En estos momentos se debe recalcar en el uso de la mascarilla. Foto La Hora/José Orozco

Entramos ya en la última quincena de este año 2020 que ha sido absolutamente distinto a cualquiera que nos haya tocado vivir porque la humanidad le está haciendo frente a una pandemia que se propagó rápidamente por todo el planeta, causando millones de contagios y también millones de muertes. Pero además tuvo un tremendo impacto económico por el efecto de las medidas de distanciamiento que se impusieron en muchos lugares para atajar la explosiva ola de contagios. Y nos aproximamos a la Navidad y el Año Nuevo con esa triste sensación de que no podemos compartir como lo hemos hecho siempre en esta época en la que afloran en el ser humano los mejores sentimientos de solidaridad y cariño para sus semejantes.

Para ser honestos y sinceros en Guatemala no tenemos datos realmente confiables de cómo va el curso de la pandemia porque tenemos limitadísima capacidad para hacer pruebas y se sabe que hay un enorme subregistro de la cantidad de personas contagiadas y de personas fallecidas por efecto del Covid-19. Los datos oficiales dan la sensación de que no estamos tan mal como otros países, lo que se traduce en un relajamiento de las precauciones necesarias para defenderse del virus en tanto viene la vacuna que no nos llegará tan rápidamente como algunos esperaban.

Pero nos interesa señalar que no hay mejor ni más sencilla muestra de solidaridad con nuestros semejantes que el uso constante y correcto de las mascarillas, así como el distanciamiento social. No usar la mascarilla no es una muestra de valentía ni de indiferencia ante el virus del Covid-19 sino una absoluta muestra de irrespeto hacia nuestros semejantes y desprecio por la seguridad de los demás. El uso de la mascarilla no puede ser optativo porque no es para que quien la porte no se enferme, sino que para que quien la usa no contagie a los demás, lo que tiene un enorme significado. Si a una persona no le importa enfermarse bien puede hacer, como dicen algunos, lo que le venga en gana en ejercicio de su libertad. Pero el problema es que esa persona que así se comporta puede andar regando el virus, a lo mejor sin siquiera saber que es portador, y por ello es que se exige el uso de ese sencillo pero eficaz dispositivo.

En esta época en la que a cualquier desconocido le deseamos lo mejor en las fiestas y un buen año nuevo, nada es más significativo para mostrar solidaridad que el uso constante y correcto de la mascarilla.

Editorial

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