RELIEVES

Reflexión del Santo Padre Francisco

Grecia Aguilera

Periodista, escritora, filósofa y musicóloga. Excelsa poeta laureada. Orden Ixmukané, Orden de la Estrella de Italia, Homenaje del Programa Cívico Permanente de Banco Industrial, Embajadora y Mensajera de la Paz.

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GRECIA AGUILERA

En el Atrio de la Basílica de San Pedro el viernes 27 de
marzo de 2020, se llevó a cabo el “Momento extraordinario
de oración en tiempos de epidemia” por el Papa Francisco,
que inició manifestando: “Desde hace algunas semanas parece
que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto
nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de
nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y
un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita
en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas.
Nos encontramos asustados y perdidos.” Entonces dice el
Señor: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?” Y el
Papa Francisco responde: “Señor, esta tarde tu Palabra nos
interpela, se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas
más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos
fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos
hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la
prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos
hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no
hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta
gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables,
pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo.
Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos:
¡Despierta, Señor!” Y Dios pregunta de nuevo: “¿Por qué
tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?” Y el Papa Francisco dice:
“El comienzo de la fe es saber que necesitamos la
salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos.
Necesitamos de Ti Señor como los antiguos marineros las
estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida.
Entreguémosle nuestros temores, para que los venza… Él
trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la
vida nunca muere. El Señor nos interpela y, en medio de
nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa

solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y
sentido a estas horas donde todo parece naufragar. Tenemos
un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón:
en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en
su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni
nada nos separe de su amor redentor. En medio del
aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos
y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas
cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha
resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela
desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar
a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e
incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama
humeante, que nunca enferma, y dejemos que reavive la
esperanza. Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las
contrariedades del tiempo presente, abandonando por un
instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle
espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de
suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan
sentirse convocados y permitir nuevas formas de
hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz
hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que
sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y
caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar.
Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la
fuerza de la fe, que libera del miedo. Otra vez cuestiona
el Señor: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?” El
Papa Francisco declara: “Desde esta columnata que abraza a
Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo
consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo,
da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides
que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos
miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la
tormenta.”