los días nos sorprendía un manojo de flores distintas. Los días domingos, además de las flores, aparecía un vaso con agua.

Los vecinos comenzamos a tejer ciertas historias sobre tan misteriosa mujer y las flores. Nuestra curiosidad nos llevó a proponer algunas acciones para vigilar esa esquina y averiguar quién traía las flores que, puntualmente, cuando el primer vecino salía a la calle, ya estaban sobre la tapa del tragante. Sobre la terraza de la casa de Norberto, desde la cual se tenía la mejor vista hacia la alcantarilla, montamos un toldo para que, todas las noches protegiera del sereno a quienes, desde allí, vigilarían quién era el misterioso o misteriosa depositante floral.

Toda esa vigilancia fue ineficaz.

Nunca pudimos averiguar la identidad del reservado personaje. Ya pasaron tres años desde que la mujer con las dos bolsas negras llegó a nuestro vecindario. Ni un solo día han faltado las flores frescas sobre esa alcantarilla. En homenaje a esa constancia, logramos convencer al alcalde para que bautizara ese lugar como «La esquina de las flores».

Cuando el alcalde llegó con toda su comitiva, el vecindario en pleno se hallaba congregado en el lugar. La marimba municipal y una orquesta sacada de alguna procesión solemne sonaban con toda la fuerza que le insuflaban los altavoces.

Luego de la ceremonia, que fue breve, la marimba continuó tocando y los vecinos aprovechamos la música para bailar durante toda la tarde.

Al día siguiente, todos estuvimos de acuerdo en que la misteriosa mujer había estado entre nosotros porque, en lugar de las acostumbradas flores, estaban las cobijas que doña Tina y doña Estela le habían regalado. No obstante, no aparecieron las acostumbradas flores. Ni al día siguiente ni después. Entonces, a nuestro vecindario llegó cierta tranquilidad porque concluimos que, al fin, la visitante que llegó a nuestro barrio descansó de su pena. Ya no tendría que venir a poner flores; allí estarían para siempre en el nombre de la calle.

Diario La Hora
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