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Tipología de la “Novela Histórica”, a propósito de los asesinatos de Fco. Javier Arana y Carlos Castillo Armas -2-

Mario Alberto Carrera

marioalbertocarrera@gmail.com

Premio Nacional de Literatura 1999. Quetzal de Oro. Subdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua. Miembro correspondiente de la Real Academia Española. Profesor jubilado de la Facultad de Humanidades USAC y ex director de su Departamento de Letras. Ex director de la Casa de la Cultura de la USAC. Condecorado con la Orden de Isabel La Católica. Ex columnista de La Nación, El Gráfico, Siglo XXI y Crónica de la que fue miembro de su consejo editorial, primera época. Ex director del suplemento cultural de La Hora y de La Nación. Ex embajador de Guatemala en Italia, Grecia y Colombia. Ha publicado más de 25 libros en México, Colombia, Guatemala y Costa Rica.

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Mario Alberto Carrera
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Después de la “Novela Histórica” –propiamente dicha– que pergeñó Milla (en su juventud liberal y en su madurez conservador, sólo los lerdos no “transfugamos”) se imitó en Guatemala los nuevos movimientos (Realismo y Naturalismo) y se abandona la forma de novelar de don Pepe. Hubo hombres de prez que aunque ya pocos los recordemos con reconocimiento y afecto, hablaban, traducían y publicaban textos aterrorizantemente hermosos (epígonos de Poe) o desgarradores, desasosegados y anegados de infortunio y desengañados del mundo y de Dios como los de Baudelaire o Rimbaud. Estos autores se leían en la Guatemala de finales del XIX y no digamos de principios del XX por Ramón A. Salazar, Enrique Martínez Sobral, María Cruz o su padre que residieron en EE. UU. y Europa, etc.

Por esta misma razón se incorporaron a las nuevas corrientes literarias y escribieron desde la clave del Realismo y del Naturalismo. Un poco más tarde arribarán el indigenismo, el criollismo, la novela de la tierra, la novela de ciudad y todo ese maremágnum de lo real maravilloso y lo demás es historia.

Pero (en Europa y EE. UU.) con la presencia de James Joyce, Proust, Kafka, Virginia Woolf, John Dos Passos, la novela dio un cambio de 180 grados que pocos novelistas pudieron seguir, continuar y menos superar. La novela dio un remezón sublime y dejó también el realismo y el naturalismo (y el neorrealismo italiano) y se volvió “a clé”. Se trata de la inmersión en los niveles más profundos del inconsciente visionario. Y de la locura.

Parecía que la novela iba a resurgir (que don Quijote podía retoñar) pero no fue así. La novela que cumplió con el teatro una gran función social entreteniendo a las clases medias ilustradas y a los nobles y burgueses eruditos, no funcionó en ellos. De todas maneras ya los había aburrido D’anunzzio y el modernismo. Pero el problema es que no pudieron ¡entender!, la novela de Joyce o de Woolf sobre todo en “Las Olas”. El Boom los volvió a sacudir pero volvieron a dormir. No pudieron con “Rayuela” de Cortázar.

Pero la gente todavía no ha perdido la costumbre de leer novelas y entonces los novelistas –que lo único que les gusta es contar algo que pueda ser interesante o de suspense– se han dado en escribir novelas policíacas (nada que ver con Poe) y “Novelas Históricas”, basadas en sucesos clamorosos, cotillas y chismografía de reciente acción, sobre todo si se trata de hechos que todo el mundo conoce y que los vuelve a “conocer” –de segunda mano– en la nueva “Novela Histórica” del siglo XXI donde aparece gente que hemos visto en revistas “Hola”, o que fueron asesinados en magnicidios irresolutos y apasionantes o de personas que todo el mundo sabe de ellos como los evaporados Castillo Armas o Fco. Javier Arana (¿por Árbenz?) o Rafael Leónidas Trujillo y los Somoza. O Tiburcio Carías, que ayudó a Castillo.

Creo que estamos al final de la vida de la novela. Con obras tan flacas como estas llamadas históricas y las policíacas, el género irá agonizando poco a poco por falta de lectores. Estos se mantienen con la cabeza gacha observando su teléfono en casa o en la calle. En Casa, la tele, la tableta y los juegos electrónicos habidos y por haber. Todo esto rebalsando de detritus que se vierte en nuestros cerebros imbecilizados que no creen en el cambio climático y en el calentamiento global. Todo comienza y todo termina. Estamos en el umbral del fin del mundo que puede durar 100 años y que volverá a surgir de acuerdo con el tiempo circular y el eterno retorno. El planeta ni se inmutará.