Rubén Darío, el iluminado

(Segunda Parte)

Méndez Vides
Escritor

Darío viaja a Nueva York, conoce a Martí y a Vargas Vila, y luego a París, que es donde se siente iluminado y destinado a renovar la poesía española. Quiere innovar. Viaja a Buenos Aires, siguiendo su capricho, y vive por un año la experiencia de escritor bohemio, hasta que es internado en un sanatorio antialcohólico, que es donde escribe su célebre Marcha triunfal, que se convirtió en tema predilecto para la declamación en toda América Latina. Escribió para el periódico La Nación, a la sombra de Bartolomé Mitre (traductor al español de la Divina Comedia de Dante). Publica sus Prosas profanas y Los raros, provocando intensa rivalidad entre los abanderados del ateneo modernista y los academicistas tradicionales.

Tras la muerte de Rafael Núñez, su protector colombiano, termina su representación ficticia en Argentina, pero se quedó trabajando para La Nación, que más tarde lo destina a España como corresponsal. Es don Ramón del Valle Inclán quien lo apresurará a buscar compañía, e inicia así una nueva relación amorosa con Francisca Sánchez del Pozo, una camarera humilde y analfabeta del hotel, que será su compañera en París, nunca visible en los eventos sociales a los que él acudía, pero que lo cuida y se convierte en la madre del heredero de su obra, Rubén Darío Sánchez.

 

En París comparte con Enrique Gómez Carrillo, Rufino Blanco Fombona y Vargas Vila. En esas fechas empieza a padecer de delirium tremens, y ve los diablos azules debido a su abuso del alcohol. Es la época cuando escribe sus poemas más tristes, como la Canción de otoño en primavera, los Nocturnos y el inolvidable Lo fatal:

“DICHOSO el árbol, que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror…

¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos

y no saber adónde vamos,

ni de dónde venimos!…”

La gloria lo admite en su seno. Es famoso pero vive atenido a serias deudas y las presiones de Rosario Murillo que luego de un viaje a París lo atormenta. Darío, en defensa de su pareja e hijo, decide volver en 1907 a Nicaragua, para conseguir el divorcio.

Nunca se imaginó lo que significaría su llegada al puerto de Corinto. Nicaragua se preparó para recibir a su hijo predilecto, al poeta más famoso, a quien se mencionaba en todas las escuelas y de quien se hablaba en todo el ámbito del idioma español.

La patria lo recibió con una muchedumbre que llenó el puerto. Hubo entonación del himno nacional y se brindó con champagne. Su llegada fue una fiesta nacional. A su paso lo saludaban bandas marciales, gente asombrada, niños recitando sus poemas, mensajes de bienvenida, y banquetes en cada parada. Los niños alzaban banderas azul y blanco a su paso. Hizo una parada en Chinandega y luego continuó a León, donde fue recibido con un hurra estrepitoso. Las campanas de las iglesias repicaron sin cesar. El doctor Luis Debayle dirigió las palabras de bienvenida al hogar. Luego del banquete, fue a abrazar a su madre adoptiva que lloró sin parar. Masaya lo recibió llenando de flores el paso, con la orquesta tocando y mujeres cantando: “Volvió Ulises cargado de experiencia”. Llegaba de vuelta el poeta que nació en la humilde Metapa, consagrado con el laurel de los griegos.

En la cauda de recibimientos, declamó aquellos versos que debido a la bulla ni quienes estaban a su lado lograron captar:

“No hay miel tan deleitosa, tan fina y tan fragante

como la miel divina de la tierra natal.”

El recibimiento de quien ya era una leyenda fue inolvidable, y aún permanece en la memoria colectiva. El gran Darío llegó a Managua y pasada la resaca de la gloria, inició la batalla del divorcio de Rosario Murillo, lo cual dividió a la población en dariístas versus rosaristas, y luego de muchas batallas el poeta perdió.

Regresó casado a Europa y no volverá a León sino hasta cuando la cirrosis lo doblegó. El poeta tiene miedo a la oscuridad, pide luz y compañía de noche. Su meta es alcanzar en la poesía la experiencia de lo sublime, de lo ideal. El mundo se divide en griegos y bárbaros, y su escritura oscila entre un paseo por el bosque de Apolo o por los jardines de Versalles. Escribir poesía, es como vaciar el alma en un molde, y él lo puede hacer con gran naturalidad y genio.

En el último engaño de que resulta víctima, Darío es impulsado por el nicaragüense Alejandro Bermúdez a realizar un viaje por América dando conferencias para adquirir fortuna promoviendo la paz mientras transcurre la Primera Guerra Mundial. Rubén deja a Francisca y al hijo en Francia, quienes le suplican que no se marche porque está enfermo y acaso sienten que no regresará, y le advierten que está siendo engañado, pero Darío no escucha y parte hacia Nueva York en busca de la gloria, porque la Sociedad Hispanista ha programado condecorarlo. La Sociedad otorga la medalla de oro a los “genios de la Literatura”, pero a Darío apenas le conceden una segundona de plata. La experiencia es humillante.

Se hospedó en un apartamento en la Calle 47, donde es abandonado a su suerte por Bermúdez, cuando estaba delicadamente enfermo. Rubén Darío queda desesperado en La Gran Cosmópolis de su soneto recién dedicado a la urbe.

El modernismo ya está de retirada, la gloria de una década anterior se ha disipado. El mundo no quiere saber nada más de cisnes ni de idealismo, las vanguardias experimentan y los autores exploran el compromiso social luego de la revolución mexicana y la rusa que está a punto de incendiar el planeta. Europa está en guerra. El hombre, según Homero, es “ser de un día”. Darío conoció en vida la gloria y empezó a saborear la hiel del olvido.

Le corresponderá a Guatemala rescatarlo. Joaquín Méndez, Embajador nuestro en Washington, y Máximo Soto Hall, gestionan simultáneamente ante el Presidente Manuel Estrada Cabrera su intervención. Aquí el Modernismo está vigente, y durará entronizado en el sistema de educación escolar otro medio siglo, porque en todos los eventos no faltó por décadas quien se levantara a declamar la Marcha Triunfal:

“¡Ya viene el cortejo!

¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines”

El enfermo ilustre arriba en Guatemala débil y cansado en abril de 1915, desciende del vapor en Puerto Barrios, y se traslada en tren a la capital, donde lo reciben con honores y le tienen apartada la habitación No 10 en el Hotel Imperial, donde recibirá en peregrinación a los intelectuales nacionales que tanto lo admiran. Al bullicioso ambiente acuden a estrecharle la mano Rafael Arévalo Martínez (quien le entrega su cuento de El hombre que parecía un caballo), Miguel Ángel Asturias, Carlos Wild Ospina, Flavio Herrera, los hermanos Rodríguez Cerna y tantos más que quieren estar cerca de quien “Siempre ha tendido a la eternidad”. Por órdenes presidenciales hay marimba permanente en el hotel, y comida y bebidas para atender a tantos visitantes. Pero el jolgorio no puede durar meses, y Darío fue trasladado a una casa sencilla, a donde llegará Bermúdez, que lo dejó abandonado en Nueva York, y la esposa oficial, Rosario Murillo, como zopilotes a apropiarse del cuerpo yacente. Siete meses estuvo Darío en Guatemala, y partió hacia su patria en “busca del cementerio”, como escribió a Gómez Carrillo antes de su partida.

Rubén Darío se embarcó en el Puerto de San José en el Océano Pacífico, donde principió a experimentar la agonía final. Las modas pasan, los estilos cambian, pero aquellos autores que lograron transformar la Literatura, ocupan un sitio entre los inmortales. Darío fue un hombre sencillo que tenía miedo a la oscuridad, y nació destinado a la gloria en vida. Nació en una pequeña habitación en Metapa y alcanzó la fama en la cresta del mundo. Murió el 6 de febrero de 1916. Todo lo tuvo y no tuvo nada.