Tristemente no se puede improvisar

Oscar Clemente Marroquín

ocmarroq@lahora.com.gt

28 de diciembre de 1949. Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales, Periodista y columnista de opinión con más de cincuenta años de ejercicio habiéndome iniciado en La Hora Dominical. Enemigo por herencia de toda forma de dictadura y ahora comprometido para luchar contra la dictadura de la corrupción que empobrece y lastima a los guatemaltecos más necesitados, con el deseo de heredar un país distinto a mis 15 nietos.

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El tema de las vacunas y de las acciones que se deben tomar para controlar la propagación del Covid-19 se convierte en parte de las conversaciones diarias y uno puede ver que a lo largo y ancho del mundo proliferan comentarios al respecto porque se trata, sin duda, de una preocupación fundada que lejos de amainar cuando vamos a cumplir un año de la pandemia consume la atención de casi toda la humanidad.

Ayer, comentando con los doctores Alfonso Mata y Silvio Pazzetti la situación nacional respecto a las vacunas y la forma en que van pintando el semáforo, Pazzetti nos hacía reflexionar sobre el enorme impacto que tiene esa estrecha relación que hay entre educación, responsabilidad y disciplina, factores que fueron determinantes para que países como China, Japón, Corea y Australia pudieran controlar el mal como consecuencia del mismo comportamiento de la gente. De hecho, en los países asiáticos el uso de la mascarilla no es nuevo porque desde el surgimiento de anteriores virus empezó a utilizarse como parte de la vida cotidiana y por ello cuando hizo falta someterse a regímenes más estrictos la gente actuó con total responsabilidad, disminuyendo el número de contagios simplemente por la previsión individual.

Y es importante marcar la relación que hay entre educación, responsabilidad y disciplina porque se trata de asuntos en los que no se puede improvisar. Simplemente se tienen esos valores o no se tienen y eso marca la gran diferencia. La empresa de servicios financieros Bloomberg hizo un estudio sobre los mejores y los peores países en términos de control de la epidemia, tomando en consideración únicamente a aquellos cuya economía tiene un valor superior a los 200,000 millones de dólares, y el resultado es ilustrativo.

Encabezan la lista Nueva Zelanda, Japón, Taiwán, Corea del Sur, Finlandia, Noruega, Australia y China, países que tampoco tuvieron un derrumbe económico como en otros sitios del mundo, pero destacan que los países asiáticos respondieron rápido, confinando las zonas con mayor incidencia de contagios y desplegando una poderosa estrategia de pruebas masivas, rastreo y cuarentena, lo que les permitió reabrir más rápida y más seguramente sus economías, haciendo ver que los asiáticos muestran mayores índices de desarrollo humano y acceso a la salud, además de que el uso de mascarilla no es por “obediencia” sino por responsabilidad.

Llama la atención que los tres peores países en el listado, en cuanto al manejo de la pandemia son Perú, Argentina y, el peor de todos, México, países donde, como en el nuestro, creemos que el mundo es de los vivos y de los que son más astutos para violar las reglas. No tenemos el sentido de la responsabilidad colectiva y se discute si la mascarilla no atenta contra “mi libertad”, sin entender que el objetivo principal de ese sencillo dispositivo no es evitar que el portador se contagie, sino que el portador contagie a otros.

La pandemia ha venido a confirmar que los valores de educación, responsabilidad y disciplina son importantes y hasta salvan vidas, en contraste con el libertinaje, el abuso y la prepotencia que campean en tantos países.

Diario La Hora
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