Ramiro Mac Donald
Semiólogo social

Durante los últimos días de octubre y primeros de noviembre de cada año, desde muchos años el guatemalteco viene degustando del delicioso fiambre, un platillo que ya se convirtió en una tradición entre los sectores urbanos. En 2009, en “La Hora”, publiqué un pequeño artículo y en 2016 hice un ensayo con bastante más profundidad, publicado en la Revista “Abrapalabra” No. 49, prestigiosa publicación del Departamento de Artes Landívar, de la Universidad Rafael Landívar.

El fiambre acerca a las familias y permite rememorar a nuestros difuntos. Tiene una serie de componentes artesanales y otros industriales, utiliza elementos naturales y algunos artificiales. Para producirlo se necesitan artículos de origen español-árabe y muchos de origen local. Es una fusión de universos culturales y es un presente al paladar. Para la semiótica, es un fenómeno sincrético, pues posee signos visuales y táctiles; gustativos y olfativos.

En el fiambre, es posible encontrar la esencia de la guatemalidad, pues se termina entendiendo el alma, el “yo social” de los guatemaltecos. Como tradición, es una comida ceremonial que se degusta una vez al año, por lo que la semiótica lo lee como discurso portador de sentido. El fiambre pertenece a esa clase de textos distintivos que puede interpretarse desde una semiosis social.

El fiambre lo narran las mamás, las abuelas, las tías. Hoy también las/los chefs profesionales, y quienes compran los ingredientes, indican los secretos de su preparación y dirigen toda una complicada manufactura. Hay una marcada ritualidad alrededor del plato, y cada quien asume su papel, en una oralidad que es determinante la experiencia, la sabiduría que se transmite de una generación a otra. Según Barthes, es ya un mito popular.

Si entendemos el fiambre como fenómeno de comunicación, es fácil encontrarle analogías. Por ejemplo con el teatro, pues toda la acción se genera en un punto de acceso. En este caso, la cocina de la casa es el escenario clave para su génesis, su paraje central. Pero el fiambre se degusta en otro lugar. En el teatro, al momento de apagar las luces (para iniciar la función) se encienden las del escenario. Se oscurece la sala y casi desaparece de la vista el público asistente. Aquí es distinto: el ambiente público se enciende, se apaga la cocina. Esta queda desierta, pues desaparece de la escena. Y entonces, las luces se prenden en el espacio público, que cobra vida con la llegada de los invitados. Es el momento de los comensales.

El espacio público es más teatralizado, incluso puede ser de fingimientos. El de la cocina es más auténtico: de prisas, de trabajo intenso. Más realista, de menos disfraces sociales. El espacio público da mucho para simulaciones; el espacio de la cocina (trabajoso como siempre) no alcanza más que para disimular los cansancios y continuar con la tarea.

Se polarizan estos ámbitos, se convierten en subespacios duales, con actores distintos, aunque puedan intercambiarse algunos roles. La cocina es el lugar íntimo; la mesa, es público. Las dos clases de “sujetos” pueden compartir ambos lugares. La cocina es de faenas y la mesa es de festividades, sin prisas. Esta dicotomía permite generar integración y oposición.

Y al final de la comida, se vuelve a invertir: se apagan las luces del espacio público y vuelve a cobrar vida la cocina. Se ha cumplido con la tarea y viene la resignación: limpiar, ordenar, después de días y días de intensidad y cansancios. “Espacios dramáticos y de la representación, significantes y significados, es decir, signos”, recuerda García Barrientos. El marco es propicio por esas desdibujadas fronteras humanas. El fiambre es drama o comedia.

Pero, no solo es el hecho de sentarnos a la mesa y compartir esta comida ceremonial, sino que al repetirlo en varias ocasiones, se genera una relación de identidad entre los participantes, que se fomenta a propósito de la costumbre del 1 de noviembre. Es una gramática de comportamiento o regla social que se va construyendo conforme pasan los años. Desde la semiótica, Eliseo Verón hablaba que en ese punto de encuentro simbólico (en la mesa del fiambre) hay una representación del espacio-tiempo que cobra sentido, como discurso social guatemalteco que va permitiendo crear identidad.

Hace algún tiempo descubrí que rapsodia significa una canción ensamblada y partes que se ensamblan para componer una canción. Algo así como el fiambre guatemalteco, que representa un ensamble de diversos elementos: carnes y verduras, colores y sabores, etc. Es una verdadera fantasía para el paladar.

Retomo una frase de Cassirer “…el hombre ya no vive solamente en un puro universo físico sino en un universo simbólico. El lenguaje, el mito, el arte y la religión constituyen partes de este universo, forman los diversos hilos que tejen la red simbólica, la urdimbre complicada de la experiencia humana. Todo progreso en pensamiento y experiencia afina y refuerza esta red…”

Ese guatemalteco que se sienta alrededor de la mesa, en la que comparte un platillo de fiambre, es quien teje una red de símbolos nacionales. Ese plato lo hace vivir en medio de las emociones que despierta su entorno; entre amigos y familiares, entre esperanzas y temores, ilusiones y desilusiones imaginarias, en medio de sus fantasías y sueños. Entre el pasado y el presente, entre los que ya no están y los que se unen a una mesa para compartir un platillo especial que cada primero de noviembre se degusta, después de ir a adornar a los muertos. El fiambre es el hilo conductor de muchos recuerdos en nuestras familias.

 

Diario La Hora
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