Reflexiones en el día del maestro

Raúl Hernández Chacón
Director Instituto Emiliani Somascos

Una vez más estamos conmemorando el 25 de junio, el “día del maestro”, que nos hace recordar en primer lugar aquel memorable día en el que una Mujer, una Maestra, con mayúscula, ofrendó su vida, aún joven y con gran porvenir, en la lucha por la democracia en Guatemala, enfrentándose a los esbirros del dictador de los 14 años, María Chinchilla.

Su vida fue el costo, como tantas más, para que se experimentara la “primavera democrática”, de 1944-1954. Luego llegó un túnel de obscuridad, cuya luz aún es sumamente débil. El magisterio en primera fila, como luz encendida, fue el ejemplo en aquellos años, para la juventud que soñó y que aún sueña con una Guatemala, más justa, más solidaria, más humana, incluyente.

En segundo lugar ese esfuerzo se ve de manera concreta hoy, en el empeño y la dedicación con creatividad y verdadera vocación en la que participan la mayoría de los profesores y profesoras por la crisis de la pandemia por los efectos del coronavirus, llamado covid-19, al acompañar a sus alumnos y alumnas. Las circunstancias particulares de nuestra situación socioeconómica hacen mucho más difícil la entrega del hacer educativo, por lo que se agiganta la figura del Maestro y de la Maestra.

Para ellos es un reto y un desafío atender a los alumnos, quienes tienen limitados recursos en su mayoría, difícil acceso a los medios electrónicos que faciliten la modalidad “a distancia”, y así lograr la promoción del ciclo escolar. A ello debe agregarse los distractores diversos que perturban la atención y el interés propio de niños y adolescentes, quienes tienen diversas preocupaciones propias de su edad. Y los medios de comunicación, que no ayudan mucho desde el punto de vista del “bombardeo” de información que reciben ellos quienes la mayoría de veces desinforman. Por eso todo el apoyo de los padres de familia, primeros y principales educadores de sus hijos, es indispensable.

Y en tercer lugar la exigencia que requiere la actualización pedagógica, la formación profesional y el uso adecuado de la tecnología. Esto último debe considerarse como un medio, que no sustituye la fundamental relación personal y humana del profesor y sus alumnos.

Guatemala en su historia debe mucho al magisterio público y privado, que a pesar de diversas circunstancias políticas, socioeconómicas y culturales que limitan su efectiva y noble servicio, hace todo lo posible para ser el agente de cambio, que orienta, que acompaña, que facilita el aprendizaje de sus alumnos. Muchas veces sólo se evalúa su trabajo con datos estadísticos, sin tomar en cuenta todo el quehacer docente, que no se limita a “dar la clase”. Tiene una serie de procesos técnicos, académicos y profesionales que hacen de su trabajo una verdadera vocación de entrega, que los gasta, en favor del aprendizaje de los niños y jóvenes a ellos confiados.

Debe reconocerse que aún con una formación académica a nivel universitario, existe en un gran número de ellos, debilidades en sus conocimientos políticos e históricos, fruto de un sistema estructural de la sociedad que así lo requiere, así como también sus honorarios profesionales son muy deficientes en relación con el costo de vida existente hoy en Guatemala.

Quién es y qué hace el educador y la educadora

Generalmente son personas con alta sensibilidad social, que han consagrado su vida a la educación. Han gastado su existencia, a costa de muchos sacrificios, humanos, familiares, económicos, de tiempo para orientar, acompañar y promover a los alumnos que les encomienda la sociedad. Es una profesión de las más delicadas y sufridas, poco reconocida en general. Es pedagogo, es psicólogo, es abogado, es economista, es mediador, médico, todo eso y mucho más.

Pero además se le exige, como apunta la revista Educación Hoy de la CIEC número 200, (2014) refiriéndose a un sector, pero válido para otros: “Uno de los requisitos fundamentales del educador, de la escuela católica es la posesión de una sólida formación profesional.” Además agrega “que no sólo exige un vasto abanico de competencias culturales, psicológicas y pedagógicas, caracterizados por la autonomía, la capacidad proyectiva y estimativa, la creatividad, la apertura a la innovación, a la actualización, a la investigación y a la experimentación, sino que también exige la capacidad de hacer una síntesis entre competencias profesionales y motivaciones educativas, con una particular atención a la disposición relacional requerida hoy por el ejercicio, cada vez más colegial, de la profesionalidad docente”.

El gran Pedagogo Pablo Freire, en su Pedagogía de la Esperanza (2006), describe lo que en muchas ocasiones podemos evidenciar en nuestros profesores y profesoras, en su desarrollo pedagógico: “Pero hay una tercera posición que considero profundamente válida, que es aquella en la cual el profesor o la profesora hace una pequeña exposición del tema y enseguida el grupo de estudiantes participa con ellos en el análisis de esa exposición. De este modo, en la pequeña exposición introductoria el profesor o profesora desafían a los estudiantes que preguntándose entre ellos y preguntando al profesor, participan en la profundización y el desdoblamiento de la exposición inicial. Un trabajo de este tipo de ningún modo puede considerarse negativo o como escuela tradicional, en el mal sentido”.

Si seguimos el hilo conductor de esta idea de quién es y qué hace el educador y la educadora: “en las expectativas de los alumnos y de las familias, el educador es visto y deseado como un interlocutor acogedor y preparado, capaz de motivar a los jóvenes a una formación integral, de suscitar y orientar sus mejores energías hacia una construcción positiva de sí mismos y de la vida, de ser un testigo serio y creíble de la responsabilidad y la esperanza de las cuales la escuela es deudora ante la sociedad”. Por ello, al reconocer su inmenso trabajo educativo, que es además una profesión que satisface mucho espiritualmente, cuando se constatan cambios en la personalidad de sus alumnos y alumnas, al grado que estimulan su propia “aventura maravillosa de educar”, le admiramos mucho más. Además conlleva un gran compromiso ético y moral.

Por ello seguimos la reflexión que caracteriza al educador y a la educadora hoy: “La continua y acelerada transformación que afecta al hombre y a la sociedad de nuestro tiempo en todos los campos, produce el rápido envejecimiento de los conocimientos adquiridos y requiere nuevas aptitudes y métodos. Ello exige del educador una constante actualización de los contenidos de las materias que enseña y de los métodos pedagógicos que utiliza. La vocación del educador requiere por tanto una capacidad disponible y constante de renovación y adaptación. No es suficiente alcanzar solo inicialmente un buen nivel de preparación, es necesario mantenerlo y elevarlo mediante un camino de formación permanente. Además, la formación permanente, por la variedad de los aspectos que abraza, exige una constante búsqueda personal y comunitaria de sus formas de actuación; sin olvidar la necesidad de un itinerario formativo compartido y alimentando por el intercambio.” CIEC. Educación Hoy. (2014).

Estas reflexiones sin duda son válidas, como se apunta anteriormente, para todo educador y educadora del sector público y privado. Se parte de principios fundamentales que se requieren hoy en los procesos de educación que se vive en la sociedad del presente, con características muy diferentes del ayer: globalización, tecnología, visión económica prevaleciente, del bienestar y del consumo, como metas que priorizan el tener, el poder y el placer desmedidos. En dos palabras: Tener o Ser, obra del psicólogo Erick From, desde los años 70 del siglo pasado. Por ello “la sola atención a la puesta al día profesional en sentido estrecho, no es suficiente.”

Retos y desafíos de las y los educadores

Con admirable seguridad de tener los pies sobre la tierra y desde una sociedad a la que conoce y reconoce con sus luces y sus sombras el Papa Francisco propone reflexiones desde esta perspectiva. PRIMERO: “Estamos en un momento de creación histórica y colectiva, nuestra tarea como educadores ya no puede limitarse a ‘seguir haciendo lo de siempre’, ni siquiera a ‘resistir’ ante una realidad sumamente adversa: se trata de crear, de comenzar a poner los ladrillos para un nuevo edificio en medio de la historia; es decir, ubicados en un presente que tiene un pasado y, eso deseamos, también un futuro”.

SEGUNDO: “La escuela puede ser simplemente la transmisora de esos valores o la cuna de otros nuevos; pero eso supone una comunidad que ama, una comunidad que realmente está reunida en el nombre del Resucitado. Antes que las planificaciones y currículas, antes que la modalidad específica, que los códigos y reglamentos puedan tomar, es preciso saber lo que queremos generar. Sé también que para esto debe implicarse el conjunto de la comunidad docente, comulgar con fuerza en un mismo sentir, apasionándose por el proyecto de Jesús y tirando todos para el mismo lado”.

TERCERO: “Ser creativos en educación no es tirar por la borda todo lo que constituye la realidad actual, por más limitada, corrupta y desgastada que esta se presente. No hay futuro sin presente y sin pasado: la creatividad implica también memoria y discernimiento, ecuanimidad y justicia, prudencia y fortaleza. Si vamos a tratar de aportar algo a nuestra patria desde el lugar de la educación, no podemos perder de vista ambos polos: el utópico y el realista, porque ambos son parte integrante de la creatividad histórica”.

Pero el Papa Francisco, en su ejercicio pastoral en Argentina y hoy como Papa, es educador por vocación y reafirma dos ideas fuerza de lo que constituye los desafíos de los educadores hoy: “El primer paso hacia el mundo de hoy, hacia los hombres y mujeres actuales, es la acogida. En medio de la crisis contemporánea no podemos ser sino “ese corazón que recibe, que abre puertas, que resguarda un jardín de humanidad y afecto en medio de la gran ciudad con sus máquinas, sus luces y su extendida orfandad. Ser creativos y flexibles, para crear espacios y ambientes que desarrollen vínculos humanos de afecto y ternura que remedien el desarraigo”. Esta cita se encuentra en el apartado “La escuela que construye (rescata), una cultura humanizadora.

El segundo paso apunta al rescate de las certezas para salvar de la fragmentación de este presente histórico. Es más difícil porque la avalancha de imágenes, la fuerza de la publicidad y su desboque al consumismo, a lo ligero y a la relativización de todos los fundamentos es fuerte y no podemos usar sus mismos métodos compulsivos. Hay que apuntalar en dos bases: el rescate de la racionalidad y a apuesta por la búsqueda de la sabiduría. “La búsqueda de la sabiduría no es fácil pero responde a las preguntas fundamentales del ser. El desafío es generar una pedagogía de la pregunta que interpela e interpelando se abre a la búsqueda sincera de caminos humanizadores”. Educación Hoy. CIEC (2013). Que las y los educadores no se desanimen ante la adversidad. Feliz día del maestro, suena triado, pero es lo que ellos siempre proyectan: ¡felicidad!