Un país de injustos

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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Alfonso Mata

Los guatemaltecos somos además de tradicionalistas, resignados y conformistas. En un país donde la violencia de todo tipo es cosa diaria, nos interesa poco la justicia (a estudiantes universitarios se les pidió que mencionaran tres casos de alto impacto que se estuvieran ventilando en las Cortes y ni el 15% fue capaz de mencionar dos y menos del 8% tres) pero tampoco hay interés en ayudar a hacerla. Es seguro que de algo sirven los jueces y juzgados; pero la mayoría, sino toda la población, estamos seguros -y ello sin qué nos provoque mucha angustia- de que nuestra justicia y nuestros jueces son dudosos, precarios e injustos. Y prácticamente ningún ciudadano ve expectativa futura favorable al respecto de lograr de forma concienzuda interpretar y hacer justicia y de cambiar y neutralizar los chirridos de corrupción que nos rodea.

En el ánimo de la gente y la opinión pública, ante cualquier fechoría o quebranto a la ley, siempre ha existido el “nada de indulgencia” pero empiezo a dudar de que ante una justicia tan injusta como la que ahora vivimos, en nuestro medio eso no sea más que una expresión del diente al labio y no un hecho de conciencia. Lo cierto es que la actuación de los tres poderes del Estado, no muestra el menor deseo de defender a la sociedad, más bien de esquilmarla.

En el tema de justicia, la sociedad ha perdido el norte en dos cosas: no se convence que no existe el Chapulín Colorado que la defenderá ante el estado de cosas que estamos viviendo y sólo ella puede poner fin a tal estado y segundo debe reeducarse para entender que procede condenar cuando el caso lo amerita y eso no sólo desde los tribunales sino desde las estructuras de la misma organización social (pareja, familia, comunidad) Lo anterior demanda cambiar la idea tan impresa del conformismo “eso se comete a diario por doquier” y entonces deja de ser malo. Al igual que la de “si todos lo hacen”. De tal manera que se condena el hecho imputado pero no al culpable y entonces la mayoría vive de espaldas y contra la verdad y esto sucediendo a nivel de todas las estructuras sociales y de la sociedad.

Sí queremos poner la justicia en el centro de la democracia, debemos terminar con estar formando seres humanos en contra de la verdad. En general es perturbador que la justicia actúe beneficiando a los que detectan el poder y poseen el dinero. Pero ¿por dónde empezar? acá el gran dilema. No es cosa de solo cambiar jueces, abogados, es fundamental crear una actitud ciudadana de respeto y cumplimiento a la ley por convicción no sólo por presión, y eso necesita de un programa nacional complejo y multidisciplinario de acción y no sólo de acabar con el aprovechamiento y sublevamiento del político contra la sociedad, con el fin de perjudicarla a través de la acción pública.

Perplejidad malestar conformismo lo debemos transformar en un cambio en conocimientos actitudes y prácticas ciudadanas y de funcionarios. Solo así pueden cambiarse las lecciones prácticas del mundo real para un buen entendimiento de lo justo.