Jerusalén
AGENCIA/dpa

Las personas se parecen físicamente a la imagen que se asocia con sus nombres: a esta conclusión llegó un equipo de investigadores internacionales al pedirle a varias personas que asociaran a una persona desconocida con su apellido y notar que la tasa de coincidencia era grande.

Los investigadores señalaron en la revista especializada «Journal of Personality and Social Psychology» que también se puede entrenar a los ordenadores para que atribuyan a una cara el nombre correcto. Los especialistas creen que las imágenes estereotípicas asociadas a un nombre hacen que, como en una profecía autocumplida, las personas se parezcan externamente a lo que los demás esperan de ellas.

Si bien a los niños se les dice que no deben juzgar a las personas por su apariencia, todos lo hacemos, escribieron los investigadores liderados por Yonat Zwebner de la Universidad Hebrea de Jerusalén. La apariencia de las personas hace que los demás saquen conclusiones sobre su carácter como por ejemplo su inteligencia, su fiabilidad y su bondad.

La pregunta es: ¿funciona también al revés? ¿Influye en nuestro aspecto la opinión de las personas? En concreto, los investigadores analizaron si el nombre de una persona influye en su aspecto. Para eso realizaron varios experimentos.

Uno consistió en mostrar a cientos de personas fotos y una selección de cuatro a cinco nombres. La tarea consistía en elegir el nombre correspondiente para cada persona en la foto. Las personas hicieron coincidir caras y nombres en el 25 al 40 por ciento de los casos, lo que representa más que una simple casualidad, ya que en ese caso la coincidencia habría sido de entre 20 y 25 por ciento.

Los investigadores también demostraron que los estereotipos culturales influyen en los resultados: las personas francesas tenían más facilidad para hacer coincidir nombres y caras francesas, las personas israelíes más facilidad para hacer coincidir nombres hebreos con caras israelíes.

Además, los especialistas detectaron que algunas características controlables como el peinado alcanzaban para que aumentara la tasa de coincidencias. Y que los ordenadores podían aprender a hacer coincidir caras con nombres. El programa, que entrenaron con casi 100.000 pares de caras y nombres, alcanzó una tasa de coincidencia de 54 a 64 por ciento.

Ruth Mayo, una de las coautoras del estudio y también de la Universidad Hebrea, indicó que una etiqueta social como el nombre influye al parecer en nuestro aspecto. «Desde el minuto de nuestro nacimiento respondemos a un ordenamiento social, no sólo por nuestro sexo, nuestra pertenencia étnica o nuestro estatus socioeconómico, sino por la elección de nuestro nombre que hicieron otros».

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